En Sevilla ya no solo hay palomas de plantilla en su parque al amor del arvejón. Hay una ocupación. Una invasión en toda regla por toda la urbe. Lo de las tropas napoleónicas fue una excursión de fin de curso comparado con el dominio plumífero que padecemos hoy. Usted sale por la mañana de su casa, cruza la Plaza Nueva, atraviesa Sierpes o se asoma a San Francisco y todo parece el parque de María Luisa en hora punta, pero con alas, cagarrutas y arrullos de ultratumba.
Porque la paloma sevillana no arrulla. La paloma sevillana conspira. Ese “ruuuu-ruuuu” que se escucha al alba no es canto de ave sino junta directiva de comunidad de vecinos «okupas». Uno abre la ventana esperando oír una campana lejana o el murmullo sordo del azahar y se encuentra a veinte palomas obesas, color cenicero viejo, mirándolo con el mismo desprecio burocrático que una funcionaria de ventanilla un viernes a las dos menos cuarto.
Y qué suciedad, Virgen del Amparo. La paloma sevillana tiene una puntería que ya la quisiera un artillero de batería costera. No falla. Usted puede tener cien metros cuadrados de terraza recién fregada, una silla apartada, dos macetas supervivientes del levante y un mantel limpio. Pues bien: la paloma acertará exactamente en el centro geométrico del único cojín blanco del Ikea. Es matemática pura. Euclides con alas.
En las plazas forman auténticos parlamentos autonómicos. Gordas, satisfechas, caminando con ese pecho hinchado de emprendedor nuevo rico de polígono industrial. Y encima protegidas. Hoy cualquier vecino que ose espantar una paloma corre el riesgo de acabar señalado como enemigo de la biodiversidad mediterránea, poco menos que un criminal en serie ecológico. Falta que les den subvenciones, carnet de familia numerosa y una asesoría en el Ayuntamiento.
Ése batir de alas en los tejados a las seis de la mañana… Uno cree por un instante que vuelve la aviación italiana sobre la ciudad. Pero no: son ellas, aterrizando sobre los calientes tejados, organizando el cambio de turno. Las palomas no descansan. Son tan pelmazos como los tertulianos de televisión: siempre están ahí, gordas, grises y opinando sin que nadie las haya invitado.
Y, sin embargo, Sevilla las soporta con esa resignación barroca y antigua con la que soporta el calor, las obras eternas y los turistas en coche de caballos o en chanclas. Porque aquí todo se aguanta mientras haya sombra, una cerveza fría y alguien dispuesto a decir: “Peor estaban las cosas con Monteseirín”.





