Este es un año de Puertas Santas; Puertas Santas en la Ciudad Eterna con unos controles de seguridad que suenan incompatibles con la idea misma de lo que es una Puerta Santa…
Pero no sigamos por ahí, es un tema demasiado espinoso. Pensemos en las puertas en general, las puertas principales, nobles y hermosas, de infinidad de edificios públicos en Europa, muchas de ellas precedidas de pórticos con sus columnas, ese esquema clásico del que no nos cansamos.
Un concepto básico de la civilización europea, y podría decirse que de todas, es el de la nobleza de los edificios públicos. Se puede vivir con toda modestia y austeridad (en fin, durante la mayor parte de la historia, en pobreza sin más), pero el edificio municipal, la iglesia, esto que era de todos, pues se edificaba con esplendor.
Hoy todo el afán se concentra en el “confort” interior de las viviendas, e incluso dentro de ellas, en lo más material y corpóreo (la cocina, los baños, los gimnasios). Empezamos a olvidar algo que nos ha acompañado durante siglos y milenios. No todo es comodidad puramente física, hay otros matices. Hasta los hoteles “de lujo” van perdiendo elementos que antes eran requisito indispensable hasta para cualquier hotel modesto: un salón, unos espacios donde sentarse, espacios públicos. Y el enorme placer de atravesar una hermosa puerta, noble, a veces artística, entre piedra y madera.
Los principales palacios de la vieja Europa son hoy museos. Aparte del deseo de ver cuadros o restos arqueológicos, también produce fruición el atravesar, con todo el derecho de ser sus verdaderos propietarios (lo que es de todos es tan auténticamente nuestro como lo que más – esto lo olvidan a veces los que no son sino sus administradores), esos umbrales tan nobles, entrar, visitar las salas, y salir…
¡Ah, salir! Ahí llega el disgusto. Pues cada vez con más frecuencia se despoja al público de esa satisfacción inocente, ese poder franquear, con todo el derecho, unas puertas nobles. Es decir: se extiende la costumbre de fijar una puerta de entrada y otra de salida. (Como si se tratara de Ikea… que aun para tan prosaico sitio constituye una indignidad, esa ruta obligatoria unidireccional, cual si ganado fuéramos). Y para colmo de indignidad, pues en algunos señeros museos (a eso íbamos), ¡la de salida es a veces una portezuela mísera y vergonzosa… una verdadera y humillante “puerta de atrás”!
Ya obligar a entrar por una puerta y a salir por otra sólo tiene justificación en poquísimos casos. Por ejemplo, en la gigantesca inmensidad de los Museos Vaticanos, uno de los espacios más prolíficos del mundo en cuanto a la inmensa cantidad de obras de arte que se ofrecen al visitante, salas, salas, pasillos enormes, y galerías, y más y más, objetos de valor incalculable ahí casi amontonados, patios, esculturas; y además, un lugar abarrotado de público. Es obvio que aquí se justifica una ruta obligatoria (con cierta flexibilidad, con múltiples desvíos opcionales), si no sería imposible mantener un mínimo de orden… muchos turistas incluso se perderían. Pero es un caso excepcional. Y aun así, pues aquí a los visitantes se les ofrece la satisfacción de una salida dignísima: por la noble escalera circular de bronce, y luego por la hermosa puerta de piedra (que antaño fue la única, de entrada y de salida).
Pero esta costumbre de diferenciar entrada y salida se ha hecho extensiva a multitud de museos, catedrales, palacios… y no se justifica. Se pierde algo. Gusta entrar en un espacio noble y hermoso, visitarlo y luego salir por donde se ha entrado. Corresponde a un instinto humano de lógica, de simetría, incluso de sensación de libertad.
En Sevilla acaso no podamos protestar mucho, pues en los principales objetos de visita turística– la Catedral y el Alcázar- , no es que sea “para quejarse” el tener que salir, en el caso de la Catedral, por el Patio de los Naranjos y últimamente por la espléndida Puerta del Perdón; se supone que el atravesarla es ya un privilegio. Tampoco es para mucho lamento, en el caso del Alcázar, el tener que salir por las hermosas caballerizas que dan al Patio de Banderas (eso podría llamarse quejarse por vicio). Son ejemplos en los que la salida rivaliza con la entrada en nobleza y esplendor; da reparo el ponerle peros. Y sin embargo… pues sí, incluso en estos casos de puerta de salida magnífica y como de brillante colofón a la visita, pues algo se pierde. Una persona sensible gusta de entrar por la puerta, visitar el palacio o la catedral, y luego, repasando lo visto, experimentar lo que significa salir por la misma puerta después de ya conocer lo de dentro. Es el modo habitual, así visitamos la casa de un amigo, así hemos entrado siempre en las iglesias que nos son familiares. Es el modo humano. Lo otro tiene algo de caminito para paso de ganado.
En fin, el verdadero agravio – agravio, sí: constituye un verdadero insulto para el viajero sensible – se produce cuando, ya aceptando que hay una puerta de entrada y otra de salida, pues… resulta que la de salida es una miserable puertucha, donde, tras pasar un humillante torno, el visitante que ha acudido, como quien cumple un sueño de juventud, a ver los cuadros refulgentes de belleza del museo de los Uffizi en Florencia, y ha entrado por esa puerta amplia y porticada, pues al salir… en vez de volver al palaciego entorno por donde entró, se ve arrojado a una callejuela trasera y maloliente que ni sospechaba que existía.
¿Por qué, después de darle tanto al viajero, lo despiden con esa mala impresión… como echándolo a patadas?
Pero el fenómeno ha tenido eco en otros lugares de nuestra amada Italia. Depositar al viajero en un callejón lateral lleno de basuras no tiene justificación nunca, pero se da incluso en casos donde ya la no-justificación resulta grotesca. En Venecia, los que sienten en el alma algo que, siendo veneciano es también puramente nuestro (por la enorme relación entre su pintura y la nuestra, Velázquez en Italia, Felipe II encargando cuadros a los venecianos, el Prado lleno de ellos… un mismo aliento barroco, un mismo espíritu), es decir, esa especie de Hermandad que es la Scuola di San Rocco, con un salón lleno de pinturas de Tintoretto que están todas in loco, en el lugar para el que se pintaron… un lugar hermoso, entrañable, que por ende sigue funcionando como tal (no es sólo museo), pues en años recientes resulta que uno de los grandes placeres de esa visita – el salir por la hermosísima puerta por donde se había entrado, para reencontrarse con las rojizas casitas venecianas, el ambiente estudiantil de ese lugar-¡se ha suprimido! ¡Han puesto un torno que da al único callejón maloliente e ingrato de toda la ciudad! Pero si uno de los deleites (para quien ya ha visto los cuadros muchas veces) es justo el hecho de visitarlos de nuevo como quien visita otra vez a un viejo amigo, y salir por su puerta hermosa y conocida. Y este es un lugar sin muchos visitantes, más bien suele estar vacío. ¿Por qué desprecian a quien viene como amigo?
¿Cómo se ha podido perder la sensibilidad hasta tal punto?
Pensemos en España. No hay que dar ideas. Por el momento no se ha llegado a extremos tan sangrantes. Los que conocimos el Museo del Prado cuando se podía entrar y salir por las puertas de ambos extremos – y no existía la moderna entrada baja actual –podemos echarlo de menos. Pero en fin, aun se sigue pudiendo utilizar una de las entradas nobles, subiendo las escaleras, ¡que no desaparezca! Y salir por el mismo lugar, cosa fundamental. El edificio es nuestro. Es propiedad de cada español exactamente en el mismo grado que de a quien le toque ser su director. Qué menos que poder entrar y salir con la dignidad que el edificio tiene.
El Museo Arqueológico de Madrid, cuajado de tesoros nuestros (son nuestros, hay que recordarlo, pero en sentido jurídico y literal) decidió hace años privarnos de uno de los placeres más inocentes, sanos y hermosos de esta vida: el poder entrar por la puerta principal, entre sus nobles columnas. Se entra y se sale por una especie de refugio antiaéreo.
En fin: en unos sitios se da un despropósito (salida por portezuela inmunda), en otros se da otro, tal vez no tal grave pero molesto (dejar sin uso la puerta principal).
El Museo de Bellas Artes de Sevilla –no queremos dar ideas- de momento se libra de esto. Ha caído en el absurdo de exponer los cuadros a oscuras, pero todavía hay que agradecer que, aunque indica un itinerario cronológico para el que lo quiera, es posible caminar con cierta libertad, admirar los patios, y volver a salir por donde se entró.
¡Salir por la misma puerta por la que se entró!, con la satisfacción de haber enriquecido el alma. Es lo humano, lo coherente, lo que responde a la civilización.
¡Nada de puertas traseras!





