Lo recuerdo como si fuera ayer. Lunes Santo de 1970. Aún no había cumplido los catorce años y era la primera vez que salía sin mis padres e iba con mis amigos a ver las cofradías, programa de prensa en mano, con el noble afán de acabar el día habiéndolas visto todas. La primera fue la del Beso de Judas en la calle Santiago, y he de confesarles que si me cautivó la venida de ese paso del Señor con las manos abiertas y su mirada de infinito amor, la Virgen del Rocío me encandiló con su belleza, con ese palio transparente y esa paloma del Espíritu Santo sobre ella, símbolo de un eterno Pentecostés.
Aquel mismo domingo de Resurrección me hice hermano, teniendo como único padrino al recordado Don Eugenio Hernández Bastos (padre fundador de la Hermandad a mediados de los años cincuenta, canónigo arcediano y autor de la oración que todos los hermanos le rezamos a la Virgen) pues ni pertenecía a la feligresía, no era mi barrio, ni conocía a nadie en la Corporación. Han pasado años, décadas y mi amor por la hermandad ha ido creciendo hasta recibir el regalo de poder verla coronada este sábado cinco de julio en la Santa Iglesia catedral.
Descubrí y pude disfrutar con el paso de los años las alusiones a la palabra Rocío en las Sagradas Escrituras: desde la contemplación de la vida, “ese rocío que se posa de noche en mi ramaje” (Job 29, 19), en el lenguaje de un enamorado “… que mi cabeza está cubierta de rocío y mis bucles del relente de la aurora (Cantar de los Cantares, 5, 2) o como preludio del maná que alimentó al pueblo de Israel en el desierto, “… por la mañana había una capa de rocío en torno al campamento…”, (Éxodo 16, 13) que al evaporarse dio lugar al maná .
Rocío bajado del cielo, símbolo de la presencia soberana y envolvente de Dios, imagen de la Redención preparada por Él para la Humanidad, cielo que lo derrama como una bendición, expresión de la generosidad divina y de su gratuidad.
Es sabido que a esta cofradía le unen vínculos con la advocación del Rocío de Almonte (Huelva), si bien la que reina en el templo de Santiago es Dolorosa (obra del imaginero Castillo Lastrucci en su taller de la calle San Vicente), y la de la ermita procesiona como hermandad de gloria el lunes de Pentecostés. Esta última le debe su nombre al parecer a su aparición en la zona de «La Rocina», cerca de la localidad onubense, donde se encontró una imagen de la Virgen. La leyenda cuenta que un cazador o pastor la encontró en un hueco de un árbol, y al llevarla al pueblo, la imagen desapareció, regresando al lugar de su hallazgo. Además, se asocia con el rocío que, según la tradición, cayó sobre la imagen tras un período de sequía, lo que llevó a la gente a atribuirle el poder de traer la lluvia.
Pues bien, como decía, la imagen de la Hermandad del Lunes Santo va a ser coronada, acontecimiento que va a marcar un antes y un después en la historia de la institución. La coronación canónica de la Madre de Dios es un acto formal con un rito litúrgico especial en la Iglesia católica, que reconoce y celebra la profunda devoción que una comunidad tiene hacia una imagen particular de la Virgen María, y su importancia en la historia y tradición religiosa. Implica la imposición de una corona a la imagen, acto de consagración y exaltación, elevándola a un rango de honor y reverencia como Reina y Madre de Dios y de la Iglesia (la corona, como símbolo de realeza, destaca la dignidad y el papel de María, y refuerza su conexión con Cristo, el Rey del Universo).
El hecho de que tenga lugar en el templo metropolitano se debe a que es una muestra de fe y veneración por parte de la comunidad hispalense, y a que con ello se reconoce y celebra públicamente la devoción mariana, de ahí que la realice personalmente el arzobispo de la archidiócesis.
Y todo ello tras un largo y trabajado proceso en la sombra, con muchas horas calladas de trabajo, de hermanos que han entregado su tiempo y su esfuerzo a esta noble causa: la iniciativa elaborada por la junta de gobierno hace muchos años; la solicitud formal a Palacio, justificando la antigüedad de la devoción y la veneración hacia la imagen, así como el arraigo de la misma en la comunidad; la organización de la ceremonia, con el traslado a la Colegiata del Salvador y de allí a la catedral; el Tríduo, como acto litúrgico central, y la imposición de la corona, que dará paso al inicio de los preparativos del Año Jubilar de la Redención, en 2033, segundo milenio de la muerte y resurrección de Cristo, para mayor gloria de Dios y de su Divina Madre.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





