La pregunta no es tanto quién las fabrica (podemos suponer que “está hecho en China”, como casi todo); la pregunta que acaba haciéndose hasta el más ingenuo de los mortales, al ver una y otra vez lo mismo, es, ¿a quién le han dado la concesión de estas cosas? ¿Cómo es posible este monopolio, y con dinero público?
Empezaron estos parquecitos infantiles en zonas donde podía acaso parecer apropiado – como la plaza de la Concordia, vulgo la Gavidia; un espacio recogido, casi cerrado por un muro de vegetación, donde ya antes había muchos niños… en fin, se pusieron estas instalaciones multicolor de tobogán, etc, para niños menores de ocho años.
Luego fueron multiplicándose, irrumpiendo de manera chirriante en espacios hermosísimos y serenos de este casco antiguo. Uno de los ejemplos más chocantes, el de la plaza de San Juan de la Palma – aquel entorno sobrio, hermoso, como austero dentro de su gran belleza urbana. De repente irrumpen esas instalaciones chillonas, de plástico duro de brillantes colores – un golpe visual que arruina el resto (es como lo que sucede con los grafitti: sin querer atrapan toda las miradas. Lo que rompe la armonía destaca, domina, se “come” a lo hermoso). ¿Sería temporal?, llegamos a pensar, agarrándonos a una esperanza remota… No: fue para siempre. Y la misma instalación (la misma) en la Alfalfa. Y en la Alameda. Y aquí. Y allá. Y en esta otra parte, y en aquella plaza y esa placita, y en otra y esotra…
“Es para que los niños jueguen”. Ante ese chantaje emocional -¿quién puede oponerse a eso? (En esta época de idolatría hacia los niños -eso sí, los nacidos y los “mú deseados”, si no, no- cualquier gasto público y atentado urbano que sea “para los niños” queda justificado de manera automática). Qué lejos quedan las máximas morales de otros tiempos, por ejemplo, “el fin no justifica los medios”…
Las circunstancias nos llevan de un barrio a otro; a veces, a alguno que nos queda lejano, poco familiar… Inmediatamente vemos los mismos colorines, el mismo diseño. Pero es que vamos a otras ciudades, y lo mismo.
Y un día nos adentramos en algún pueblo de la sierra que ni conocíamos… y aparte de la obsesión didáctico explicativa (en un pequeño paseo desierto leemos, en letras vistosas que huelen a dispendio municipal, también enmarcadas en plástico rojo chillón: “Este paseo es idóneo para familias y para turistas”, ¡albricias!), pues junto a eso, aquí en el centro de la única placita del ignoto pueblo…¿adivinan? ¡Lo mismo otra vez! ¡El mismo “parque infantil”, no uno cualquiera, sino otra reproducción -¿cuántas se habrán sacado de ese molde?- de esa instalación de tobogán, no se sabe qué, y plástico rojo, enjaulada por esas mismas tablas de colorines inconfundibles! La sierra, el castillo, la iglesia, el cielo mismo pasa a segundo plano ante la prepotencia rompedora del “parque infantil”.
Hemos perdido el sentido de la armonía, la estética no nos importa, lo aceptamos todo. La ideología manda y no deja ver (“Es para los niños, ¿cómo vas a estar en contra?”). No contamos con hallar mucha empatía al clamar contra estas instalaciones multipresentes.
Pero ya que el aspecto económico es lo único que parece doler… pues pensemos en lo económico. ¿Quién ha diseñado esta instalación? ¿Por qué a ese diseñador en concreto le han comprado todos los Ayuntamientos la idea? ¿Dónde queda la libre competencia? ¿Una sola persona o marca decide la estética de nuestra ciudad, provincia, región y país? ¿Quién le ha dado la concesión?
No son escándalos que alguien nos haya contado. Lo vemos con nuestros ojos – con estos inmisericordes óculos. Estos son los testimonios que no engañan, los que no tienen vuelta de hoja. No nos lo cuentan: lo vemos.
En una semana que empezó funesta para los que aman a España, no será una excursión por pueblos “inocentes” la que nos serene el ánimo. Aunque no queramos pensar en ello, la corrupción se exhibe, chillona y orgullosa, hasta en los rincones que creíamos permanecían, por hallarse más cerca del aire y de las piedras, un poco más puros…





