Encontrarse de repente un día con que uno piensa lo contrario de todas las personas a quienes estima y cuya opinión generalmente aprecia e incluso admira, resulta una experiencia inquietante.
Y no es tan frecuente. Estamos habituados a oír expresiones como “Este siempre va contra corriente”, “Yo soy políticamente incorrecto”, pero la misma frecuencia con que oímos tales cosas en realidad las desmiente. Lo convencional hoy día es decir que uno no es convencional; nadie admitirá ser “políticamente correcto”, y, si muchas personas presumen de “ir contra corriente”, pues a lo sumo significará que forman parte de un grupo que va contra el discurso oficial, pero en el que a su vez también hay otras personas.
Que un ser humano se halle solo del todo en su opinión, ¿qué quiere decir? Porque sería megalómano y grotesco que alguien pensara: “Soy muchísimo más inteligente que el resto de la humanidad en bloque”. Deducir eso indicaría incluso un cierto desequilibrio mental. Una persona normal y sin pretensiones que se vea en esas circunstancias pensará: “¿Soy el más listo del mundo? No creo. Entonces será que estoy loco…”
Pues algunos tendremos que ir pidiendo hora en el loquero…
Resulta que de una emisora a otra, y de uno a otro medio, ahora ni se discute la bondad de mandar armas a Ucrania. Su conveniencia y necesidad se dan por obvias. Y los únicos que se manifiestan en contra son… ¡los de Podemos!
En el famoso relato kafkiano un hombre se despierta un día convertido en escarabajo. Entonces, ¿me he transformado en podemita?
Ah, no. No es así. Los de Podemos se oponen al envío de armas, sí, pero por la simple razón de que al empleo de armas contraponen su constante mantra de “Hay que negociar, hay que negociar…”, entendiendo por “negociar” una especie de varita mágica que suprime el efecto de tiros y bombas, y a la que no recurrimos porque no nos da la gana. No, no puedo considerarme podemita.
Entonces, recapitulemos. Resulta que la enorme potencia rusa, la que antaño formó el bloque rival de Estados Unidos, y conserva aún gigantesco tamaño, armamento y poder, invade un pequeño país casi indefenso. Esto es en lo que todos parecen estar de acuerdo. Sí, hay algunos que dan otra versión (que Rusia no hace sino defender minorías rusas del este de Ucrania, muy maltratadas por el presidente de dicho país, especialmente desde 2014), pero como esta narrativa, muy censurada, queda fuera del discurso oficial, dejémosla de lado de momento. Contamos con que Rusia ha invadido Ucrania, con soldados y tanques, al estilo de las guerras de expansión tradicionales.
Estamos por cierto tan habituados, en este milenio, a las nuevas formas de guerra y de invasión, y a los nuevos tipos de armas, que el advenimiento de una guerra convencional es casi novedoso.
Podríamos sospechar que muchos políticos, comunicadores, analistas, etc, experimentan cierto “alivio”; no que “se alegren” de este conflicto, pero sí de que sea de estilo tradicional. Los conflictos del mundo actual son complejísimos, las guerras económicas, los intereses, las inversiones, los flujos migratorios… ¿Quién gana, quién pierde, quién provoca, quién sale ganando…? Es inabarcable; una confiesa su ignorancia, pero intuye que mientras más datos tenga, comprenderá aún menos… Tantos factores, tantísimas cosas entremezcladas. Entonces de repente, el advenimiento de un conflicto tan nítido y diáfano, con los roles tan definidos –uno, agresor, otro víctima; uno, grande, otro pequeño- despierta… no queremos decir “entusiasmo”, sería inmoral, pero no se sabe qué otro sustantivo emplear, a la vista del Bundestag estallando en aplausos, del Parlamento europeo enfervorecido mientras se aprueban las ayudas a Ucrania. Son escenas que nos recuerdan a las películas – los parlamentarios actuales más ocupados en mirar con sigilo sus teléfonos móviles que en otra cosa.
“¡Hay que mandar armas a Ucrania, mandar armas a Ucrania!”. Este grito, ¿procede realmente de la Europa de 2022? ¿De esta Europa pacifista y buenista, preocupada por el “sufrimiento” de los mariscos al ser cocidos, que legisla hasta quién plancha la ropa en cada hogar y olvidada del concepto de fronteras? Increíblemente, sí.
¿Será el efecto inevitable, después de tantos decenios de blandenguería, de enfrentarse a una situación bélica que, de puro tradicional, pilla totalmente de nuevas? (aceptando todo el tiempo, como digo, la versión oficial de los hechos: Rusia invade Ucrania). En los políticos, esta puede ser la explicación; pero, ¿y entre analistas, comentaristas que teníamos por cultos e inteligentes? Porque ninguno se sale del guión.
Veamos. El gigante ruso ataca a la modesta, para ellos pequeñísima Ucrania. Recordemos que Rusia es una gran potencia militar y nuclear. Los ucranianos, se nos dice, van a defenderse valientemente, pero obviamente llevan las de perder.
Solución: ¿dar armas a Ucrania? ¿Eso?
Sí, dicen los analistas: “No iremos a quedarnos sentados viendo como Rusia se traga a un país”. ¡Vaya!, antes de abrir la boca ya nos están llamando malvados… a los que nos hemos quedado mudos de horror ante la idea de “mandar armas a Ucrania”.
¡Mandarle armas a Ucrania, para que no se deje pisotear por el gigante ruso! Pero, ¿cuántas? Tendrán que ser las mismas que tiene el invasor. Es decir: arsenales inconmensurablemente gigantes. Entonces, ¿cuánto puede durar esa guerra? Y si queremos que gane Ucrania, habrá que abastecerla, no de la misma cantidad de armas que posee el gigante europeo-asiático, sino de más.
Pero, ¿alguien ha estudiado en un libro básico cómo se originan las guerras, alguien recuerda cuando le explicaron lo de “la escalada de la violencia”…?
(A todo esto, la invasión no convencional de nuestro territorio continúa como siempre; hoy, quinientos nuevos asaltantes en Melilla, “especialmente violentos”, a los que cariñosamente hemos llevado de inmediato al centro de acogida, y atendido en hospitales. No podemos defendernos, porque eso está pasado de moda).
Pero, ¡a mandar armas a Ucrania! ¿Cuántas?
¿Sabemos a lo que eso nos lleva? ¿Se ha detenido alguien a pensar cinco minutos?





