
En este mes de octubre se ha celebrado el pasado día 15 la fiesta de Santa Teresa de Jesús (mal llamada “Santa Teresa de Avila”, ¡hasta en estos temas sufrimos el servilismo de la imitación del inglés!; después de seis siglos de llamarla por su nombre, el que ella misma se eligió, ahora hay que considerar que la versión inglesa es “mejor”…).
Aunque la Historia que se enseña desde los años 70 y 80 es paupérrima y sesgadísima; y la catequesis desde entonces en general ha sido vaga y difusa, una especie de conglomerado de eslóganes buenistas… pues aún así, la figura de Santa Teresa de Jesús sí consiguió estar presente. Formaba parte de la cultura general, por escuálida que esta fuese, el saber que Santa Teresa “reformó la orden carmelita”, y es más, que indujo a San Juan de la Cruz a que hiciera lo mismo en su rama masculina.
“Reformó la Orden”… ¿qué nos imaginaríamos que quería eso decir? Porque en el siglo XX, y muchísimo más en el XXI, cada vez que se habla de reforma de una institución, notablemente si es educativa, se refieren a mejoras materiales, nuevas edificaciones, buena calefacción, digitalización de documentos (de esto ya no se habla pues está hecho, pero fue el constante leit motiv de todo director de colegio y rector de Universidad durante décadas – “Hay que digitalizar, digitalizar…”).
Es decir: a los oídos de quien oyera esta afirmación escueta “reformó la orden carmelita”, especialmente a un oído más bien indiferente… ¿no sonaría como que llegaron camiones de reforma, ventanales nuevos, comedores más higiénicos, dormitorios mejor ventilados…?
La sorpresa era enterarse de que la “reforma” consistió en todo lo contrario. La Santa consiguió que las monjas vistieran peor, se alimentaran peor, fueran descalzas o en alpargatas y no recibieran visitas. Para la mentalidad contemporánea, esto tendría que haber sido más bien un retroceso.
Obviamente, nada tiene sentido si no se alude a la fe, al sentido de la oración y de mantener viva una llama (incluso muchísimo antes del cristianismo se sentía la necesidad de estas cosas. Ahí está en Roma “la casa de las Vestales” que mantenían el fuego sagrado). Pero como desde el siglo XX de esto no se habla (y de cómo el exceso de comodidades anula la viveza de la llama), pues… si muchos fueran honrados, admitirían que no pueden comprender la “reforma carmelitana”, ni menos cómo ésta pudo tener tanta trascendencia para la sociedad en general.
La incomprensión sería aún mayor al referirnos a la acción de Isabel la Católica junto con el Cardenal Cisneros. Al parecer, el restablecimiento del orden, la elevación del nivel de la sociedad…todo empezaba por hacer “que los religiosos se reformaran”, es decir, desde el punto de vista del siglo XXI, pues que se alimentaran peor y durmieran peor y estuvieran más tiempo encerrados rezando y sin recibir visitas. Y, comenzando por estas medidas, empezó la España moderna.
No explicaremos aquí en dos líneas cómo funciona este proceso (hay cosas que no se pueden explicar para el que no las ve). Tan sólo resaltar el contraste con lo que vivimos, ahora y desde hace décadas.
Jamás se habla de ninguna reforma en “educación” (¡ese tema tan omnipresente, tan agotador!) que no sea para referirse a una mejora material; a algo que aumente el confort, las facilidades, la comodidad. Pensemos en la evolución de los colegios e institutos desde los años noventa, las toneladas de discusiones y protestas y reformas y más reformas. ¿Las reformas? Atiborrar a los alumnos de ordenadores, luego atiborrarlos de teléfonos móviles; el tema de las mochilas, inundarlos de ellas (no teníamos mochilas en el siglo pasado y no las echábamos de menos), luego, pensando en sus espaldas, proveerlos de carritos; y una “plataforma” y una “aplicación”… Todo avances materiales, corpóreos o de facilidad tecnológica, o de gratuidad de libros o de gratuidad de comedores. Nunca se oye una propuesta tipo “pues se debe memorizar esto” “pues a tal edad debían ser capaces de resolver tal o cual problema”. No; todas las propuestas se refieren a facilidades accesorias.
Vale que la enseñanza pública no persigue los mismos objetivos de un convento de monjas. Pero presumiblemente una institución de enseñanza promueve un crecimiento, una “mejoría” de la persona a través del esfuerzo. Que la palabra “reforma” signifique algo tan diametralmente opuesto en un caso o en otro (en uno, resistirse a los peligros de la comodidad excesiva; en otro, aumentar incansable y obsesivamente esa comodidad)… resulta muy extraño.
Por lo pronto, en los Países Bajos parece que han tomado una medida, en el ámbito educativo, que puede considerarse en la línea de lo que entendían por “reforma” Santa Teresa de Jesús o el Cardenal Cisneros: han prohibido el teléfono móvil en las aulas.
A lo que hemos tenido que llegar para comprender que sí, que a veces la disminución de la comodidad es un progreso. La verdadera reforma humana empieza por eliminar los estorbos al esfuerzo.





