La obsesión por la informalidad, la familiaridad, la “cercanía” impuesta desde arriba llega ya a extremos curiosos. Los locutores de radio dicen “Te voy a contar las noticias” “te dejo con los deportes”, lo cual produce una sensación rarísima. Si van dos en el coche escuchando la radio, ¿a cuál de ellos se dirige ese tuteo individual? Y aunque se oiga la radio a solas, la “gracia” de ese medio consiste en estar formando parte de una comunidad de oyentes. El “te cuento, te digo” es tan artificial que lo que crea es un distanciamiento.
Y, ¿qué diremos de los diminutivos? Su oficialidad ha acabado con su encanto: un apelativo cariñoso sólo accesible a los más íntimos de una persona. En el momento en que el diminutivo se hace oficial, éste deja de tener sentido.
Hemos presenciado en aulas universitarias fenómenos como el profesor “pasando lista”, y al llegar, por ejemplo, a un tal “Daniel López García”, decir el docente:
-¿Dani?
-Bueno, me llaman Daniel
-Pues yo te voy a llamar Dani
No hay más que hablar, lo manda el catedrático. Le guste o no, lo llamarán Dani.
Se comprende ahora la decisión de algunos futuros padres, encariñados con nombres como Daniel o Gabriel, pero que al final con pesar renuncian a ponérselo a su hijo – sabedores ya de la imposibilidad metafísica de que se les respete ese nombre. Están condenados al Dani, al Gabi, lo quieran o no (ojo, que nos parece perfecto los que gusten de dichos diminutivos, como los clásicos Pepe o Paco. Perfectos, españolísimos y hermosos. Lo que lamentamos es la pérdida del derecho a oírse llamar José o Francisco – bueno, a estos últimos más bien hoy los denominarían “Fran”… con su aquiescencia o sin ella).
Tiene esto más enjundia de lo que parece. El diminutivo, que se da en todos los idiomas, constituía algo especialísimo; parece ser algo instintivo en la naturaleza humana, algo que surge casi involuntariamente cuando se dan la cercanía y el amor. Incluso personas “cuadriculadas”, teóricamente enemigas de los diminutivos, suelen acabar creando uno, para su cónyuge, para su hija, para el que tienen más cercano y querido… Pero esa es su característica: algo espontáneo y derivado de la cercanía, precisamente de tanto usar el nombre, y como derivado del nombre. En idiomas latinos y eslavos, el diminutivo se recrea en el nombre, lo alarga (Merceditas, por Mercedes. En polaco por ejemplo, Maniusia por Mania). En inglés, es al contrario, lo acortan, cosa que ¡cómo no!, estamos imitando.
Y si el diminutivo tiene enjundia, y dice mucho de las sociedades humanas, pues ¡cuánto más tiene el nombre!, una enciclopedia se podía escribir sobre la importancia del nombre, habría que remontarse hasta el Génesis; pero incluso en culturas no cristianas, en todas las sociedades humanas, el nombre de las personas es algo especialísimo y hasta sagrado.
He aquí cómo se cae el alma a los pies cuando hoy día, enfrentados a la realidad última, y, en ámbitos cristianos, hollando ya lo trascendente, leemos por ejemplo en una esquela “Rogad a Dios por el alma de Chary… de Pepe…”.
¿Hasta ahí llega el afán de informalidad? ¿Hay algún momento más solemne que este? ¿No es más lógico dirigirse a Dios con el nombre con el que la persona fue bautizada?
Hace ya una serie de años, los que apreciamos ciertas cosas (como la gravedad de la vida y de la muerte – algo que se supone debía ser patrimonio común… pero no lo es) experimentamos una curiosa sensación gratificante en la circunstancia menos esperada: el entierro de una folklórica.
La folklórica era Rocío Jurado. Justo donde acaso menos lo esperábamos (con perdón, pero en fin, un racionalista puede esperar que en el entierro de un torero o de una folklórica haya elementos algo chillones, o digamos poco sobrios), pues allí vimos una inesperada manifestación de austera seriedad. En la lápida de su tumba se puso “Rocío Mohedano Jurado”.
¡Mohedano! Un primer apellido que no empleaba jamás, que el público desconocía. Pues bien, consideraron, acertadamente, que a la hora de la muerte no cuenta eso del “nombre artístico”. En la lápida va la seriedad austera del nombre y de los dos apellidos tal como consta en el Registro Civil.
Tal como consta en el Registro Civil y en la partida de Bautismo. Ante el Juez Supremo uno no se presenta con diminutivos ni con nombres artísticos.
Recuperemos el valor del diminutivo (que lo tiene, en el ámbito que le corresponde) y el valor, mucho más sublime, del nombre.





