“Mientras Indalecio Prieto amartilló un arma de fuego en plena bronca parlamentaria, Ana Vázquez mostró un aerosol para denunciar una situación de inseguridad”
Ayer, la Presidenta del Congreso de los Diputados localizó, neutralizó y expulsó del pleno una de las grandes amenazas que, hasta ahora, ha sufrido la democracia española.
Hay que agradecer tanto la rápida intervención como la perspicacia del CNI que, apenas cinco minutos después de que una diputada popular blandiera el arma, informó a Francina Armengol del potencial peligro pimentero.
En estos tiempos convulsos, cuando cualquier cosa puede poner en peligro la estabilidad de las instituciones, alguien tiene que estar pendiente de que no se cuele un arma de destrucción masiva en el hemiciclo. Y ahí estuvieron, prestos, los informes de los servicios de inteligencia… los mismos que, según el propio gobierno con la excepción de su responsable, no llegaron el 30 de julio a Ceuta.
Esta vez sí que la amenaza era realmente temible: un spray de pimienta. Y es que Ana Vázquez, diputada del PP, tuvo la osadía de mostrar en el Congreso un aerosol para denunciar que una gran mayoría de mujeres de Ceuta los están utilizando para defenderse de posibles agresiones. La Presidencia, WhatsApp mediante, con admirable rapidez, identificó el peligro, activó el Reglamento y expulsó a la diputada.
A estas horas se desconoce si hubo que evacuar el palacio, poner en alerta a los servicios de seguridad o avisar a la OTAN. Pero, por si acaso, el spray fue tratado con la solemnidad que merece una auténtica pieza de artillería parlamentaria.
Porque no estamos hablando de cualquier riesgo. Estamos hablando de gas pimienta. Una sustancia de tal peligrosidad que, exhibida a varios metros de distancia, puede aparentemente poner en jaque la seguridad del Estado. Un bote diminuto, con aspecto de ambientador de bolsillo, convertido por obra y gracia de la tercera autoridad del Estado en una amenaza institucional de primer orden.
Para colmo de males, la diputada no roció a nadie, ni siquiera amenazó a un ujier. Simplemente pretendía exhibir el objeto para utilizarlo como “argumento político”. Y ahí se encontró precisamente con el problema: el spray era la prueba palpable de algo incómodo para quienes continúan hablando hoy de normalidad en la ciudad.
En el Congreso puede -y debe- discutirse sobre delincuencia, seguridad, inmigración, igualdad o cualquier otra cuestión si el gobierno tuviera las agallas de comparecer. Lo que resulta más complicado es tener delante un objeto que simboliza una pregunta bastante sencilla: ¿por qué hay mujeres que sienten que necesitan llevar un spray de pimienta para defenderse? Y esa interpelación, que queda en el aire, ya no es tan fácil de expulsar del hemiciclo.
No está de más recordar hoy que la historia parlamentaria española ha conocido escenarios bastante menos metafóricos. Sin necesidad de invocar los tricornios de Tejero ni las bayonetas de Pavía, en la perenne memoria democrática aún relumbra la pistola del diputado socialista por Vizcaya Indalecio Prieto, quien el 4 de julio de 1934 (“¡qué buenos, gozosos y anhelados tiempos!”) la empuñó en el Congreso durante un tumulto parlamentario: Una pistola, una pistola de verdad, que amartilló y con la que hizo ademán de disparar contra el diputado de la CEDA, Jaime Oriol. Curiosamente, el presidente de las Cortes, Santiago Alba, del peligrosísimo Partido Republicano Radical, no le expulsó ni le aplicó sanción alguna.
Hoy, casi un siglo después, nada hemos aprendido y hemos elevado el nivel de la amenaza hasta un spray de pimienta. En todo caso, empate histórico en este duelo armamentístico en Las Gaunas de la Carrera de San Jerónimo: PSOE 1 – PP 1.
Si acaso, resaltar una pequeña diferencia en cuanto a la calidad del marcador: Mientras Indalecio Prieto amartilló un arma de fuego en plena bronca parlamentaria, Ana Vázquez mostró un aerosol para denunciar una situación de inseguridad. Quede para el recuerdo que la autoridad de la Presidencia también consiste en saber distinguir entre una amenaza real y una provocación parlamentaria, sin necesidad de convertir un pulverizador en un lanzallamas.
Porque, si ante cada gesto polémico aplicamos el máximo rigor reglamentario, conseguiremos algo extraordinario: un Congreso impecablemente seguro, perfectamente ordenado, pero completamente incapaz de soportar una dosis mínima de teatralidad política.
Y quizá ese sea el verdadero peligro. No el gas pimienta. El peligro es que un Parlamento llegue a sentirse más amenazado por un bote que por la pregunta que lleva implícita.
De todos modos, celebremos que el arma fue neutralizada. La democracia puede respirar de nuevo. El spray, finalmente, salió del Congreso. La pregunta, por suerte, no. Solo queda responderla.





