
Los gatos tienen una habilidad innata para descubrir a los falsos. Lo sé porque tengo una docena en el campo y los analizo cada día. Viene alguien a casa y según tengan la cara mis gatos, sé si es o no legal. Un día me quedé dormido escuchando hablar en la tele al presidente del Gobierno, el amor de Begoña la Listilla, y cuando me desperté de la siesta cochinera, de sofá, mi gata Rubio –es una gata intersexual– estaba de espaldas a Sánchez, con cara de estar pasándolo mal, con aspecto cadavérico. Lo caló pronto, y yo también. Es el político más falso, embustero y trápala de la democracia. Le queda poca vida política, pero lo peor vendrá cuando se vaya o lo echen porque será inevitable recordarlo alguna vez y no hay peor pesadilla que acordarse de alguien a quien has despreciado tanto. Rubio no lo puede ver. A veces, cuando sale en la tele el presidente –o sea, todo el día y toda la noche–, lo dejo para ver la cara de Rubio y no lo puede evitar: lo odia. Una tarde se lanzó contra la pantalla y le arañó la cara. Aquella en la que dijo, creo que por primera vez, que era un hombre de palabra, del que teníamos que fiarnos. Se le puso el lomo a Rubio como una vara de acebuche curvada. Confieso que no puedo más, que todo es verlo y subirme la tensión hasta límites peligrosos para la salud. Está con la mugre hasta las orejas y no se va a su casa, porque alguien tan egocéntrico, tan necesitado de dejarse ver, se moriría fuera de la fama, en este caso de la política. La última vez que parió Rubio le puse nombre a sus cinco gatitos: Zoco, Lucho, Sira, Cuqui y Sanchito. Me miró furiosa, se salió de la canasta, corrió hacia el cuarto de baño y sacó todo el papel higiénico del canutillo. Lleva dos meses sin comerme la oreja.





