¿Sabías que…? ¿Sabías que…? Se puso de moda este irritante latiguillo, y ahora pues no hay modo de leer dato alguno, por obvio que sea, que no venga precedido de esta expresión. Ya en el mundillo turístico-cultural que baña Sevilla (y acaso toda Europa) en un mar de didactismo sabihondo, pues no se puede enunciar sencillamente “Este monumento se reedificó en 1780”, no, sino que hay que decir: “¿Sabías que este monumento…?”.
Precisamente ese anecdotismo chillón, dándole un aire sensacionalista a cualquier dato, en lo que tiene de imitación del lenguaje publicitario, resulta lo más contrario que hay al espíritu del que realmente ama los rincones históricos de la ciudad. Pero, ¡qué decir!, si ese latiguillo se cuela hasta cuando se habla de asuntos aún más trascendentes.
Si se analiza, dicho latiguillo no puede ser más molesto (aunque, obviamente, se emplee sin maldad, simplemente por la inercia de seguir la corriente establecida). El familiar tuteo; el subrayar la propia sabiduría, el presuponer que nadie sino el firmante puede conocer un dato (que por ende suele ser algo de dominio público), el airecillo como de hacernos el favor de informarnos de eso, y como si esa información (siempre dando por hecho que no la sabíamos) ya nos hiciera miembros de un club especial cargado de superioridad… En fin, alguien dirá que esto es ofenderse en exceso por algo sin importancia. ¡Ojalá tengan razón!
Pero al menos, ¿podían respetar la ortografía? Porque el “que” de esa expresión es un relativo; no lleva tilde. Incluso quien haya olvidado los términos lingüísticos (relativo, tilde), todo el mundo sabe que no es lo mismo el “que” de “¿Qué le has dicho?” (con tilde, o digamos popularmente, con acento), que el de “Le he dicho que venga” (no lo lleva). Esta leccioncita, propia de los primeros años de Primaria, la ignoran los que elaboran esa cosa llamada “correctores de ortografía”. Se trata de inventos que en vez de corregir, lo que hacen es crear descomunales faltas de ortografía. Pero las publicaciones pasan por esos creadores de faltas (una de sus características es ponerle siempre la tilde al “que”, sea o no correcto); con fe ciega en “el corrector”, nadie las revisa, incluso cuando se trata de cosas que se publicarán en papel. Así, hay folletos enteros, libritos incluso (casi siempre de publicaciones oficiales o subvencionadas), en los que en cada página se repite el “¿Sabías que…?” ¡pero con la (errónea) tilde en el “que”! Pensábamos que el latiguillo sabihondo era ofensivo de por sí; pues para hacerlo aún más hiriente, ahora con la falta de ortografía añadida.
Nada podemos contra lo oficial. Pero en las cosas sobre las que aún nos permiten cierta libertad, ¿por qué no actuar? Se puede, por ejemplo, eliminar ese llamado “corrector ortográfico” (que no es sino un productor de faltas) de nuestros propios dispositivos. Continuamente recibimos mensajes de otras personas, que no tenemos por ignorantes, diciendo cosas como “es mejor qué vengas”, ese “que” con un acento que no debe llevar. Eso se lo ha puesto el llamado “corrector”; si lo eliminara, puede que hubiera erratas debidas a la rapidez e incomodidad del teclado; pero éstas no son tan hirientes como las producidas deliberadamente por la oficialidad de un mal llamado “corrector”.
En cuando a tildes se refiere, la errata producida por la omisión de la misma en una palabra que sí debe llevarla es menos grave (por ejemplo, “avion” sin acento: se entiende que es un error, a veces favorecido por la insuficiencia de los teclados), es menos grave que el acento en una palabra que no lo lleva; esto sí que induce a error. ¡Cuántas veces hemos leído, procedentes de personas de quienes no imaginamos semejante barbarie, mensajes como “Llegó a las nueve”! ¿Llegó? ¿quién llegó, cómo? ¡Ah no, es que quiere decir “yo llego a las nueve” y el prepotente e ignorante y sabihondo corrector, queriendo ser más listo que nadie, le pone la tilde! Una norma básica que creíamos de sentido común es que: cuando una palabra tiene dos significados distintos con tilde o sin ella, si hay que poner una sola acepción por defecto, esa debe ser la forma sin tilde; es lo lógico.
Por culpa de los “correctores”, se quieren imponer unas tildes en palabras que jamás las llevaron, que no las llevan: “Se encuentra super bien” (en castellano ese “super” no lleva acento… pero los correctores lo imponen), a veces, grotescamente, en la palabra “joven”. Parece que en catalán hay más tildes, la llevan nombres propios como “Julia”, cosa que en castellano evidentemente no. ¿Dónde se elaboran estos “correctores”…?
Si se elimina el “corrector- productor de faltas”, seguramente abundarán, en nuestros continuos mensajes diarios, las erratas o abreviaturas rápidas; en fin, ¡qué le vamos a hacer! El “q” por “que”, pues vale, cumple su función de inmediatez. Pero desaparecerá el error garrafal prepotente, humillante, de un “llegó” cuando es “yo llego”, de un “cuándo” cuando es, valga la redundancia, “cuando”. Hay algo de repugnante en eso, es síntoma de la tiranía opresora, el triunfo de la sinrazón, la negación de la verdad; efecto de la ignorancia que, vendida al poder y autoproclamada árbitro de sabiduría, se mete en la privacidad de nuestros mensajes particulares, impone barbarismos, por la fuerza literalmente convierte una palabra bien escrita en un error garrafal… y todo llamándose a sí misma “el corrector”.
¿Alguien considera que esto tiene poca importancia?
¡Que lo piense dos y mil veces! El lenguaje lo es todo, la tiranía se vale de él. Con el lenguaje se nos esclaviza, se dividen familias, se evaden las culpas, se crean los odios. Pensemos en casi cualquier palabra de moda (la “dana”, la “sostenibilidad”, la “extrema derecha”); cualquiera de ellas tiene más capacidad transformadora de la sociedad que la que pueda tener un ejército.
¡Quiten el “corrector”! Mejorarán nuestras vidas.





