Palabras mayores, tremendas, se nos vienen a la cabeza. A lo mejor es una alucinación – puede ser.
Ya cuesta trabajo dar con una ceremonia religiosa que no sea grabada o retransmitida; aun las más insospechadas, por su aspecto “humilde” o minoritario, casi siempre resulta que se graban para ser publicadas en “el canal de la hermandad, o de la parroquia, o de lo que sea”. Y si esto no ocurre (o bien, añadido si esto ocurre) es seguro que en los momentos más solemnes, alguno o muchos irrumpirán en el espacio más destacado para hacer fotografías.
Todo esto se lleva a cabo con buenísima intención, por aquello de “difundir, difundir”. Incluso le dan el nombre de estar evangelizando, y lo creen de buena fe. El argumento de la anciana impedida que desde su casa podrá ver la ceremonia, eso justifica de modo automático las mil retransmisiones. Los impedidos ciertamente tienen donde elegir.
No dudamos de la buena fe, ni de la existencia, en nuestra sociedad envejecida, de esa enorme cantidad de ancianos recluidos en sus casas, y a los que además vemos, en sus andadores o sillas de ruedas, cuando con sus cuidadores se asoman a la calle, y podemos imaginar a los que no pueden ni aun salir. Es cierto. Es verdad. No lo dudamos. Bien está el poder ofrecerles algo distinto al terrible entretenimiento de los programas de televisión.
Pero hay otro lado de las retransmisiones del que no se habla. Y es el crucial, el esencial, el meollo de todo (ya es corriente que de lo esencial sea de lo que menos se hable). Y es el siguiente: el efecto que produce en los participantes de una ceremonia el saber que es retransmitida y fotografiada, y esto de modo habitual.
No hablaremos del peligro del halago a la vanidad personal para muchos, porque esto es peccata minuta al lado de los otros efectos.
El efecto realmente dañino es dificilísimo de expresar.
Entrar en una iglesia ha sido siempre “entrar en la casa de Dios”. En la celebración de una misa, los creyentes, si son creyentes (y si no, ¿qué hacen ahí?) están comunicándose con otra dimensión. Están en contacto con la eternidad. Tenemos el mundo que se ve, y luego el que no se ve (lo visible y lo invisible). Esta realidad ha sido la cosa más natural del mundo durante milenios.
Hoy ciertamente, al estar en una celebración que es cuidadosamente grabada y retransmitida, de nuevo hay dos dimensiones: la de lo visible, y la otra, la invisible, ya no es tanto la eterna, sino esa del mundo virtual. La idea de que eso se está retransmitiendo, esto lo estará viendo Fulanito, esto lo están viendo tantas personas, esto lo “colgaré” luego aquí y allá, o mandaré “el enlace” a este o a aquél… esa es la segunda dimensión que parece haber sustituido a la tradicional de “Dios nos estará viendo”.
Miles de personas (¿o millones?, ¡ojalá sean sólo miles!) ya no conciben una ceremonia religiosa sin que sea grabada o como mínimo fotografiada. No lo conciben. La dimensión de eternidad se ha debilitado. Lo invisible se ha convertido en ese mundo virtual (esas posibles personas que “lo estarán viendo”).
Seguimos teniendo dos dimensiones (siempre las habrá para el ser humano – siempre sentirá que lo que vemos en ese momento con los sentidos no es todo lo que existe). Pero la segunda, la del más allá, ha sido sustituida por “los que verán lo retransmitido, los que verán las fotos”.
El más allá parece haber sido sustituido por “la nube” virtual. La fe en que Alguien nos está mirando ha sido sustituida por la convicción, ciertamente halagadora, de que muchas personas aún vivas nos pueden estar viendo.
Si la ceremonia no se considera tal si no es grabada y retransmitida… es que ya no es tal de ningún modo. Ya no se hace para Dios, sino para esos hilos inquietantes que nos controlan y nos dirigen.
Palabras tremendas estas, sin duda raras, inadecuadas. Algún día un pensador con más talento, con razonamientos más argumentados, expresará esto mismo de mejor manera.
(Pero todo se hace con buenísima intención. Ahí está lo malo).





