Se fue Antonio Carroquino, el amigo asturiano, de Gijón, el que tuvo el alma llena de gaitas de su tierra natal y de cornetas y tambores y músicas de capilla de su Sevilla adoptiva. ¿Adoptiva? Cualquiera sabe si yo atino ahora con las palabras mejores. Lo que me acuerdo en estos momentos del poeta Juan Ramón pidiéndole a la inteligencia el nombre exacto de las cosas; o tengo presente aquello que, escuchado sólo una vez, jamás he olvidado: «Un hombre no es de donde nace a la vida, sino de donde nace a su destino». Conocí a Antonio mientras se hacía en Sevilla con la carrera de Arquitectura. Era un buscatesoros que unos meses antes de que llegaran sus fechas, me preguntó inquieto y curioso por la Semana Santa. Se la mostré desde el mismísimo Domingo de Ramos. Y el impacto en su corazón fue tan grande que el Miércoles Santo ya me la enseñaba él como si yo fuera el novato sorprendido venido de Asturias y Antonio se hubiera convertido a inmejorable cicerone sevillano que me colocaba en los mejores sitios. Al licenciarse como arquitecto, Antonio regresó a Gijón… Pero, para cuando eso ocurrió, por la sangre le corría ya el futuro entre nosotros. Iba y venía de sus relevantes éxitos profesionales, creó una bonita familia con su esposa, nuestra querida Carmen, e hijo, tan buenos como él, se hicieron hermanos del Amor y del Silencio, era normal encontrártelos por sorpresa sentados en los veladores del centro tan pronto como se estaban repartiendo las papeletas de sitio. Querido Antonio, siempre andarás asomado, con nosotros o sin nosotros en el mundo, al escalofrío del palio de la Esperanza cuando doble las esquinas de Feria, la Alameda o Parras por las madrugadas. Gracias por tu lección de saber irte con toda la dignidad que te dio la fe en Dios, en ese momento en el que vivir se te volvió del revés y supiste abrazar esos duros y pesados días como tu Señor del Silencio lleva su cruz.





