Ni es este el sitio ni es mi inclinación comentar hechos que pertenecen al ámbito de la llamada “prensa del corazón”.
Comentaré OTRO hecho, un fenómeno en el que sí merece la pena detenerse, por lo que tiene de barómetro de hacia dónde va nuestra sociedad. Es el siguiente: el aluvión de críticas feroces, la bocanada de hostilidad, no digo ya en redes sociales, no en publicaciones frívolas, sino en periódicos “serios”, en páginas de información general, y rezumando un desprecio cargado de amargura hacia… ¿hacia quién? ¿Hacia un hombre conocido que ha abandonado a su esposa y se ha ido con una mucho más joven? Claro que no, si eso sucede todos los días, y nadie pestañea (ni que viviéramos en la época victoriana, que eso resultaba un escándalo). Es que… es que el protagonista resulta que se manifiesta como inequívocamente enamorado. Eso es lo que provoca esta reacción de violenta hostilidad.
Antonio Banderas (por citar uno entre mil, diez mil, cien mil…) dejó a su esposa por otra mujer veinticinco años más joven. No despertó el menor comentario. El propio interesado no cambió ni de expresión, ni dijo nada de haberse enamorado ni nada por el estilo. La nueva mujer tampoco presentaba nada de particular, salvo ser veinticinco años más fresca que la ya algo ajada Melanie (“la quiero mucho pero no ya no funcionamos como pareja, y todos somos tan amigos y no pasa nada”, explicó tan tranquilo su ex marido en la tele, y los millones de españoles – que hoy manifiestan una extraña vena moralista- lo vieron como la cosa más natural). Es decir: si damos por sentado que las normas las dictan la biología y el cinismo, pues todos contentos.
Pero Enrique Ponce, ¡está enamorado! ¡Le dice frases cursis! ¡Hace el ridículo! Horror. Con verdadera inquina, no con la frivolidad de quien comenta temas banales para reírse un poco, sino con una especie de curioso rencor, se multiplican las críticas, los ataques, el tono acusatorio: “Es que hace el ridículo, el ridículo”. Bueno. Pues tal vez eso no sea tan malo. Jane Austen, que de amor algo entendía, declaró en su gran clásico “Orgullo y Prejuicio” que la señal más clara de amor verdadero es que al amante no le importe hacer el ridículo.
Con saña, y tras hurgar en sus redes sociales, el público español, de repente convertido en adalid de la moral conyugal, se ha llevado las manos a la cabeza de ver cómo este hombre (“¡Casado, está aún casado! ¡Qué horror!, ¿Dónde se ha visto?”) le dice a su amada: “Te quiero más que a mi vida”. Esta frase ha sido ásperamente criticada en columnas de opinión de periódicos “serios”, entre noticias del Covid y de la economía.
Sabiendo que los demás se van a reír, este hombre ha sido capaz de escribirle a una chica: “Te quiero más que a mi vida”. Bueno: con eso está demostrando de manera fehaciente que la quiere más que a su prestigio, más que a su reputación. Con lo cual… la moral será una cosa (que no sabíamos que le importaba tanto a los españoles del siglo XXI); pero lo que indica es un sentimiento tan real y sólido como una pirámide de Egipto. Uno puede despreciar a las pirámides, pero no decir que no existen.
De toda la vida, el ridículo que hacen los enamorados siempre ha despertado en los demás una sonrisa, cariñosa o irónica según el caso. Pero ahora es distinto. Las “cursilerías” de Ponce provocan una agresividad, una irritación digna de análisis. En la entrevista de contraportada de un periódico de tirada nacional, un reconocido autor español (llamado Juan Eslava Galán) declaraba, despectivo, (tras diagnosticar que Ponce lo que tenía era la crisis de los cuarenta, y que ya se arrepentiría), que “el amor es un invento de la literatura”.
¡Un “invento de la literatura”! No es la primera vez que oímos este sinsentido, por supuesto. De tan absurdo, no se sabe ni cómo desmontarlo. “Invento de la literatura”. Sí, pero, ¿quién ha inventado la literatura?
Es como decir: “¡Bah, las catedrales no son más que un invento del arte gótico!” o “Total, las pirámides son un invento del faraón Keops”. Como si por eso su existencia fuera menos real.
Alguien podrá decirme: “¿Pero cómo defiendes a Ponce?”. No se trata de eso, claro. Pero el enfrentamiento no es entre un bando de defensores de la moral y la fidelidad conyugal (milagro será que de convicción haya alguno) y otro de libertinos. Más bien entre nihilistas y cínicos totales por un lado; y por otro, los que defienden las catedrales y las pirámides, la idea de eternidad, siempre unida a la del amor, la Divina Comedia y las coplas de Jorge Manrique. Al concepto de matrimonio le hacen más daño los primeros que los segundos, aunque estos últimos también eventualmente rompan el suyo, por la misma intensidad (que los primeros niegan) del drama de la vida.
Y podíamos continuar…





