
Miles de millones de personas en todo el mundo se disponen a contemplar, con enorme expectación, la coronación de un rey, con todos sus atributos históricos, y aun elevados a su máximo esplendor. Muchos de esos millones lo hacen con verdadera delectación, saboreando los detalles, bebiendo el ceremonial como el que bebe agua en este desierto de símbolos que es la vida actual. Casi incrédulos, verán cosas que no les sonaban desde que oyeron hablar de la Cenicienta –y muchos acaso ni conocen este cuento, ya censurado por inconveniente: carrozas de oro, mantos reales, coronas, cetros… Y no será cuento, sino verdad.
¿No habrá, en este gigantesco deleite íntimo de cada persona ante su televisor (mejor en la señal oficial, claro, con sonido directo, sin comentaristas), un gozo totalmente independiente de las ideas políticas o patrióticas de cada uno (compatible del todo con considerar al Reino Unido el gran enemigo de España, y facedor de daño, desde Drake hasta nuestros días), un mucho de nostalgia inconfesa hacia el mundo que hemos destruido?
Para un cristiano, Jesucristo es el rey del Universo. Él es el que tendría que ser coronado, con la máxima pompa el día del Corpus Christi, y en representación, su Vicario en la tierra, el Papa.
¡Ah, pero no esto no se hace! “Humildad y sencillez” es la consigna. Ridículas son las flores que adornan últimamente el Corpus Christi en Sevilla– no les queda sino poner jaramagos. Hay que ser “mú sensillo, mú humirde y sensillo”. Y el Papa desde hace decenios renunció a la tiara.
“Humilde y sencillo”. Como si no fuera el pueblo llano, y más mientras más pueblo y más llano, el que más se deleita con las joyas de una Virgen. Hoy esos fieles frustrados pueden satisfacer el inmemorial anhelo humano de contemplar testas coronadas, viendo por la tele a Carlos III; un tanto retorcido es el proceso, mejor esa pompa estaría en otra parte, pero al menos… al menos ese residuo de lo que ha sido la historia de la Humanidad puede verse al vivo en algún lugar.
Pero ahora llega lo inaudito, lo grotesco: el Papa Francisco le ha regalado al rey de Inglaterra un trozo de la Cruz de Cristo (preciosísima reliquia autentificada por el Vaticano) para que la incruste en la cruz que guiará a este rey en su procesión por la Abadía. En su “cruz de guía”; pues la coronación es una ceremonia religiosa, en la que se unge al rey, cual Samuel al rey David, como “Defensor de la fe” –anglicana, por supuesto.
Un comentario banal sería: “¡Con cuánta facilidad regala lo que no es suyo!”. Pero aún no es esto lo más grave.
De manera que el Papa renuncia a ser coronado, a ser investido con la tiara; el ceremonial del Vaticano, que otrora fue espléndido (lo sabemos, ¡ay!, por la Historia y nada más. Tuvo que acabarse justo antes de que naciéramos los del baby boom), se ha simplificado de tal manera que ya no parecen ni ceremonias, sino meras reuniones. Vale, pues, poniéndonos en el lugar de los que opinan que mientras menos belleza y esplendor, mientras más insípido, es “más puro” y mejor… pues entonces…
Entonces resulta que la esplendorosa y brillante coronación del rey anglicano sí le parece bien, hasta el punto de que desea contribuir a su magnificencia regalándole…regalándole la cruz de Cristo que se guardaba en el Vaticano (bueno, un fragmento ínfimo, fruto de las excavaciones realizadas por Santa Elena).
Hay que decir que los que han hablado en nombre del receptor de semejante dádiva, y han dado públicamente las gracias (puede verse por ejemplo en Twitter), lo han hecho de un modo que indica que a ellos mismos, dentro de su gratitud, les parece desproporcionado. Dicen: “The extraordinary gift” (recordemos que el adjetivo “extraordinary” en inglés tiene más valor expresivo que nuestro “extraordinario” que prodigamos tanto. Allí viene a significar algo realmente inusitado, sorprendente, que deja sin palabras). Vienen a decir que les abruma, que es demasiado, que ellos no pedían tanto.
Nadie se enfadará porque le hagan un regalo magnífico que no viene a cuento, pero en su fuero interno se extrañarán un poco. (Pongamos que el director del Museo de Bellas Artes le “regala” a un amigo suyo, por su aniversario, una Santa de Zurbarán del museo… Y todavía aquí, dentro del expolio, no hay connotaciones sagradas; el ejemplo puesto, aunque suene chillón y disparatado, sería menos grave).
Nadie parece haberse impresionado por este inaudito “regalo”, y esto es lo más impresionante de todo. Porque sólo caben dos interpretaciones:
-El Papa considera que él mismo, aunque sea Vicario de Cristo, no debe coronarse. Pero que sí debe hacerlo el cabeza de la Iglesia Anglicana, y tan bien le parece esto último que le regala la reliquia más sagrada que puede existir para un cristiano, para que aumente el esplendor de su coronación. Es decir, el cabeza de la Iglesia Católica no debe coronarse, pero el de la anglicana sí.
-Todo es un circo, nada tiene importancia, se ignora totalmente la Historia del Cristianismo y no quiere saberse; lo único que cuenta es estar a la moda de los tiempos: así como uno se apunta al carro del Covid y la vacuna, y de “lucha contra el cambio climático”, ahora está de moda la Coronación (sin saber ni querer saber en qué consiste), pues pongamos también de nuestra parte, hagámosle un “regalo”, el más llamativo que se nos ocurra, sin pensar tampoco en su significado.
No sé qué posibilidad es más grave.
Los pocos, poquísimos, que han comentado el hecho, se contentan con decir “Es un gesto ecuménico”, empleando esta palabra “ecuménico” como comodín, un cómodo comodín, que excusa de pensar y aun de fijarnos en lo que ven nuestros ojos.
En fin; durante unas horas olvidemos este hecho inquietante para disfrutar de un día de puro deleite, de cuento de hadas, de Historia viva, de gratificación profunda de anhelos ancestrales, milenarios y eternos. No son los reyes los que se benefician de una carroza de oro, sino el pueblo que la ve pasar.





