Al compañero Luis Pérez
En este caluroso mes de septiembre, en cada esquina de Sevilla —“la de los turistas”, que cantaba Pata Negra— hay colas, tickets y números de mesas. Sombreruchos de ala ridícula, camisetas anchas sin mangas y sandalias de plástico campan a sus anchas por la ciudad. Está de moda hacerse una foto con una torre o un río detrás. Es por lo que estamos apostando. “No busques más que no hay”.
Y, desde hace algunas ediciones —pero en esta que vivimos, especialmente—, la Bienal de Flamenco se ha volcado con este espécimen urbanita, que va a ver, pero no a mirar. A oír, pero no a escuchar.
De esta forma la Bienal, a fuerza en encabezonarse con la internacionalización y dar importancia supina a los números de los euros que deja el turismo, han conseguido convertir a la prensa local y provincial en una especie en peligro de extinción. Parece que apuesta por la extranjera, por todo a lo que huela a allende nuestras fronteras. Y es que lo nuestro será muy cateto y muy anticuado.
Somos demasiados los que no encontramos explicación al trato que estamos recibiendo los sencillos medios de comunicación en la Bienal. Especialmente los pequeños, los que estamos todo el año al pie del cañón de lo que pasa y no pasa en Sevilla. Esos medios que no tienen veinte redactores, tres corresponsales y un helicóptero aparcado en la azotea. Lo digo por experiencia propia. De buena tinta, porque lo estoy sufriendo en mis carnes.
Este año estoy colaborando con la incansable Pilar Fuertes para que SevillaInfo pueda cubrir, con plumas de primera línea, algunos espectáculos de la Bienal. Solo algunos. 12 para ser exactos. 12 de más de 70. Lo nuestro nunca fue, ni es, la avaricia.
Pero “ante el vicio de pedir, la virtud de no dar”, que dice el viejo refrán castellano. Los pases de prensa escasean como las mesas para comer en primera línea de playa en el mes de agosto. ¿Los perjudicados? Los medios independientes de la ciudad y provincia.
¿Fotógrafos? Eso ya entra en el terreno de la fantasía. Fotografías no, por favor. Para eso están los fotógrafos oficiales (buenísimos). Exceptuando los de los grandes medios, por supuesto. Esos si tienen pase y sitio. Y venga de frente.
Otra cosa es el maravilloso asiento que se le asigna a la prensa. Este año, esas localidades son privilegiadas porque desde ellas el periodista puede disfrutar del espectáculo con la misma nitidez con la que un astrónomo observa Saturno desde el desierto de Arizona. Con prismáticos, si procede. Al fin y al cabo, después tendrá que escribir sobre cómo cantó Menganita, cómo bailó Fulanito y, sobre todo, sobre esa cosa tan difícil de describir llamada transmisión. Todo un reto cuando al artista se le distingue por la forma aproximada de un borrón.
Pero quizá lo más fascinante sea el suspense, a lo Alfred Hitchcock, al que nos tienen sometidos. Casi humillados. A los pequeños medios locales y provinciales, repito. No sabemos con suficiente antelación qué espectáculos podremos cubrir, pues el pase de prensa puede llegar de repente, como una aparición mariana o una multa de tráfico. Por ello, es del todo imposible planificar. A las 16 hs te mandan el pase del espectáculo que comienza a las 20 hs.
—Palabrita del Niño Dios.
Francamente: resulta una falta de consideración y de sensibilidad hacia quienes, cada cual desde su tamaño, llevan años poniendo ladrillos en el edificio del flamenco y de la ciudad. Porque esto funciona como una cadena: artistas, público, crítica, medios y festivales. Todos se necesitan. Si uno de los eslabones se rompe, esto se va al ca..jo. Ustedes me entienden. Quizá, algún día, la Bienal descubra, con estupor y sorpresa, que nadie está contando lo que ocurre dentro. Y el que está fuera se quede con la boca abierta y sin enterarse de un carajo.
Porque ni el The New York Times, ni el The Wall Street Journal, ni el The Washington Post, ni el The Guardian, ni el Le Monde sacan ni una palabra, ni una papa frita, de lo que ocurre en la Bienal de Flamenco de Sevilla. Los que hablan de ella son los que hablan. Pero a esos, zancadillas y faltas de respeto.
Pst: Lo dije en cuanto me enteré de que el tema de prensa lo llevaría una entidad externa e independiente de la Bienal. En concreto, la empresa privada Surnames. Está escrito, que yo no suelo borrar los guasas: “Esa empresa es el quitaverguenzas… ya verás…”. Y lo estamos viendo.





