Primero, situémonos en el contexto: año 1503. Se establece la Casa de Contratación en Sevilla, con el consiguiente monopolio del comercio americano, un año antes de que fallezca la reina Isabel la Católica. Se abre un período de economía boyante en nuestra ciudad, con el papel de mecenas de la monarquía (los Reyes Católicos, Carlos I y Felipe II), de la aristocracia de Sevilla (los Enríquez de Ribera, los Ponce de León y los Arguijo), de la Iglesia (a través del arzobispado y de miembros del Cabildo catedralicio), de la universidad, que tuvo su origen en el Colegio de Santa María de Jesús en 1505 por un canónigo de la catedral, y, finalmente, del ayuntamiento, integrado por aristócratas y caballeros veinticuatro.
“Renacimiento” es el título de la Exposición que puede visitarse en el Museo de Bellas Artes hasta el próximo doce de marzo y que no debe perderse cualquier persona con una mínima sensibilidad artística. Son 34 las obras que se nos presentan: pinturas, esculturas, piezas de orfebrería, de cerámica y algún pergamino. Se nos ofrece un selecto repertorio de obras de artistas extranjeros afincados a orillas del Guadalquivir, además de obras importadas y de artistas locales.
Acompañado en todo momento por personal experto en arte de la firma Atrium, junto a la entrada de la sala principal nos encontramos con un azulejo de Niculoso Pisano datado en 1520, que rompe con todo lo anterior al presentarnos un azulejo plano con innovadores motivos figurativos grabados tras una segunda cochura o cocción. Llama la atención que las vírgenes representadas tengan un fenotipo germánico u holandés, impregnado de una naturalidad no vista hasta entonces.
Nos atrae la Virgen del Reposo (1522), conservada en el trasaltar mayor de la catedral de Sevilla, frente a la capilla de la Virgen de los Reyes, en terracota policromada, de Michel Perrín. Para quien no lo sepa, les diré que es la patrona de las embarazadas, y durante siglos fue una imagen muy venerada.
Desde Utrera ha venido el maravilloso cuadro “San Roque y San Sebastián” (1520), de Bernardino Luini, seguidor de Leonardo da Vinci, un fresco que debemos al interés artístico de Francisco Montes de Oca, enterrado en la iglesia de Santa María de la Mesa de dicha localidad. Es curioso cómo acompañan a la Madre de Dios y a su hijo pequeño estos dos santos, que eran las dos figuras más invocadas en tiempos de pestes y pandemias.
Los pintores no daban abasto a la demanda de cuadros, y es por ello que su tamaño se hace menor: les permitía aumentar su producción y hacía más fácil su transporte. Un ejemplo lo tenemos en “La flagelación” (1520) del cordobés Alejo Fernández que viene del Museo del Prado. El autor de “La Virgen de los Navegantes” se permite una licencia que luego ha sido asumida en otras obras de arte: la de que Jesús fuera atado a una columna, hecho que no menciona ningún Evangelio. En este cuadro se pone de manifiesto algo que se repetirá después durante mucho tiempo: el feísmo didáctico, es decir, los malos son feos.
La continua llegada de metales favoreció la artesanía con los mismos, y buena prueba de ello son las mazas del ayuntamiento de Sevilla allí expuestas, estrenadas en la festividad del Corpus Christi de 1587 y elaboradas por Valderrama.
“El Calvario” del alemán Lucas Cranach (1538), autor germano más valorado después de Alberto Durero, nos habla de la conversión del centurión romano al contemplar la muerte de Jesús, exaltando el poder de la fe en un tiempo en el que se extendía la doctrina de Lutero.
Sobresale el políptico de la familia Bravo de Laguna (1543) pintado por el holandés Jan Sanders, facilitado por la Hermandad de las Siete Palabras de Sevilla, donde se representan a los patronos de la capilla (de nuevo San Sebastián y san Roque, y san Benito de Nursia) frente al cuadro de las santas Justa y Rufina (1555) del flamenco Hernando de Sturmio, procedente de la capilla de los evangelistas de la catedral, y donde podemos fijarnos en cómo el campanario de la Giralda aún no estaba concluido.
Me ha llamado la atención que haya tres obras traídas desde Marchena: la maravillosa custodia de Francisco de Alfaro, que ocupa el centro de la sala; la Anunciación de Vasco Pererira, y la escultura de san Juan Bautista decapitado, quien por cierto es invocado desde tiempo inmemorial por los que sufren dolores de cabeza…
Como pieza final, en la sala de la antigua capilla del convento, junto a los murillos y zurbaranes, se exhibe una gran obra atribuida a Alonso Vázquez: uno de los tres techos pintados más importantes de Sevilla, de comienzos del siglo XVII.
Nos despedimos de la muestra no sin antes contemplar extasiados la Santa Catalina de Alejandría de Bartolomé Esteban Murillo, obra que da para un artículo dedicado sólo a ella. Ya saben: aún tienen dos semanas para disfrutar de esta muestra. Si pueden, no se la pierdan.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






1 Comment
Gracias por la información. Haré lo posible por visitar esa exposición “Renacimiento”.
Pero que versátil y polifacético eres.
Otro buen y gran artículo.
Gracias por compartirlo.