Hay sacerdotes que parecen haber descubierto una peculiar forma de apostolado: predicar la austeridad desde el lujo mal entendido y peor administrado. Parece que algunos están convencidos de que el Reino de los Cielos puede esperar, sobre todo si en la tierra hay una fiesta de buen comer y mejor beber.
Comienzo a escribir decepcionado, porque nunca perdonaré a La otra Generación del 27 y a La Codorniz que no llegaran a intuir el descubrimiento de una versión muy actual del Evangelio: la multiplicación de los canapés.
Igual soy demasiado torpe para advertir que, en realidad, estamos ante algún prodigio evangélico, una innovación litúrgica, o la evolución natural del sacerdocio, según la cual el agua siempre es vino y el sermón, baile. Vaya usted a saber.
Hay escenas que no necesitan caricaturistas porque la realidad, cuando se lo propone, tiene un sentido del humor formidable.
Una de ellas es contemplar a ciertos sacerdotes que, por las noches, se transforman en animados protagonistas de fiestas de relumbrón y, copa en mano, se entregan con entusiasmo a los encantos de la pista de baile. Nada tiene de extraordinario que un sacerdote baile, beba o disfrute de una velada agradable; también son seres humanos, no estatuas de sacristía. El problema no es el baile, ni siquiera el fiestón, sino la distancia que se abre entre el pulpito y la pista.
Conste que, para mí, el hábito sí hace al monje cuando está en juego la dignidad sacerdotal. Su presencia debería introducir una dimensión moral y solemne en medio de la frivolidad.
Nada que objetar – ellos sabrán – pero estarán conmigo en que la escena, al menos, no resulta estética ni reconfortante. La contradicción, el respeto a la condición libremente elegida y cada día más diluida en la nebulosa de la apariencia, es lo que resulta difícil de ignorar, y no el baile.
No deja de ser una pequeña catástrofe cómica escuchar por la mañana una severa admonición contra los devaneos mundanos, la hipocresía y la falta de rigor en el cumplimiento de unos preceptos y, por la noche, ver a quien la pronuncia entregado a ellos con una alegría digna de cualquier cortesano del Renacimiento.
Seguramente leo mal el mensaje y lo que de verdad consideran importante es la indulgencia a lo que representan como una excepción teológica.
La escena resulta casi teatral. Entre buenos trajes – suelen tener cierta maña a la hora de elegir sarao -, risas y brindis, uno imagina que por algún rincón está la palabra ascetismo que observa desconcertada cómo su fidelísimo defensor ensaya un paso de la danza de moda o recrea el estilo memorable de Realito o Enrique el Cojo.
No me hagan mucho caso. Igual estamos ante una nueva pedagogía pastoral que, ustedes perdonen, no alcanzo a entender.
Esta es una sociedad que se toma demasiado en serio a sí misma, pero siempre hay algún despistado dispuesto a ponerla frente a un espejo deformante, y entonces todo se vuelve absurdo.
Aquí aparece el cura bailarín con una fuerza simbólica que va más allá de la simple caricatura. La solemnidad pierde el compás y el humor se encarga de blanquear el ridículo. Nadie se fija en un cura que baila; la comidilla de los corritos es si lo hace bien o lo hace mal. ¡Que extraordinario poder tiene la teología cuando se aplica a uno mismo!
De pronto adquiere una admirable habilidad: permite encontrar una explicación sobrenatural para cualquier inclinación terrenal. Sí, porque no hay nada más fascinante que contemplar cómo, después de siglos de debates sobre el alma, la gracia y la salvación, consigue resolver los problemas de nuestro tiempo poniéndose al servicio de una singular y peligrosa coartada: justificar la permanente exhibición de concretos sacerdotes sin que parezca que han abandonado sus principios. Algo milagroso que consiste en que la conciencia siempre termina por encontrar una dispensa cuando suena una buena orquesta.
¡Ojo!, espero que nadie tuerza la verdad ni la intención y convierta la defensa de la discreción y la coherencia en motivo de excomunión.
Ya sé que, juntas o separadas, valen cero, pero no intenten convencerme de que todo esto es normalidad, porque, más pronto que tarde, solo nos dejará una homilía sin argumentos.





