O en este caso, mejor decir el ministerio petrino. Hay signos de esperanza de que reaparezca el sentido verdadero de las cosas.
Decía Julián Marías cuando era ya de avanzada edad, y siempre pleno de lucidez: “Ha llegado un momento en que no me fío más que de la cara de las personas”. Siendo joven, a una le parecía un poco rara y frívola esa frase, ¿cómo la cara? ¿No nos dicen continuamente que no hay que preocuparse tanto por el aspecto exterior, que no hay que ser superficiales..? ¡Ah!, los años ayudan efectivamente a comprender esa frase, a suscribirla total y plenamente. Hay fenómenos en que basta con mirar las caras. Las caras lo dicen todo.
El canal de noticias vaticano de sonido directo sin comentaristas no sólo retransmitió la misa de inauguración del Papado de León XIV, sino toda su coletilla íntegra, es decir, el saludo del Papa, ya en el interior de la basílica, él de pie junto al baldaquino, a las infinitas “autoridades” que hacían cola para ello. Difundidísima ha sido su foto con los reyes de España (ya de por sí expresiva), pero lo interesante era permanecer un rato contemplando el interminable desfile de reyes y presidentes y ministros y delegados, uno detrás de otro… y contemplar la expresión de sus caras, y la del Santo Padre a su vez. Sólo ver esas caras es una lección de Historia.
En gigantesca legión, las pomposas autoridades de todo tipo llegaban con una cara risueña, felicísima. Hermoso es el gesto humano de la sonrisa, pero esto era ya excesivo. Prácticamente todos mostraban un semblante como de jolgorio, de estar oyendo chistes. Semblantes así se esperan en una caseta de feria, o entre niños aguardando a subirse a la montaña rusa. Nadie conservaba un atisbo de solemnidad, de ceremonia, de estar ante algo trascendente (como han gastado el adjetivo “histórico”, ya nos hemos quedado sin vocablo para cuando realmente hace falta). No. Reyes, príncipes, presidentes y super autoridades de todo el planeta mostraban en sus caras la banal alegría del que espera el momento de lucirse, de contar la anecdotita más graciosa, de “qué te apuestas a que yo le caigo más simpático que nadie, yo le voy a sorprender”. (Sí, estas son impresiones personales, suenan muy osadas. Pero vean el vídeo completo. Las caras hablan).
Y uno por uno, uno por uno, el Papa estrechaba las manos, pero, con la mayor cortesía, mantenía la austeridad. No daba pie a bromitas ni anécdotas. No se le veía especialmente interesado en caerle super simpático a nadie. Cortesía, sonrisa, elegancia… y tratar a todos por igual, sin propiciar ningún alargamiento de saludo (aunque todos lo alargaron, todos quisieron destacarse). Tampoco dio el menor síntoma de cansancio ni de prisa: parece una persona dispuesta a cumplir con sus obligaciones, y si esto implica un par de horas extra de pie saludando, pues lo hace sin más.
“En igualdad de semblante”, ¡cómo resuena este verso de Jorge Manrique! Una se imagina a este Papa diciendo la misa en un poblado paupérrimo exactamente con el mismo gesto, centrado en la liturgia, ahora el Evangelio, ahora la homilía, ahora la bendición… en igualdad de semblante.
Mala noticia para el periodismo actual, claro; aún peor para las autoridades y VIPs de este mundo, cuyo número, como el de los necios en el salmo, “es infinito” (Dios mío, ¡cuántas autoridades hemos visto este fin de semana, cuántas!). Y buenísima para quien desea que regrese el sentido de las instituciones, y muchísimo más la del ministerio eclesial.
La historiadora británica Joan Haslip describe la peculiar estancia en Roma de la emperatriz de Austria Isabel, la celebérrima “Sissí”, como invitada especial en el Concilio Vaticano I, y trascribe sus cartas; con un punto de irreverencia, pues ella era menos devota que su esposo, comenta la incomodidad que le suponía hablar con el Papa, por aquello de tenerse que echar por tierra a cada momento, pues al Papa entonces se le besaba el pie… Y trascribe también la respuesta del pío emperador Francisco José, reprochándole suavemente su tono liviano después del enorme privilegio de ser recibida por el Santo Padre.
Pero sin remontarnos tan lejos, podríamos repasar las grabaciones existentes de cada llegada de Juan Pablo II a España, siempre recibido por el rey Juan Carlos, ¡cuán distinta era la actitud de aquellas autoridades de la banal de ahora! Si no hay más que fijarse en eso, en las caras. Los que se tenían por creyentes extremaban la compostura; y los progres se ausentaban y hasta se organizaban manifestaciones en contra, y se quejaban “del gasto”, ¿dónde quedan aquellos tiempos? Hoy da igual progre que no progre, creyente que no, todo es una amalgama de personajes jocundos y risueños ansiosos de eventos gigantes, de dar la nota, de adularse a unos a otros.
Pero a León XIV la adulación parece resbalarle como la lluvia sobre un buen paraguas. Parece querer centrarse en cumplir bien sus obligaciones. En su encuentro con los periodistas les ha animado a fijarse en otras noticias de la Iglesia que no sean necesariamente las del Vaticano.
Pues hagámosle caso. Olvidemos las cantinelas de alabanzas y elogios, y no hay que estar analizando obsesivamente cada uno de sus movimientos, ni menos detalles ya personales de puro cotilleo. Conste sólo esto: un atisbo de esperanza.
Nada es imposible. Puede que renazca el sentido de las instituciones y de los ministerios.





