
Fotografía de «Colita» (Isabel Steve Hernández), Premio a la comunicación no sexista de la Asociación de Mujeres Periodistas (2009) y Premio Nacional de Fotografía.
«Atácale en cuanto puedas. Cada uno nace con los polvos contados. Polvo que no se echa, polvo que se pierde», relataba Juancho Armas Marcelo que le respondió en cierta ocasión Gabriel García Márquez cuando le narró que ese mismo día había tratado de seducir a una joven que no le rechazó del todo. Estábamos en los años 60 y 70, en mitad de un páramo cultural opresivo, según narra el desmemoriado zurdismo de nuestros días.
Debió ser tan insoportable la vida en aquellos años en España que toda la ‘gauche divine’ del boom literario latinoamericano había decidido apelotonarse bajo la dictadura franquista por el mero gusto de oprimirse en aquella Barcelona de antes, durante y después de las farras en Bocaccio, desde el muy castrista García Márquez (Colombia) a Vargas Llosa (Perú), por entonces un jovenzuelo de ideas revolucionarias; desde Carlos Fuentes (México) a Julio Cortázar (Argentina) y Jorge Edwards (Chile), que llegó a formar en la Administración de Salvador Allende; y todo ello rodeado de los muy progres editores Carlos Barral, Jorge Herralde, Jacobo Muchnik, los Goytisolo y una infinidad de muchos otros autores y activistas lanzados a «la dolce vita» en medio de aquel océano, vacío de intenciones culturales por culpa del galopante fascio. ¡Qué cosas y cuánto sacrificio, los pobres!
Rememora García Márquez la excursión una noche de buena parte de esa hornada a cierto restaurante con motivo de la visita de Julio Cortázar desde París, acompañados de esposas y ocasionales. En ese local de la Cataluña profunda era costumbre que los comensales anotasen en una libreta la comanda y luego un camarero recogía la orden de cocina. Pasado un largo rato de animada conversación entre los presentes sin anotar nada en la libreta, uno de los camareros requirió al jefe para que les conminase a realizar su pedido. El bodeguero, un paisano de la etnia de los acendrados y célebres comerciantes de Cataluña marcado esta vez por el don de la inoportunidad, se dirigió a la mesa, interrumpió la diletante charla de lo más granado de la Literatura del momento y, con cajas destempladas, le espetó a los allí reunidos: «¿Es que no hay aquí nadie que sepa escribir o qué pasa?». Las carcajadas de asombro y la rechifla general quedaron registradas en los anales.
No es menos célebre la foto que acompaña a estas líneas, en la que puede verse al editor Jorge Herralde, creador de la legendaria Editorial Anagrama, rodeado de dos de sus secretarias con minifalda y el culo en pompa, cual domador de circo atemperando a sus mansas criaturas. Lo más curioso es que la autora de esta foto no es otra que la célebre «Colita» (Isabel Steve Hernández), feminista de la primera hora y antifranquista de devoción y oficio.
Irónica, o más bien sarcásticamente, «Colita», cuya primera exposición patrocinaron la discoteca Bocaccio y el empresario y promotor Oriol Regàs, hermano a su vez de la escritora Rosa Regàs, recibió la Cruz de Sant Jordi de la Generalitat en 2004, pero, sobre todo es Premio a la comunicación no sexista de la Asociación de Mujeres Periodistas (2009) y Premio Nacional de Fotografía, distinción del Gobierno de Mariano Rajoy que se negó a recoger en protesta por la situación de la Cultura y la Educación en España. Tiempos de sorayismo incansable, ¿recuerdan?
No pretendo con esto hacer recaer sobre esta artista de la fotografía toda la hipocresía y el cinismo que acumula la izquierda, ni tampoco en exclusiva sobre ninguno de aquellos representantes del boom literario del realismo mágico, pero sí me gustaría prorratearlo de algún modo entre todo ese supremacismo obtuso, que es de la misma fundada desnudez moral que envuelve al izquierdismo patrio a lo largo del tiempo, tanto si hablan de compromisos morales como si se refieren al precio de la electricidad o a su cínica indignación mediante la impostura cuando se mencionan la desmemoria histórica o los derechos humanos, que son también de las mujeres, aunque a ese bodoque que responde al nombre de Irene Montero le parezca que lo del islamismo y la sharia es sólo cuestión de grado.
En defensa de aquella foto, «Colita» alegó un buen día que «entonces se llevaba la minifalda, y reivindicábamos que las tías estábamos muy buenas y hacíamos lo que queríamos», así que ya ve, resulta que el paso del tiempo sí es importante y no vale juzgar el pasado con los ojos del presente, porque entonces a Irene Montero le sale una foto sincrónica en la que un tipo prehistórico que abandonaba el hogar para cazar mamuts es el vivo retrato de un hombre de nuestros día y a todos nos hilvana el pasado como una sustancia pegajosa que no permite los matices, de modo que entre los talibán y Pepito Piscinas sólo hay una diferencia de grado y todos merecen ser capados o deconstruidos en su masculinidad desde la infancia.
La atrofia moral de esta izquierda, pretendidamente posmoderna cuando es sólo naif y preadolescente, creo que carece de unos antecedentes tan exasperantes como los que representan la ministra Montero, la vicepresidenta Yolichari Díaz o los subministros Alberto Garzón y Manuel Castells.
Mientras todo esto ocurre, se aproxima el momentazo del reparto del dinero de Europa justo cuando el Gobierno decide desmontar las unidades de control de gasto de la SEPI y cuando vuelven a la carga con la renovación del CGPJ. Luego nadie diga que no se podía saber que los sarracenos y los talibán estaban ya a las puertas de Constantinopla.
He dicho.





