En la era de la hiperconectividad, cada vez más personas deciden vivir al margen de “las noticias” (por así llamar a las que nos presentan como tales), ya por puras razones de paz mental. Inevitablemente, las “noticias” nos acaban llegando, por mil conductos; pero al menos se puede intentar el no buscarlas.
La decisión de apartarse de ellas lo más posible produce casi siempre una ganancia en bienestar y hasta en lucidez. ¡Ojalá este estado pudiera mantenerse siempre!, pero no es posible, los titulares saltan, los mensajes llegan… mensajes de despropósito y de sinrazón propicios a acabar con lo que nos queda de cordura.
Desde hace más de un año, circulaba la noticia, proclamada con aire de gran virtud, de que la siempre vanguardista nación holandesa, dando pruebas de su superior sabiduría, había decidido “prohibir los teléfonos móviles en las aulas”. ¡Oh, valerosa, sabia, valiente nación!, venían a decir todos cuanto se hacían eco de esa medida señera. Claro que es una medida razonable. Pero, ¡qué curioso!, la emiten sin el menor matiz de reconocer errores. Desde principios del siglo XXI, la obsesión de todos los centros de enseñanza, a todos los niveles, era la digitalización, el “enseñarle a los alumnos el uso de nuevas tecnologías” (como si éstas no entraran solas)… Muchas personas sencillas con sentido común se admiraban de semejante monomanía. Si salía elegido un nuevo rector de Universidad, ya sabíamos cuál iba a ser su primera declaración de intenciones: “avanzar en la digitalización”; esa era siempre la inquietud principal. Y en cuanto a institutos y colegios públicos, pues alfombrarlos con ordenadores, millones de ellos, ordenadores gratis, tablets, ordenadores, mucha gratuidad, digitalización…
Ahora hay que ponerse a admirar a los holandeses, que han comprendido que es mejor dejar el móvil fuera de las aulas. (Dan ganas de decir: Y a los que ya sabíamos eso, ¿quién nos aplaude?).
Luego vemos un titular de este mes – se refiere a otro tema, pero siempre dentro del campo de la enseñanza: “El curso comienza en Andalucía con 25.000 niños menos”. La caída de la natalidad, aunque ya se advierte hasta en Bachillerato, es más patente en los primeros niveles: hay cientos o miles de plazas de “Educación Infantil” que quedan este año académico vacías. No hay niños que las ocupen.
La noticia no debía sorprender, pero siempre impacta, porque nuestro suicidio poblacional es algo que queda “feo” advertir. No es de buen gusto. Es un asunto que debemos hacer como si no lo viéramos. Así pues, vivimos de espaldas a ello, y sólo se registra en momentos puntualísimos, como este del comienzo de curso, en forma de fría cifra que a pocos hace reflexionar. Pero en fin: sobran plazas. ¡Qué ironía!, después del inmenso esfuerzo, el descomunal gasto, todo lo que se despliega en el área educativa (“Educación y Sanidad” son las grandes palabras-anzuelo para justificar el sistema confiscatorio en el que vivimos. Si un despilfarro entra en el capítulo “Educación” – ya sea el sustituir mil pupitres blancos en buen estado por otros mil de color azul-, se da por moralmente bueno), después de la reducción del número de alumnos por aula, y de la gratuidad de los libros, y de otros cientos de medidas para encarecer el sistema y justificar más impuestos… pues después de todo eso lo que falta son niños.
¡A ver qué hacen ahora!, pensamos. Pues bien: dos días más tarde llega el siguiente titular.: “La Junta impulsa la digitalización de las aulas con más de 200 millones de euros”. “El Ejecutivo de Juanma Moreno repartirá en noviembre más de 91.000 dispositivos”, y fomentará todo cuanto sea online… en fin, nos deprime seguir reproduciendo estos planes desfasados, costosísimos, y no ya inútiles sino perjudiciales.
Ante los hechos que se nos presentan ya como evidencias palmarias: primero, que se está empezando ya por fin a prohibir tantas pantallas en clase (los Países Bajos, en su “sabiduría”, siendo en esto aplaudidos e imitados en toda Europa); y ante la espeluznante noticia de nos estamos quedando sin niños (no esto dicho como frase hecha alarmista, sino que consta en cifras), pensábamos: ¿cómo reaccionarán ahora nuestros políticos? Por lo pronto (aunque esto es lo de menos, si pensamos en las consecuencias de la caída de natalidad), ya pierde fuerza la excusa de “Educación, Educación” para esquilmarnos, si estamos viendo que el dinero sobra; que se quedan plazas vacías.
Pues ni poniéndonos en lo peor habíamos imaginado esta reacción (aunque fuera por disimular, por quedar bien, hubiéramos esperado otra cosa).
La reacción ha sido no reaccionar. A seguir “impulsando la tecnología digital”, a seguir regalando miles y miles de dispositivos. Aunque los daños del exceso de pantallas esté ya demostrado y estemos dando marcha atrás; y aunque cada vez quedan menos niños en los que invertir. “El Gobierno de Moreno repartirá 91.000 dispositivos”…
En fin, habrá que reafirmarse en lo de “no enterarse de las noticias”, la paz de espíritu lo reclama. Pero es que antes de haber ni asimilado los despropósitos anteriores (¡seguir regalando ordenadores y móviles, Dios mío, a estas alturas! Los faraones nos dejaron las Pirámides, y los “malos y egoístas reyes absolutos”, según nuestra demagógica versión de la Historia, pues nos dejaron hermosos palacios en los que hoy nos podemos recrear. Pero del fantástico y gigantesco derroche de dinero de nuestras Administraciones “educativas”, ¿qué quedará? Sólo montañas hechas de toneladas de basura electrónica, de los millones de dispositivos regalados desde el año 2000)… pues vemos al día siguiente, sin querer, este titular: “Moreno alerta de su Gobierno está al límite para financiar servicios públicos”.
¿Está al límite? ¿Pues por qué sigue regalando pantallitas? ¿Y a niños que no existen?





