Los ríos se han reflejado en poemas y canciones desde hace siglos. Basta con referir el comienzo de las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique y recitar aquella estrofa de “Nuestras vidas son los ríos / que van a dar en la mar, / que es el morir:/” (siglo XV) o recordar algunas de esas canciones que marcaron una época, como “El río” de Miguel Ríos (1969), fiel exponente del pop de los sesenta, la empalagosa “Río rebelde” de Julio Iglesias (“Tiré tu pañuelo al río …” de 1972), aquel “Río manso” guaraní de Cholo Aguirre (1973) o la rastafari “Ríos de Babilonia” de Boney M (1978) por mencionar algunas de las que han hecho de los ríos un sujeto agente de la lírica. Por cierto, como verán, la memoria musical parece estancarse en determinados años de nuestra vida.
Hoy día los ríos ocupan otro lugar en nuestras conversaciones, y es un tema recurrente la preocupación que despiertan esos cauces que ya no son lo que eran y tienen difícil volver a serlo. Estamos ante un fenómeno que se repite en casi todas las latitudes. La Organización Meteorológica Mundial afirma que los daños económicos causados por las sequías han crecido en más de un 60 por ciento en lo que va de siglo, en buena parte relacionados con descensos del caudal de los ríos.
Voy a ponerles como ejemplo cinco casos (podría hacer la lista más larga, pero el artículo no da para más), en los que se pone de manifiesto esta afirmación: el Yangtsé es el río más transitado del mundo, y en sus orillas se genera el 45 por ciento de la Economía china. Por sus aguas se mueven cada año más de 3.000 millones de toneladas de mercancías. Una contracción de su tráfico fluvial sería catastrófica para la cadena de suministros global, ya que transporta productos de todo tipo hacia y desde más de cien países.
Pensar en el Misisipi trae a nuestro recuerdo las novelas de Mark Twain (“Las aventuras de Tom Sawyer”, “La vida en el Misisipi”, …) pero la segunda vía fluvial más transitada del mundo lleva años asistiendo al declive de su legendario río. Por sus aguas discurre el diez por ciento del transporte nacional de los Estados Unidos y el 92 por ciento de sus exportaciones agrícolas, con lo que podemos concluir que su colapso o ralentización es una amenaza grave para el suministro mundial de alimentos.
El Rin ha marcado durante muchos años la frontera natural entre Francia y Alemania, y es vital para las industrias textil, química, siderúrgica, automotriz y vitivinícola centroeuropeas. Gigantes como la química BASF dependen de su cauce para abastecerse de materias primas y exportar sus productos. Su navegación para cruceros fluviales y el transporte de más de 300 millones de toneladas de mercancías anuales que recorren sus aguas, se hacen cada vez más complejos.
Aún más dramático es el caso del Amazonas, en su nivel histórico más bajo, lo que pone en peligro suministros vitales, incluidos alimentos y agua potable, en numerosas poblaciones. El descenso de las precipitaciones en la estación seca, las altas temperaturas y la deforestación acelerada del “pulmón del planeta” están ocasionando un daño irreparable a corto y medio plazo.
El río Po, la gran arteria italiana, vital para el próspero norte del país, ha sufrido seis de las diez peores sequías en su historia en los últimos 24 años, con el nivel del agua tres metros por debajo de su promedio. Podría seguir con el río Colorado, el Ganges, el Níger, el Nilo, el Indo y otros, pero no quiero aburrirles.
Menos agua implica menos barcos o barcos más pequeños y de menor calado, con menor capacidad, o, en el peor de los casos, paralización de la ruta. Más barcos para el mismo transporte, más costes y precios al alza, que al final pagamos todos.
Los ríos son más que simples cuerpos de agua que cruzan paisajes. Son arterias del planeta, fuentes de vida y hábitats esenciales para innumerables especies. Su desaparición no ocurre de la noche a la mañana. Es el resultado de múltiples factores que han ido intensificándose a lo largo del tiempo: la actividad humana (la deforestación, la construcción de represas, el uso excesivo del agua), las sequías padecidas, la contaminación por desechos industriales, agrícolas y domésticos, …
¿Qué podemos hacer para protegerlos? El diagnóstico es compartido y, al parecer, el tratamiento se conoce: reducir el consumo de agua en actividades cotidianas y agrícolas, adoptando técnicas de agricultura sostenible; promover leyes que limiten la contaminación de los cursos fluviales; invertir en tecnologías de tratamiento de aguas residuales para evitar que los desechos contaminen, y, sobre todo, fomentar la educación ambiental para aumentar la conciencia sobre la conservación de los ecosistemas. Estas acciones son fundamentales para garantizar que los ríos continúen siendo una fuente de vida en el futuro, pero ¿quién le pone el cascabel al gato?
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





