Parece una pregunta fácil. Baladí. Podría decirse, incluso, que es una pregunta tonta. A los hijos, cuando son menores, los defienden sus padres. A los hermanos menores, sus hermanos mayores. A los amigos más débiles, los amigos más grandes y fuertes. A los inocentes, los defiende la justicia. A los equivocados, la razón. A la vida, a la igualdad, a la propiedad, a la libertad, las defienden la ley, y la costumbre, y los principios generales del derecho. Y a la ley la defiende la Constitución. Y a todo el derecho positivo —escrito— lo defienden los poderes del Estado y, fundamentalmente, el poder judicial.
En este punto volvemos a la pregunta inicial, porque un Estado está compuesto por un territorio (la tierra siempre estaba cuando llegó el hombre), una población y una organización administrativa, es decir, la maquinaria del Estado y las Instituciones del Estado, que son las que hacen que este funcione, y que la población de ese territorio viva en paz y en prosperidad. A medida que las Instituciones de un país funcionan mal o no funcionan, la vida de la gente en ese territorio es una quimera, lo que significa que el Estado propiamente dicho, empieza a hacer aguas.
Si no defiendes a tu hermano pequeño, tus padres te riñen. Si no defiendes al amigo más débil que tú, llegamos, incluso, a inventarnos al personaje maravilloso que conocemos como “el PrimoZumosol”. Si los padres no defienden a los hijos, los servicios sociales se los pueden quitar para que los tutele el Estado. Si los hijos no cuidan de sus mayores, puede ocurrir otro tanto. Estas actitudes son, además, causa de pérdida de derechos respecto a los bienes de esos mayores. La cosa, pues, es seria.
Bien, vayamos a la realidad contradictoria en la que nos encontramos en España. Ese Estado, que tiene la obligación de defendernos —nuestro PrimoZumosol—, a veces, nos ataca. Y, por otro lado, ese Estado, el nuestro, que es el garante de que su organización administrativa y sus instituciones funcionen bien para que la gente de su territorio sea igual ante la ley y viva en paz y en prosperidad, a veces, es atacado por algún poder o institución del propio Estado. Y aquí viene la pregunta: en este caso, ¿quién lo defiende? ¿Quién es el PrimoZumosol de nuestro PrimoZumosol?
El Estado nos ataca cuando, no solo no nos defiende de agresiones a nuestra libertad y propiedad, como la ocupación de una vivienda, sino que legisla a favor de quienes la ocupan. Pero, cuando la propia Constitución es atacada, cuando las leyes y los principios generales del derecho son pisoteados, cuando el Poder Legislativo y el Poder Judicial son obviados o denigrados, cuando muchas de las instituciones del Estado son usurpadas, desvencijadas, desconfiguradas, anegadas por actitudes piratas y corruptas, ¿quién defiende al Estado?
Si se utiliza la ley a conveniencia, lo cual puede significar que, en algunos casos, no se utiliza; si se hacen leyes para minorías minoritarias (se han promulgado leyes para 400 personas); si se sataniza a los jueces; si se criminaliza a las fuerzas de seguridad del Estado; si se persiguen a medios de comunicación y periodistas que hacen preguntas e investigaciones incómodas; si se utiliza el poder perverso del Estado perverso, para que la oposición democrática no acceda al poder; si se negocia con delincuentes y terroristas; si se sienta en consejos de administración de empresas públicas estratégicas a porteros de discotecas mal encarados; si se les paga las putas a los ministros con dinero público; si equiparamos a las señoritas de compañía con los funcionarios públicos en empresas públicas; si … Vemos, pues, que el PrimoZumosol perverso es poderoso. Su músculo —de gimnasio macarra— ha hecho, hasta ahora, lo que le ha dado la gana: desde brindar con lo peor de los 350 del patio de colegio, los terroristas, hasta elegir el fiscal general del Estado adecuado que le tape las vergüenzas e imponer al presidente del Tribunal Constitucional que le limpie a diario el polvo de la plata.
¿Quién defiende al Estado del PrimoZumosol del Estado perverso? Un Estado (el perverso) de chulos, mentirosos, cobardes, traidores, puteros, acosadores, pelotas, juriscon-sustos, con garrapatas en las pestañas, zafiros en la mirada, partituras perfumadas como papel higiénico, de cátedras al peso, de leyes de descuento, y todo, a la velocidad crucero de 35 IBEX por hora.
El único PrimoZumosol con fuerza suficiente para enfrentarse al malvado PrimoZumosol que ha crecido en la trastienda secreta de este Estado —de una parte, perversa, de este Estado— es el PrimoZumosol de la calle, de la gente justa y razonable que no se deja convencer con zumitos regalados, y saturados —enfermizamente— de azúcares añadidos.
Los abominables sherpas de este Estado perverso seguirán diciendo:
- ¿Y a mí qué tu Primo?
No hay que contestar, ni siquiera considerar esta pregunta amenazadora. Para tumbar al PrimoZumosol del Estado perverso —el puto matón del patio del colegio—, y que se desangre naranja a naranja, limón a limón, melocotón a melocotón, y cuantos sabores vengan, lo único que hay que hacer es dejar el populista jarabe democrático y tomar un fierabrás sencillo: libertad y sentido común. Es por esto que el puto matón no puede pisar la calle, llena a raudales del fierabrás del pueblo.





