Por desgracia vivimos en la era de los manuales de autoayuda e inmersos en toda clase de discursos, entre milenaristas y orientales, que alientan a mantener una actitud positiva, una sonrisa de impresora y un optimismo enardecido e injustificable que en no pocas ocasiones lo que te hacen aparentar es que eres un tarado cuando no simplemente gilipollas.
No sé cómo ha sucedido, pero estamos inmersos en una sociedad que, a falta de otra cosa, quizá por infantilización o por pura vagancia, parece que se ha doctorado en Paulo Coelho cum laude.
Agradezcan que no me explaye en hablarles de toda esa basura sobre la «zona de confort» y otros artilugios varios con los que nos pretenden alumbrar el recorrido de la vida estos sacerdotes del «coaching» y la milonga sin prozac.
Todo el mundo habla del «karma», del «efecto mariposa» o de cualquier otra soplagaitez inconsistente, como si se refiriesen a Aristóteles o a Platón, a los que muy posiblemente se perdieron, no sé si porque algún programa de estudios socialistoide les aplastó de lleno la meninge, si fue por inasistencia a clase o porque lo han impregnado todo con sus grafittis machacones y sus memes de andar por casa.
En realidad, llegados a este punto donde nadie puede entender nada, quizá lo que nos hace falta a todos para escapar de esa molicie de los discursos adornados con proverbios orientales de Sánchez y sus ministros, es que nos toque la lotería, que es una ilusión doméstica, asequible y a la medida de la gente.
Lo que ocurre es que el comunismo abomina y desconfía del azar, que es una esperanza tan óptima como cualquier otra, pero incontrolada, como su propio nombre indica.
La buena suerte, y también la mala, pueden ser esenciales en la vida, ya sea como condimento o como plato principal, aunque en ambos casos es una fuente de desigualdades. Pero lo que le preocupa al socialismo no son tanto las desigualdades cuanto la posibilidad que otorga la fortuna de escapar al control férreo de sus designios y limpiarte en sus cortinas.
Piensen el motivo de la obsesión castrista por cerrar todos los casinos del Batistato y quizás lo entiendan. Menos mal que el Euromillones no lo pueden prohibir porque está en manos de organismos de la UE.
Por buena suerte, digo, puedes hacerte millonario con un billete de la Primitiva o descubrir el fósforo o la penicilina; como también una suerte esquiva o la mala suerte te pueden desgraciar la vida, claro.
Pero el comunismo, repito, teme y desconfía de las apuestas y del juego porque puede otorgar la libertad que no desea para nadie y por ello es lo primero, y lo único, que se le pasó por la cabeza al ministro Garzón al hacerse cargo de un Ministerio de Consumo que de nada sirve. Menos todavía en sus manos.
Un comunista al frente de Consumo es un disparate ontológico, como poner a un cobarde al mando de un batallón en el Alamein, al párroco a regentar la casa de lenocinio… o a un licenciado en Filosofía al frente de una pandemia. Y no sigo con los ejemplos de ministros inservibles o acabaremos todos en el astronauta y en ese personaje de los Simpsons que encabeza el Ministerio de Universidades.
Oigan a Sánchez estos días o escuchen al marqués del FRAP (en los momentos en que abandona el guerracivilismo de corneta, que es nunca) y se quedarán enredados en una madeja de sostenibilidades, transiciones ecológicas y digitalizaciones que no significan nada, como si les hablara el Pato Donald o Bugs Bunny, el conejo de la suerte, y que ellos mismos no sabrían explicar ni con un ‘autocue’ por delante. Ilusión líquida y delicuescente.
Pero la cuestión, según parece, no es explicar en qué consiste nada de eso, sino en insuflarle aire a esa arenga patriotera de un balón sin enjundia, de una esperanza y un futuro ilusionantes en una normalidad inexistente…, hasta que el balón explote en forma de recorte (de mangas) de la Comisión Europea.
A Simón, tarde o temprano lo veremos de ministro de Sanidad, o de embajador aforado en una república del demonio si algún sumario judicial amenaza con llevárselo al banquillo de los acusados, pero a Illa se le está acusando el rictus de imputado.
El Consejo de Ministros es un espectáculo circense, con 23 pistas… y Marisú Montero rizándose las puntas. O con su prima Irene chorreando el ambiente de gotículas de covid19 en cada una de sus broncas monumentales en Comisión o en Pleno.
Irene es una furia, es un dragón de «Juego de Tronos» que atufa el entorno de mal rollo cada vez que toma la palabra. Tanto cabreo sería deseable que no haya ido a parar a los biberones de los nenes… o le saldrán como cachorrillos del FRAP con gesto de murciélagos con hambre.
La ilusión y la esperanza que despierta Sánchez en estos momentos, hasta en su electorado, es perfectamente descriptible y dan ganas de que reabran las fronteras no para que empiecen a llegar turistas, sino para salir huyendo a Odeceixe.
Portugal, escucha, se han llevado hasta la hucha.
PS: Y C’s…, cambiando las toallas y las sábanas.
He dicho.






2 Comments
Muy buen articulo. Felicito al autor por tanta claridad y nivel politico. Aunque soy cubano de la otra orilla (Miami), conozco muy bien todo lo que habla el articulista, pues soy escritor y periodista exiliado en Miami desde el 2011.
Muchas gracias, por su palabras, querido lector y compañero. Reúne ud con creces los requisitos necesarios para saber de lo que hablamos. En esa ciudad conocí hace unos años a otro colega increíble (por mil razones) al que siempre admiré por su talento como escritor y con el que Carlos Herrera y yo almorzamos un día: Norberto Fuertes. Saludos desde el otro lado del charco.