En algún momento de nuestra existencia todos nos hemos hecho esas preguntas filosóficas que no tienen respuesta fácil y que hacen que nos detengamos en nuestro habitual trasiego diario: ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Existe Dios? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Quiénes somos?…
Con respecto a esta última pregunta, siempre me ha llamado la atención que en español distingamos entre ser (permanente) y estar (transitorio), mientras que en inglés (to be), en francés (être), en alemán (sei) o en italiano (essere) se designan con el mismo verbo ambos infinitivos: ¿cómo decir en esas lenguas ni están todos los que son, ni son todos los que están? Espero que me perdonen la digresión, pero quería trasladarles una breve reflexión sobre quién no soy, o llevado a un plano general, quiénes no somos.
De pequeños, ya se nos identificaba con los que jugaban bien o con quienes no eran muy diestros, y las victorias o derrotas cosechadas afectaban a nuestro ego, porque la mayoría de las relaciones sociales ya se basaban en los éxitos. El tiempo nos ha hecho ver que pronto dejamos de ser ese chaval que todos se rifaban para jugar con él, ni ese otro que era el último en ser elegido para la formación del equipo.
Conforme íbamos creciendo, todos nos preguntaban por nuestras notas. Las calificaciones estudiantiles delimitaban un campo en el que a un lado estaban los que no sobresalían ni destacaban, los repetidores, esos que a duras penas pasaban de curso, y en el otro habitaban los estudiosos, que cubrían su expediente con magníficas puntuaciones que les hacían figurar en el cuadro de honor o de excelencia, y que llenaban de orgullo a sus progenitores, y así hasta llegar a la EBAU, la selectividad de ahora, en la que al aprobar parece que se alcanza el cielo cuando lo que se ha tocado es el suelo. Una vez terminada esa etapa, pudimos apreciar que no somos nuestro expediente académico. Muchos estudiantes brillantes no han pasado de un puesto laboral sin grandes responsabilidades, y otros, que no sobresalían, han llegado a ocupar puestos ejecutivos.
La competitividad reinante nos impulsa a alcanzar las metas más elevadas, hasta lograr cargos importantes en las empresas, niveles altos como funcionarios, tratamientos distinguidos, grandes despachos, numerosas personas a nuestro cargo, y acabarnos creyendo que somos los puestos que hemos conseguido, pero no es así. Abandonas tu posición y el teléfono deja de sonar, te ven como un jubilado que ya no tiene influencia, o un extraño cuando pasan unos años y ya no están quienes eran tus antiguos colaboradores.
Tampoco somos lo que hacemos. Nos volcamos en el trabajo, llenamos el día de ocupaciones, nos parece que mejor que nosotros no lo va a hacer nadie (si es que alguien lo hace), que sin nuestro trabajo la empresa no va a continuar, los clientes no van a ser atendidos, el proyecto no estará bien terminado… y con el transcurso de los días verificas que el cementerio está lleno de pobres hombres y mujeres que se creyeron “imprescindibles”. Como cantaba Romero San Juan, Pasa la vida, pasa la gloria / nos ciega la soberbia / … y ves que de tus obras / ya no queda ni la memoria.
Tanto tienes, tanto vales, dice un viejo refrán español: ¿de verdad? No somos nuestras pertenencias, por mucho que acumulemos: desnudo venimos al mundo y desnudo nos iremos de él, se puede leer en el libro de Job. Como dice el Papa Francisco, nunca veremos un camión de mudanza detrás de un coche fúnebre. ¿Qué harán tus herederos con esa biblioteca que con tanto trabajo fuiste creando? ¿Dónde terminarán esas figuritas de porcelana o de cristal que te acompañaron en todas tus mudanzas?… Mejor no saberlo.
Vivimos en una era en la que la imagen lo es todo para muchas personas: la cirugía estética pasa por momentos en los que la oferta no puede atender tanta demanda, en que los pacientes se endeudan para mejorar el perfil de su nariz, se viaja a Turquía para eliminar la calvicie, preocupa la caída de los glúteos o ese cuello que se vuelve pellejoso a partir de cierta edad… Las redes sociales se llenan de rostros felices con el fondo de paisajes y monumentos, en los armarios ya no cabe más ropa, menudo negocio el de los gimnasios, nunca ha habido más peluquerías que ahora… La imagen es un reflejo, pero, como todos sabemos, no es la esencia de la persona, y por ende, no somos nuestra imagen.
Así podríamos seguir, para volver a la pregunta original ¿Quiénes somos? El ambiente cuaresmal me trae a la memoria aquella frase del Génesis Polvo eres y en polvo te convertirás, pero una visión trascendente me lleva a creer que la película no termina ahí, que somos mucho más que todo lo antes dicho y que sólo al final de los tiempos sabremos realmente quiénes somos.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com






2 Comments
Para aportar al «Quienes no somos» que nos presenta Alberto Tobaja, recuerdo una enseñanza materna como trascendente consuelo: «Se está muriendo y se está aprendiendo».
Saludo cordialmente al autor y felicito sus inquietudes.
Me encantado este artículo; quizá sea por hallarme entre los que hace muy poco tiempo ocupaba un puesto de responsabilidad y que actualmente me encuentro entre los beneficiados de una agradable jubilación; y digo agradable porque me he limitado a cambiar los roles de la vida. Reconozco que me encuentro muy a gusto en mi situación actual; tal vez sea porque he sido capaz de cerrar una etapa de mi vida.
Actualmente, una vez jubilado de mis deberes profesionales, he potenciado otras facetas de las que antes no podía disfrutar. Espero que Dios me siga dando razones para seguir viviendo moderadamente feliz y esperanzado en cada nuevo día.