He aquí un curioso recuerdo infantil: el haber experimentado de manera confusa cierta extrañeza al oír decir, por primera vez, que “para los judíos el día de descanso era el sábado, pero con el Cristianismo eso se cambió al domingo”.
La extrañeza se debía a la solemnidad con la que se enunciaba algo que sonaba de poca importancia. ¿“Sábado, domingo”? Pero eso son simples palabras; en cada idioma además se dirá de manera diferente. Si se trata de descansar un día de cada siete, qué más da llamarle de un modo u otro. No, no entendía que esto fuera materia tan solemne.
Difícil describir cómo funcionaba la mente de quien aún no tenía ni vocabulario para explicarse, pero venía a ser más o menos así: “Bueno, cuando adelantamos la hora según se nos ordena, pues en vez de las diez son ya las once- sin que eso trastorne cosmovisión alguna. Entonces, cuando en su momento se retrasó el día de descanso, ¿por qué no se le siguió llamando sábado y ya está? Se “pierde” un día y luego todo sigue como antes. No se entienden las discusiones por eso…”
Cuesta trabajo admitir el haber sentido esto, por lo que supone de enorme ignorancia; pero en fin, el recordar con pureza ciertas sensaciones, desde la disculpable inopia de los cinco años, acaso ayude a comprender el funcionamiento del mundo actual, en su menos disculpable inconsciencia.
A poco que se comience a tener algunas nociones de Historia, algo sobre el Antiguo Testamento, algo sobre el origen de nuestra civilización, se capta la importancia suprema de los días de la semana, que no son arbitrarios, no son intercambiables. Los demás pueblos del mundo antiguo no tenían un día de descanso, los destinados a trabajar tenían que hacerlo continuamente. Sólo el pueblo judío tenía la norma del día de descanso para todo el mundo, también los siervos, también los esclavos. Muchos pasajes del Evangelio aluden a esta ley sagrada, aunque, si apenas se sabe nada del Antiguo Testamento (como suele ser lo frecuente), pues el descanso del sábado aparece casi siempre bajo su prisma menos simpático, en su lado más fanático e intolerante. Hay que adentrarse más en el Antiguo Testamento para comprender su enorme valor, la importancia de respetarlo, y lo que tenía de fuente de libertad para todos, pobres y ricos. El sábado. Respetar el sábado era de los mandamientos más importantes, de los primeros, por delante del “No matarás” y del “Honrarás a tu padre y a tu madre”.
Sólo al adquirir más familiaridad con esto del reposo del sábado, sólo al sumergirse un poco en el estilo del mundo antiguo, llega el asombro ante la idea de que algo tan arraigado durante siglos, algo que conformaba enteramente su modo de vida, pudiera cambiarse así por las buenas (cambiar el día santo del sábado al domingo). ¿Cómo pudo suceder? En un libro, el cardenal Ratzinger lo consideraba verdadera prueba de la Resurrección del Señor, pues, ¿qué tipo de cataclismo si no puede inducir a una alteración tan esencial del modo de ver la vida…?
Y luego fue surgiendo el mundo cristiano, con la enorme importancia de las fiestas y de las fechas de las fiestas. Los que ya hemos crecido en un mundo banal podemos tardar un poco en comprender esto – la importancia del calendario, de que las cosas sean en su día- pero es que se hace cada vez más evidente. Las cosas se descomponen con las celebraciones cambiadas de día. ¿Qué significa la Navidad cuando se celebra desde octubre? ¿Qué significa, en los colegios, celebrar en junio “los cumpleaños de los que los cumplen en julio y agosto” (suponiendo que de todos modos signifiquen algo)?
El día de la Virgen del Pilar, el día de la Hispanidad, como cae en domingo pues dictaminan que “se pasa el festivo al lunes”.
No es que este despropósito sea nuevo; llevamos así años y años, con el día de la Inmaculada, con todo. Si cae en domingo, “se pasa al lunes”. Pero cada año se ahonda más en el sinsentido – por ejemplo, resulta que el tradicional festival taurino del 12 de octubre en Sevilla pues este año será el lunes 13.
Pero desde el fondo de lo que nos queda de humano, de lo que nos queda de algo limpio, inocente y auténtico (opuesto a lo burocrático)… algo protesta. Las fiestas no se “pasan”. El 12 de Octubre es el 12 de Octubre y el 8 de Diciembre es el 8 de Diciembre. Eso no puede ser alterado. Si hay que ajustarse a la frialdad de un calendario laboral con un número determinado de festivos, pues podrían recordar ese año una fiesta olvidada, o lo que sea. Pero una fiesta no puede “pasarse” de día.
¿Y para qué se molestó Rodrigo de Triana en gritar “¡Tierraaaa…!” un 12 de octubre, un día tan hermoso y redondo, para ser conmemorado durante siglos…? ¿Para que un día llegue un burócrata y “lo pase al lunes”?
Alguien podría hacer una coplilla empezando “La Virgen del Pilar dice/ que su fiesta es el día 12…”





