Éramos pocos y parió la abuela. Salen a la palestra más tontos que botellines de Cruzcampo. Y tontos pa siempre, parafraseando al humorista José Mota.
Aún no nos habíamos repuesto de nuestra indignación por la absurda quema en Canadá de 5.000 inocentes cómics de Astérix y Obelix, de Tintín y del cowboy Lucky Lucke (condenados a la hoguera porque supuestamente tienen contenidos vejatorios hacia las comunidades indígenas de América), cuando surge ahora el relevo: unos petulantes profesores londinenses, que pretenden reescribir la novela de Robinson Crusoe, de modo que el relato de tan glorioso náufrago sea políticamente correcto.
Quieren exponer, a las nuevas y tiernas generaciones escolares, que Robinson no mató ni a un solo animalito, ni a uno, para sobrevivir en un islote perdido en la inmensidad oceánica. No pescó ningún pez, ni hizo trampas para aves, ni emboscó ni le pegó dos tiros de mosquete a ningún cerdo silvestre, ni le rebanó el pescuezo a ninguna foca marina.
¡Qué va! Eso de comer carne de otros seres sintientes resulta muy ordinario para el grupo sectario de Londres. Robinson era vegano y se alimentaba de algas marinas. Vegetariano y con dieta. Como suena.
En la novela original hay un capítulo bellísimo, rebosante de espiritualidad, en el que el marino, sintiéndose enfermo y sólo, encerrado en un árido e inhóspito paisaje de una cárcel sin barrotes, encomienda su existencia a su Creador.
Los progres falsarios resuelven el tema con prontitud, sin la más mínima concesión a la trascendencia, asegurándonos que Robinson afrontaba su soledad contactando con su buen karma y fumando hierbas alucinógenas en su pipa.
Y también, al parecer, cuando rescató a su sirviente Viernes de que se lo merendaran los caníbales, no lo hizo a sangre y fuego, sino con buen rollito tolerante, enseñándoles a la peña de salvajes lo equivocados que estaban de vivir en una tribu oprimida por el heteropatriarcado.
En cuanto al galeón de España que se hunde por un huracán en uno de los últimos capítulos, los penosos aprendices de intelectuales se transforman en inmisericordes inquisidores que falsean novela y realidad: se fue a pique por la avaricia de los españoles, por navegar con un peso excesivo, con las bodegas hasta las trancas de oro. Leyenda Negra que se llama.
El mundo al revés en un gilipollismo sin fronteras, globalizado y ñoño. Compitiendo, en amor y compaña, feministas proabortistas, progres de pitiminí que rinden pleitesía a la burda ideología de género – génera, animalistas que adoran a su gato pero odian al vecino. Bendecidos todos ellos por políticos sin ética, con el único afán de trincar potenciales votantes y rédito electoral.
Y uno llega a la conclusión de que lo más inteligente es reírse. O mejor, cachondearse. Elevar al ridículo semejantes dislates, remitiéndolos adonde se merecen: chistes fáciles o letrillas hilarantes de comparsas de carnaval.
Pepe Rodríguez Hervella: perrogrifon1965@gmail.com





