Una de las sevillanas de los Amigos de Gines que recuerdo con más cariño era de 1973 y comenzaba con una frase que aún resuena en mis oídos: Que le digo yo a Sevilla que no le haya dicho nadie. Si con la ciudad de la Giralda encaja esa frase, cuánto más se podría decir de Roma, ciudad eterna.
Cuando ya se acercaba el fin del año jubilar 2025, noviembre le deparó a mi familia la sorpresa de una visita no prevista de cinco días en la que volvimos a disfrutar de una urbe acogedora, repleta de arte y con un tiempo magnífico. No importaba que ya la hubiéramos visitado en otras ocasiones (luna de miel, Jubileo y Jornada Mundial de la Juventud en el año 2000, peregrinación con nuestra parroquia,…), porque aunque Roma sea la misma en su conjunto, los ojos con la que la miramos son distintos en cada ocasión.
La vía de Giubbonari donde nos alojábamos me recordó con sus tiendas a nuestra calle Francos, y la cercana plaza del Campo de Fiori, con su imponente estatua de Giordano Bruno (monje herético quemado allí mismo en 1600), se llenaba cada día de tenderetes con frutas, verduras y bebidas, que nos recordaban al mercadillo de Alcosa.
Pudimos disfrutar de una audiencia pública de Su Santidad León XIV en la misma plaza de San Pedro, rodeados de peregrinos de los cinco continentes cuyos nombres fueron enunciados por los altavoces antes de que el Papa circulara en su Papamóvil, y nos sorprendió que de las cuatro comunidades españoles que allí se mencionaron, tres fueran de la provincia de Sevilla: Benacazón, Castilleja de la Cuesta y Pilas.
Roma es un palimpsesto donde cada pueblo que la habitó dejó su huella. Hay países que tienen templos construidos para la visita de sus fieles con el fin de que puedan asistir a los cultos en su idioma. Así, San Luís de los Franceses y la española iglesia de Santiago y Montserrat, a unos minutos a pie desde nuestra residencia, en la que entre otras curiosidades estaba la lápida de Alfonso XIII (enterrado allí hasta su traslado al Escorial en enero de 1980), las sepulturas de los pontífices españoles Calixto III y su sobrino Alejandro VI, el Simpecado verde rociero de la Hermandad matriz y una imagen de Santa Ángela de la Cruz, vamos, como si estuviéramos en casa.
Caminar a pie por el centro de la capital de Italia no es fácil: los coches circulan por ella como lo han hecho hasta hace poco por Mateos Gago, rozando a los transeúntes, y es aconsejable ir mirando el suelo porque el adoquinado es irregular y las piedras están separadas. Es bueno haberse entrenado antes por algunas calles de Sevilla, como la calle Enladrillada.
Salta a la vista cómo España ha dialogado con Roma, y cómo Roma ha influido en la identidad cultural española. No sólo está la iglesia antes citada, también hay palacios vinculados a familias de la península, esculturas encargadas por reyes hispanos y hasta rincones menos conocidos como el monte Testaccio o la vía Pedro Chacón en el Aventino. Destaco la Real Academia de España, en San Pietro in Montorio, con su célebre Templete, una joya del Renacimiento encargada por los Reyes Católicos a Bramante tras la toma de Granada; la estatua de Felipe IV en Santa María la Mayor, fundida por Bernini y Lucenti, y la famosa escultura “Éxtasis de Santa Teresa” también de Bernini en Santa María de la Victoria.
En la Plaza Navona, donde ahora está la embajada de España, se levantaba la iglesia de Santiago de los Españoles, sostenida por legados de familias de nuestro país. Allí se celebraban corridas, carnavales y procesiones que teñían Roma de acento español. Cada año en la Plaza de España, lugar que siempre cuenta con un ambiente excepcional, los bomberos de la ciudad le suben un ramo de flores a la estatua de la Inmaculada Concepción.
Viajar, como leer, siempre es un acto de reencuentro, Roma sabe esperarnos, y por ello regresar a Roma es, en cierto modo, regresar a uno mismo. Volvemos a sentir aquella emoción de la primera vez. Será porque como dijo Goethe, es el corazón del mundo antiguo y el alma del moderno. Roma es una, pero sus lecturas son infinitas, quizás porque no es una ciudad que se mire con los ojos, sino con la memoria.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com
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1 Comment
Muy cierto lo apuntado por Alberto Amador Tobaja. Con los ojos y con la memoria de los vocablos que utilizamos: nuestras comunes Lenguas Romances.
Saludo cordial al autor.