Estoy convencido de que todos aquellos que amablemente se acerquen a leer estas líneas, han visto alguna vez una película más de dos veces, normalmente pasado un tiempo, y es lo que me ha pasado recientemente con “Núremberg”, solo que en esta ocasión no había transcurrido ni una semana, pero fui a verla de nuevo, encantado, por motivos familiares.
Esta experiencia me ha traído a la mente la importancia de las repeticiones a lo largo de la vida y las pocas veces que nos detenemos a valorarlas. Repetir es aprender, de hecho los ritos, sobre todo los litúrgicos, son repeticiones codificadas; la repetición genera destreza, crea confianza, favorece memorizaciones útiles. ¿Quién no ha dicho al volante en alguna ocasión “el coche va solo: se sabe el camino de memoria”?
Las repeticiones refuerzan las conexiones neuronales y fijan conocimientos que se quedan en la memoria a largo plazo. Lejos de ser un método arcaico de «memorización vacía», la repetición es considerada por la pedagogía moderna y la psicología cognitiva como un pilar fundamental para la consolidación de la memoria y la automatización de las habilidades. El enfoque ha evolucionado: ya no se busca la repetición mecánica, sino la repetición estratégica (espaciada y deliberada).
De hecho, en el ámbito educativo, la repetición cumple tres funciones críticas que permiten al alumno pasar de la teoría a la maestría: 1. Consolidación de los circuitos neuronales, pues cada vez que se repite una acción o se recupera una información, las conexiones sinápticas se fortalecen. La pedagogía sostiene que «se aprende haciendo y repitiendo». 2. Liberación de carga cognitiva: al repetir una tarea (como las tablas de multiplicar o las reglas gramaticales), esta se vuelve automática, lo cual libera espacio en la «memoria de trabajo» para que el alumno pueda enfocarse en procesos más complejos, como la resolución de problemas lógicos. 3. Sentido de auto eficacia: la práctica repetida reduce el error; cuando un estudiante nota que domina un tema gracias a la constancia, su confianza y motivación aumentan.
Pertenezco a una generación que se examinaba de todo el contenido de cada asignatura por libre en junio, a una sola carta (no había parciales eliminatorios), durante todo el bachillerato, desde los once a los dieciséis años, en un instituto que solo pisábamos esos dos días en los que nos sometían a ocho pruebas finales seguidas… y aquí estamos. Para ello habíamos de terminar cada libro a finales de marzo y darle dos repasos entre abril y mayo. Antes de llegar ahí, quien más y quien menos había escrito cincuenta veces esa palabra que estaba mal redactada, esa declinación que se atascaba o los elementos químicos con sus valencias.
Hoy vemos como jóvenes a punto de cumplir los dieciocho años caen en la ansiedad ante la EBAU (¡una “selectividad” que aprueba más del 90 %!), manifiestan que no recuerdan lo que dieron el trimestre anterior o se rebelan cuando un profesor les dice que todo lo que se ha dado se acumula para el próximo examen, se haya aprobado o no. Hermann Ebbinghaus, psicólogo experimental, fue el pionero en estudiar la memoria e introdujo el concepto de la «Curva del Olvido», demostrando que la información se pierde exponencialmente si no se repasa. Propuso que la repetición es la única forma de «resetear» el olvido y mover la información a la memoria a largo plazo. Por su parte, la ley del Ejercicio de Thorndike (conductista) afirma que cuanto más se practica una respuesta ante un estímulo, más fuerte es la conexión. La repetición, acompañada de refuerzos positivos, es la base de la formación de hábitos, y, por último Robert Bjork (psicólogo cognitivo) nos habla de la «Práctica Espaciada», argumentando que la repetición no debe ser masiva (estudiar cinco horas seguidas), sino distribuida en el tiempo, pues el olvido parcial entre repeticiones es realmente beneficioso porque obliga al cerebro a esforzarse más para recuperar el dato, lo que crea un aprendizaje mucho más duradero.
Cuando aplicamos las repeticiones de forma consciente y deliberada, realizamos tareas complejas de forma instintiva, retenemos la información fundamental, reducimos el margen de error, disminuimos el tiempo de ejecución de un trabajo, y, por último, mengua la ansiedad ante situaciones de alta presión.
Dejo para el final lo mejor de todo: cuando vemos una película, leemos un libro o visitamos un lugar que ya habíamos visto antes, descubrimos que no es el mismo, por una sencilla razón: porque nosotros tampoco somos los mismos de la primera vez. Qué sería de nuestra existencia sin las repeticiones.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





