Creo profundamente en el papel de la Monarquía como fuerza integradora. No considero descabellada la forma de Estado republicana, pero no la estimo apropiada para España por las dos funestas experiencias que supuso cuando se implantó en nuestra Patria. Por ello, considero que representa mucho mejor al conjunto de los españoles una Jefatura del Estado ostentada por un árbitro que, a diferencia, de un presidente de la República, no lleve las siglas de un determinado partido.
Tras leer las memorias del Rey Emérito, he podido reafirmarme en la idoneidad de que la máxima representación del Estado recaiga en la figura de un monarca, de carácter vitalicio y hereditario, pero con poderes limitados, esto es, una monarquía parlamentaria. En efecto, esto se ilustra en episodios clave de las últimas décadas de nuestra Historia, y caben citar varios ejemplos al respecto:
- La Transición desde la última dictadura de Europa hasta un sistema democrático equiparable al resto de naciones del continente fue, precisamente posible gracias a un Rey nombrado por Franco, ya que los militares transigieron con decisiones que rechazaban profundamente como la legalización del PCE por lealtad a la memoria del Caudillo, que les había pedido en su testamento que guardasen a su sucesor la misma lealtad que habían mantenido hacia él durante décadas. Precisamente por ello, el 23-F fracasó y muchas regiones militares que estaban dudosas no se sumaron a la intentona golpista cuando el Rey, por medio de su mensaje televisivo, la desautorizó y se puso del lado del sistema democrático.
- Para pertenecer en pie de igualdad a la OTAN y a la entonces Comunidad Económica Europea, España debía reconocer, al igual que el resto de potencias occidentales, al Estado de Israel, un socio geopolítico de primer orden, algo que se pudo lograr sin que por ello se rompiesen relaciones con el mundo árabe, de cuyo suministro de petróleo se dependía. Esto fue posible gracias a la intermediación del Rey Juan Carlos y las relaciones duraderas en el plano internacional que puede consolidar una figura que permanece, aunque los gobiernos cambien.
- Un ejemplo de lo anterior fue precisamente el serio enfriamiento de las relaciones bilaterales con Estados Unidos una vez que Zapatero llegó al gobierno, pues siendo líder de la oposición se sentó al paso de la bandera norteamericana, algo que se interpretó como una afrenta no a un gobierno sino al conjunto del país al que su bandera representa. Si no se produjo una ruptura total de relaciones ante un gobernante visiblemente antiamericano fue, una vez más, gracias a la mediación del monarca.
- Como señaló el histórico director de ABC Luis María Anson en una entrevista con motivo de su 90 cumpleaños, un episodio prácticamente olvidado, pero que se encuentra claramente en el haber de Don Juan Carlos es, cuando se produjo una crisis de competencias entre el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo, produciéndose un choque de instituciones y una ruptura de relaciones que el monarca pudo resolver en un tiempo récord, pues de no haber sido así, se habría producido un severo daño a la imagen y al prestigio internacional de España.
Dicho lo cual, no es óbice para rechazar la autocensura que durante décadas se impuso en España, considerando que la Jefatura del Estado, ostentada por el Rey, estaba por encima de toda crítica. No lo está ni debe estarlo ninguna institución del Estado.
Cuando el que luego fuera líder de Podemos, Pablo Iglesias, debatía en 2013 en Intereconomía con Jiménez Losantos y defendía tanto los escraches como rodear el Congreso, el locutor de esRadio le respondió magistralmente que él criticaba la democracia para que funcionase, no para que montasen una checa en la Cortes Generales. Desde estas líneas, pretendo hacer lo propio con la Corona, una institución que no sólo considero necesaria sino imprescindible para España. Por dicho motivo, creo que no deben confundirse los fines con los medios.
No soy carlista, pero creo necesario aclarar un error que de manera frecuente se suele cometer sobre el carlismo, que se caracteriza por defender un modelo de monarquía tradicional en el que el Rey no sólo reina sino gobierna. No se define únicamente por hacer bandera de una cuestión dinástica sino por promover un modelo de sociedad alternativo bajo el lema trinitario “Dios, Patria, Rey”, situándose el Rey, precisamente, en tercer lugar, por estar al servicio de Dios y de la Patria.
Extrapolando al mensaje primordial que pretendo trasladar: el Rey debe estar al servicio de España a través de las funciones que le ha encomendado la Constitución como garante de la unidad y permanencia de la Patria.
En el caso concreto de Felipe VI, a la sazón de actual titular de la Corona, hay varios episodios recientes que me hacen considerar que no está desempeñando las funciones que le atribuye la Carta Magna. Se podría hacer un largo recorrido en más de una década de reinado que lleva a sus espaldas, pero me limitaré a los escasos últimos meses.
En el pasado mes de septiembre, dio un discurso ante la ONU en el que se ponía del lado de la agenda globalista, algo que a nadie debe extrañar, habida cuenta de que suele llevar en su solapa el pin de la Agenda 2030, una hoja de ruta liberticida que transfiere la soberanía de las naciones y el poder de decisión de los ciudadanos desde los Parlamentos a un selecto grupo que no ha sido elegido por nadie. Ello supone socavar los fundamentos de la democracia representativa, creando por ello, un déficit democrático.
Muchos dirán, tanto a pie de calle, como de tertulias y en las propias instancias políticas, que el Rey debe mantener su neutralidad y no opinar sobre cuestiones político-ideológicas que, además, contribuyen a dividir la sociedad. Coincido con ello, y bajo esa misma lógica muchos que nos oponemos al crimen del aborto, entendimos que su predecesor a título Rey, no tenía, en base a la Constitución, otra alternativa que sancionar con su firma la Ley del Aborto de Zapatero.
En base a ello, y recordando esta realidad, resulta cuando menos chocante y contradictorio, que Su Majestad haga un discurso ante una institución supranacional diciendo que España debe seguir siendo un referente en la defensa de los “derechos sexuales y reproductivos”. Esta fórmula eufemística no dirá nada a muchos por su aparente ambigüedad, pero no debemos olvidar que, precisamente la Ley del Aborto de Zapatero, mantenida por Rajoy con mayoría absoluta, se llama “Ley de Salud Sexual y Reproductiva”, por lo que el monarca hace suyos los eufemismos socialistas para hacer una cerrada defensa del aborto.
El aborto, al menos en su configuración actual como un derecho que se puede ejercer sin necesidad de alegar ninguna causa, es algo que sigue dividiendo profundamente a la sociedad, por mucho que la izquierda y la falsa derecha del PP, traten de dar el debate por cerrado, ya que el 40 % de los españoles defiende una ley más restrictiva y un 10 % (entre los que me encuentro) sólo aceptamos una ley de aborto cero porque la vida humana no está sujeta a plazos ni condiciones.
En base a lo anterior, el Rey no ha ejercido su papel como árbitro imparcial, ya que no pocos españoles han sido excluidos al sostener semejante postura.
No satisfecho con ello, su falta de neutralidad en cuestiones políticas no se quedó ahí, sino que fue más allá al promover las tesis del fanatismo climático de la izquierda, con un modelo de “transición ecológica” basado en las energías renovables. Promueve, por tanto, la misma política de desindustrialización que perjudica a España, así como el ecologismo para ricos que sostiene la izquierda de salón. Un ecologismo que pueden permitirse multimillonarios banqueros como Ana Patricia Botín, que buscan erigirse con la etiqueta de “progres” para hacerse perdonar el odio social que la izquierda les profesa al asumir sus tesis, pero no los humildes obreros, que, por tener un coche más viejo, y, por tanto, más contaminante, se les prohíbe circular por determinadas zonas y se les grava con impuestos, precarizando aún más su depauperado nivel de vida.
Hace apenas una semana, en su tradicional discurso de Navidad, Felipe VI demostró una vez más actuar como correa de transmisión del gobierno más extremista de la democracia, evidenciando un inaceptable estrabismo político impropio de su condición de árbitro de las instituciones del Estado.
Mientras que cuando gobernaba Rajoy exigía de manera directa y contundente “cortar de raíz y sin contemplaciones la corrupción”, ante el gobierno más corrupto de la democracia, en el que las manos izquierda y derecha del presidente, como su hermano y su propia esposa, están siendo investigados y llamados a sentarse en el banquillo de los acusados, Felipe VI lo ha despachado con un ambiguo como genérico llamamiento a la “ejemplaridad”. Al parecer, a diferencia de la mayoría de los españoles, no le preocupa una situación de degradación ética e institucional que supera con creces incluso la que se vivió en los últimos años de gobierno de Felipe González.
Como ha señalado de manera lúcida Marcos de Quinto, el Rey ha hecho un discurso alejado de los problemas reales de los españoles, como son el paro, la inseguridad, la corrupción, la creciente presión fiscal que exprime sus bolsillos y la inmigración masiva. En su lugar, ha señalado, por medio de una intervención que podría haber pronunciado cualquier ministro de Sánchez, que los problemas son “el populismo” y “la desinformación”. Lo ha hecho de manera ambigua para que se pueda interpretar en un sentido u otro, pero como comparsa de Sánchez, está apuntando a VOX, la tercera fuerza política de España, con más de tres millones de electores a los que excluye como Jefe del Estado.
Puestos a hablar de desinformación, Su Majestad no tiene más que mirar a Televisión Española, que se dedica a hacer oposición a la oposición, así como a atacar y señalar a aquellos que osen criticar a un gobierno que va de la mano de comunistas nostálgicos del régimen soviético, golpistas separatistas y filoterroristas, desde periodistas críticos a la propia Judicatura.
Parece que, a diferencia de cuando gobernaba Rajoy, para nuestro Jefe del Estado, la corrupción política ya no es el gran problema de España, sino la desinformación, los populismos y los extremismos. Dicho planteamiento no dista nada del relato que Sánchez articula en su bochornosa huida hacia adelante. No nos debe sorprender cuando hemos visto al propio Felipe VI inaugurando entre risas el Año Judicial con un Fiscal General del Estado que, por primera vez en la Historia, ha sido investigado, siendo posteriormente condenado e inhabilitado. Se ha prestado al juego de un gobernante que presionó al máximo representante de la Fiscalía para que no dimitiese, y de ese modo, sentar un precedente con el que hacer lo propio si el día de mañana él mismo era señalado por los tribunales.
Si algo cabe destacar de la década de reinado de Felipe VI es su valiente intervención de 2017, un discurso que está a la altura de un Rey digno de tal nombre, pues se puso del lado de la Constitución y la democracia, defendiendo la integridad territorial de España como la soberanía de la que son titulares el conjunto de los españoles frente a unos golpistas que pretenden robarnos a todos esa parte de España que es Cataluña, quebrantando la Constitución y las leyes que todos hemos aprobado democráticamente.
¿Qué queda a día de hoy de aquella labor de defensa de España y de sus instituciones cuando el mismo monarca ha llegado a firmar los indultos y la amnistía a esos mismos golpistas a los que desautorizó? Esos golpistas convictos hoy sostienen el gobierno de un sujeto amoral y sin escrúpulos que ha traicionado a España, a sus votantes, a su partido y al conjunto de los españoles, dispuesto a hacer lo que sea necesario con el único fin de perpetuarse en el poder.
Parece que a Su Majestad no le importa en absoluto que una amnistía que fue considerada inconstitucional incluso por aquel que la ha impulsado, se haya llevado a cabo, convirtiendo en papel mojado la Constitución como los derechos y libertades que en ella se recogen cuando ese pretendido autócrata necesitaba los siete votos de unos delincuentes condenados, llegando a ir a la cárcel a negociar los Presupuestos con Junqueras.
Este alineamiento con la izquierda viene de muy atrás a través de la Reina Letizia, la misma que no ha dudado en hacer gestos públicos de apoyo o desaprobación a líderes políticos en base a su filiación partidista:
- Bajo el reinado de Felipe VI, ha sido la primera vez en democracia que la Reina no ha asistido a la toma de posesión de un presidente, como fue el caso de Rajoy en 2016.
- Escribió un mensaje de apoyo a Eduardo Madina después de perder las primarias frente a Pedro Sánchez en 2014.
- Pablo Iglesias dijo que la Reina tenía mucho interés en conocerle, algo que desde la Casa Real ni siquiera matizaron.
- Durante la Pascua Militar, cuando se acercaba a saludarle el entonces líder del PP, Pablo Casado, se puso a maquillarse en ese momento de manera intencionada para no devolverle el saludo.
- Una vez elegido líder del PSOE, manifestó su interés en conocer a Pedro Sánchez, destacando que había sido su compañero de instituto, pese a estar en clases y horarios distintos.
Cabe añadir el giro laicista que han dado los actuales titulares de la Corona a una institución que se supone que representa la tradición histórica de España, sustentada sobre los valores cristianos, pues como dice la propia Constitución en su artículo 16.3: “Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española”.
En contraposición a dicho mandato constitucional, en su ceremonia de proclamación como Rey ya prescindió de los símbolos religiosos como el crucifijo, del mismo modo que se han eliminado las referencias a Dios de las invitaciones de la Casa Real, por no citar la propia imagen de la Reina Letizia no santiguándose en destacadas ceremonias religiosas como el Día de Santiago, mientras que no ha dudado en llevar velo islámico en su visita a mezquitas y países musulmanes, lo que constituye un agravio comparativo, así como irreverencia hacia los católicos, grupo del que formamos parte el 70 % de los españoles. Si Doña Letizia no cree, ¿para qué va entonces a una misa? Si se pone en pie cuando así lo dice el sacerdote, ¿por qué no se persigna en un acto de carácter exclusivamente religioso? Es una cuestión de respeto, igual que muchas personas no creyentes, cuando han ido a un bautizo, boda o funeral, han hecho lo propio.
En el propio discurso de Navidad, ya no se veía en primer plano el tradicional Belén, pues estaba oculto en una esquina, siendo un nacimiento minúsculo que apenas fue enfocado breves segundos y del que sólo el más avezado observador podía percatarse.
Lo que es verdaderamente preocupante es ver cómo un gobierno pretende acabar con todo atisbo de separación de poderes y amordazar a la prensa crítica a través de instrumentos legales, con un modus operandi propio de una dictadura. Ya dijo el propio Sánchez: “¿Y de quién depende la Fiscalía?”, manifestando su deseo de manejar a su antojo las instituciones, del mismo modo que tacha de “pseudomedios”, “fachosfera” y “maquinaria del fango” a todos aquellos que le lleven la contraria. Parece ser que sólo le falta crear el Ministerio de la Verdad, que sería un Ministerio de Propaganda como el que ostentaba Goebbels.
Estamos ante un gobierno que trata de dictaminar por ley lo que es un medio y lo que no, descartando de esa definición a aquellos que lo critican por medio de algo similar al carné de periodista que existía durante el Franquismo.
Es cierto que todos los gobiernos han hostigando a la prensa crítica hacia ellos, pero lo que el Ejecutivo social-comunista pretende, va muchos pasos más allá, ya que pretende llevar a cabo un proyecto legal propio de la más estricta dictadura, en el marco de una deriva antidemocrática ante la que el propio Jefe del Estado permanece silente. Mientras tanto, los españoles estamos indefensos ante un gobierno sin límites en su afán de colonizar todas las esferas de la sociedad en su espurio afán de perpetuarse emulando a la Venezuela chavista.





