El día que abandoné Ruanda (esta historia no la incluí en el libro «Ruanda, cien días de fuego»), tras cuarenta noches entre cadáveres y violencia salvaje, lo hice con mi mochila y mi sencillo saco de verano de dormir a la espalda, pero en una mano portaba un calcetín humedecido y un esqueje de una humilde planta para mí desconocida entonces pinchado en él.
Partía desde el Congo, en Goma, en el antiguo Zaire, rodeado de media docena de volcanes impresionantes, junto al Parque Nacional Virunga, desde un destartalado aeropuerto que ocupaban las tropas francesas de la Operación Turquesa. En los infinitos campos de refugiados de alrededor, una muchedumbre exhausta seguía padeciendo epidemias masivas de cólera o dengue, además de que los asesinatos continuaban a manos de la retaguardia de un ejército de genocidas que acababa de descuartizar, casi una a una, a 800.000 personas en cien días en una masacre sin precedentes en la Historia moderna.
Durante aquellas jornadas de terror y violencia dentro y fuera de los campos de refugiados, nos había proporcionado una guarida Dios. O la suerte. O el destino. O mejor: un cura carmelitano, bonachón y sonriente, de Salamanca, que llevaba allí más de 30 años y regentaba un pequeño convento. Cada noche volvíamos al refugio entre las paredes del carmelo, donde no faltaba alguna sopa con verduras y, si te quedaba hambre, había una hermosa fuente de plátanos que podías asaltar incluso en mitad de la madrugada: esos pequeños plátanos suaves y dulces como nunca he visto luego en ninguna parte…
En el patio del convento, como un claustro, rodeado de las pequeñas celdas adornadas con cartelería de monumentos de las Diputaciones de León, Zamora o Salamanca, había unos matos de plantas modestas y para nada hermosas que desprendían una fragancia intensa y extraña que asocié durante muchos años al olor del cielo. O del purgatorio. O al de los ángeles de la guarda. Ese aroma nos acompañó al regresar «a casa» cada día en mitad de la hecatombe mientras observábamos el cielo preñado de estrellas y el fragor rojo de los volcanes reflejándose en las nubes.
Cierto día, el Padre Hernández Bueno me había cedido una llamada decisiva desde su teléfono vía satélite para cerrar el acuerdo de enviar mis crónicas a Europa. Al despedirnos, le pedí una favor más al guardián carmelitano que nos había dado cobijo en mitad del infierno para arrancar un esqueje de una de aquellas desconocidas plantas olorosas que yo trataría de sacar de aquel lejano pudridero y hacerlo crecer fuera de tanto espanto, como un símbolo de esperanza.
Viajé con el esqueje en el calcetín mojado desde Goma a Nairobi y, cuando pudimos, tal vez al día siguiente, obtuvimos un vuelo a Londres y desde allí a Madrid. Mi afán era que el esqueje resistiera hasta llegar a casa.
En el aeropuerto de Madrid intenté coger un taxi, pero un chófer desganado, aturdido tal vez por el calor de julio, introdujo mis maletas en el auto y cuando fui a montar en el asiento trasero, el tipo, con muy malos modos, me espetó: «Ahora me manchará usted el taxi. Claro, como no es suyo…»
A mí, que traía la conciencia abrasada por una tragedia inimaginable, aquella aburrida y minúscula preocupación del taxista del primer mundo por un calcetín mojado que ya había logrado acomodar en una vaso de plástico me pareció un insulto desproporcionado y le hice desembarcar mi equipaje a voces y lo puse como los trapos. El tipo no entendía nada de mi ira. Yo tampoco de su inusitada preocupación y de su abstraído aburrimiento.
Apenas llegué a Sevilla, planté el esqueje lo mejor que supe y en unos días se había secado. Nunca averigüé qué planta era aquella y llegué a creer que se trataba de una especie endémica del territorio, incapaz de sobrevivir fuera de aquel diabólico lugar, o tal vez una secreta contraseña del carmelitano con el Cielo. O con el infierno.
El otro día, casi 30 años más tarde, fui a cenar con amigos a un restaurante megapijo con jardín que acababan de inaugurar en mi ciudad. A cada rato me llegaban los efluvios de un olor dulce y delicioso que me golpeaba en algún lugar oculto de mi cerebro, pero que resonaba muy profundo y cuyo poder de evocación rebotaba en alguna entraña que no lograba identificar ni relacionar exactamente, pero que me provocaba una rara, incierta y desacostumbrada inquietud.
A los postres, tras otra bofetada de fragancia insoportable, miré detrás de mí y descubrí, justo a mi espalda, un racimo enorme de aquella planta inconfundible cuyo olor no lograba sacar a flote nada de mi desmemoria. ¡Sí, era aquello! Al fin lo tenía otra vez a mi alcance, delante de mis ojos, y se me derramó por dentro una espuerta de sensaciones raras pero familiares que me hicieron creer que al salir del restaurante encontraría una calle preñada de cadáveres desparramados y de ojos invisibles observando desde la oscuridad de la noche.
Por supuesto, arranqué un esqueje de aquella generosa aparición y lo planté al llegar a casa. He vuelto a fracasar en el intento, pero esta vez mi muy querida Mariló Rivera, a la que acompañaba, había esclarecido de inmediato que se trataba de una citronella y en unos días ella misma me ha proporcionado un regalo que yo sigo dudando si es un mensaje que viene del Cielo o del infierno.
Cuando escribí la base de ese libro, «Ruanda, cien días de fuego», lo hice como parte de un experimento psicoterapéutico con el que pretendía librarme de los demonios de entonces y para tratar de reacomodar en las estanterías de mi ‘almario’ los recuerdos amontonados y polvorientos que pensé que me desestabilizaban en mi equilibrio emocional y que quizá estaban en el fondo de algunas somatizaciones preocupantes que me dejaron un rastro de lesiones de cierta gravedad.
Hoy he saldado aquella deuda de hacer que rebrotara un símbolo de esperanza en un lugar apartado de ese mundo que me habita en un recóndito rincón de la memoria más intensa, gracias al poder de evocación de un modesto geranio que, dicen, ahuyenta los mosquitos, cuando lo que lograba para mí era espantar el miedo y la aberrante realidad que descosía los cuerpos a machetazos entre las calderas sulfúricas de los volcanes, por donde una vez, hace veintisiete años, se escaparon todos los diablos.
He dicho.






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¡Qué hermosa y conmovedora narración! Espero que esta vez el geranio pegue y se te dé. La memoria olfativa suele ser ignorada por mucha gente a pesar de ser uno de nuestros referentes vitales.