Propongo contemplarlo todo de otra forma. Por ejemplo, miremos todo esto como la gran fiesta del desmantelamiento de la democracia. Al fin y al cabo, las revoluciones tienen siempre ese lado tenebroso de celebración, de gente echándose a la calle para recibir a los caudillos y de lanzarles flores mientras una tropa al uso se encarga de fusilar en las cunetas y en los callejones y los demás miramos hacia otro lado.
Las revoluciones, ya digo, se acompañan de esa cosa alegre y romántica que prefiere no mirar la parte tétrica invisible que ajusta cuentas y comete crímenes y desmanes con la connivencia y la complicidad de quienes desean poner fin al presente.
Porque esa es otra, las revoluciones siempre son cosa del futuro, nunca del presente, y no tienen hora ni fecha porque nunca llegan y cuando llegan no terminan.
Una revolución es una proyección de cine sobre una pared blanca y, cuando se acaba, como pasa con el cine, ves que nada de lo que ocurría delante de tus ojos (ni los trenes, ni las ciudades, ni la gente que se amaba y se movía sobre el muro) era de verdad.
Cuando una revolución termina o el cine se acaba, se encienden las luces y todo sigue igual que estaba, congelados en la misma realidad de cuando entramos en la sala de los sueños o de las ensoñaciones, pero ahora ya sin los sueños ni los personajes que nos hicieron olvidar la realidad durante un rato.
Ese es el motivo por el que toda revolución ha de ser permanente, como proclaman machaconamente los tiranos de Cuba o de Venezuela: «¡Hasta la victoria siempre!», sin que sepamos nunca cuándo llega la victoria ni cuál es el objetivo que pone fin a esa película.
El objetivo, pues, es que la peli no termine ni las luces de la sala se vuelvan a encender jamás, para mantener al populacho en esa oscuridad ficticia en la que cree estar viviendo un momento irrepetible. Cuando quiere despertar, la revolución se ha convertido ya en un túnel que no ofrece escapatoria y que no te permite tener una visión de conjunto de las cosas porque sólo ves al que tienes al lado y todo tu conocimiento cercano sólo es a manotadas. Otra vez la caverna de Platón: las sombras son para ti la realidad.
Así que volvamos todos a la sala de proyecciones, como borregos, y disfrutemos de la fantasía de la revolución idiota que no quiso ni quiere ver antes de apagar las luces lo que sucede en el entorno.
Por ejemplo, los que nos van a defender de la tentación totalitaria, que ya no es tentación, sino violación directa, amenazan con recurrir la decisión de destruir la independencia del Poder Judicial con acudir al Tribunal Constitucional. Pero sabemos todos que también el Tribunal Constitucional va a ser derribado, de modo que cuando lleguen los recursos al Alto Tribunal, comprobaremos que quienes deberían protegernos de los antropófagos que nos persiguen son… caníbales. ¿Nadie se da cuenta?
Sí, ya sé que el mecanismo constitucional blinda (más o menos) la mayoría exigida de tres quintos para conformar la Alta Sala que protege a la Nación, pero ¿acaso han respetado el acuerdo parlamentario por el que se modificó de facto la Constitución para la elección de los miembros del CGPJ y del Tribunal Supremo?
No, no lo han hecho, ni lo harán tampoco ahora, cuando hayan devorado los últimos límites respetables de una democracia. Porque cuando una democracia sólo guarda la apariencia de serlo por el hecho de que se celebran elecciones o se votan en referendum ciertas cosas, eso ya no es una democracia y era lo que practicaba el franquismo e incluso es lo que simulan los regímenes dictatoriales y tiránicos más abyectos como Cuba o Venezuela.
La URSS, China o Corea del Norte, bien es cierto, ni siquiera se tomaron nunca la molestia de la apariencia, pero en el interior de la Europa civilizada, la que condena por igual el nazismo y el comunismo como ideologías execrables y criminales, la que conserva en sus museos y sus archivos digitalizados y perennes la Historia reciente y la lejana, para aprender de los errores cometidos y como testimonio de la aberración latente siempre en el espíritu humano, no puede aceptar que unos miserables le proyecten otra vez la película recurrente de la revolución que no cesa.
Apaguen las luces, que la función va a comenzar.
He dicho.





