De nuevo, la lectura de novelas de hace casi un siglo (sobre todo, de las no reeditadas, las que subsisten en su viejo papel amarillento y casi marronáceo, pero eso sí, bien encuadernado con sus fuertes hilos), aunque se haga por puro entretenimiento, sin el menor ánimo de análisis histórico, pues quiérase o no, viene a enseñarnos cosas…
He aquí “Vestida de Tul”, de Carmen de Icaza, ambientada en el Madrid de 1916. Por su título ha sido catalogada, aún más que las otras, como “novela rosa de la época”, así sin más, por quienes seguramente no han leído de ella ni una página. Pues no cabe más riqueza de personajes, de caracteres, de puro realismo (el máximo que cabe dentro de un relato que se pretende ameno e incluyendo alegría también; es decir, sin querer ser como el naturalismo de Zola); mejor ambientación y trama variada con menos palabras. El mejor modo de disfrutar de la literatura es leerla como tal, por placer, sin pretensión de análisis sociológicos, sino dejándose llevar por el hilo e los personajes, con intriga, a ver qué pasa; pero sin querer, algunas deducciones saltan por sí solas.
En un párrafo se describe a una de las protagonistas, que, prometida contra su voluntad a un jovenzuelo fatuo y desagradable, mientras tiene que pasear con él, mira a las otras parejas del parque y envidia a todas las chicas, se cambiaría por cualquiera de ellas. “¡Ay, si viniese un gran cataclismo que de pronto cambiara el sentido de las cosas! En los salones se hablaba del “comunismo” y las muchachas decían: “cuando venga, yo seré estrella de cine, o yo seré maniquí en el modisto más caro, o seré tanguista en el cabaret más lujoso”. El “comunismo” era considerado una especie de coco amable que permitiría a cada cual hacer lo prohibido”
“¡Ay, si viniese un gran cataclismo…!” Ante una situación sin salida, se aparece como tentadora la idea de un gran cataclismo, que aunque sea una catástrofe para todo el mundo, al menos libera de tener que pensar en cómo solucionar el propio problema. Si “estalla la guerra” o “estalla la revolución”, ya las cuitas personales –las deudas, los desamores…- todo eso desaparece… Este es un sentimiento atemporal. Cobarde y mezquino, por supuesto, pero ahí está.
Pero fijémonos en las otras líneas. “El comunismo era considerado una especie de coco amable…”. Alguien dirá que esto no es más que una novela. Pero en el siglo XVIII, en la Francia prerrevolucionaria, no es novela sino hecho real, testimoniado en multitud de fuentes (las cartas que entonces se escribían, las infinitas cartas, escritas por las condesas y por las sirvientas de las condesas, y por las peluqueras de las mismas… todo quedaba registrado), que entre muchas aristócratas la idea de “revolución”, sin saber muy bien de lo que se trataba (pero algo rompedor y original, seguro), pues llegó a ponerse tan de moda que hubo quien presumió de lucir “un peinado Revolución”. A posteriori es muy fácil burlarse de ellas diciendo: “De qué les serviría el peinado con lo poco que les iban a durar las cabezas…”. A posteriori todo es muy fácil, pero cosas como esa siguen sucediendo.
En la época del boom de “Podemos” como partido rompedor y originalísimo, ¿recuerdan?, éste recibió el apoyo público de ciertos personajes de la jet set que en teoría se dirían su polo opuesto, pero claro, no tanto… Se trataba de estar a la moda, de salir en los medios, de no quedarse atrás. ¿Que esto es lo nuevo, lo “in”, de lo que se habla? Pues “no me quedo atrás” (funesta frase, “no quedarse atrás”, ¿atrás de qué?). Informarse mejor de en qué consiste, qué consecuencias puede traer, ¡oh!, ¿quién piensa en tomarse esas molestias?
Y hoy en 2025, ¿qué podemos decir? ¿cuál es ese “coco amable” que, como cosa exótica y nueva y que a otros asusta tanto, pues bueno, los amigos de lo distinto y guay y “atrevido”, lo aplauden sin más?
Acaso hay varios, distintos “cocos amables”. Pero acaso el más notorio sea esa islamización de Europa que curiosamente (o no tan curiosamente) es siempre aplaudida y mirada con afecto por los sectores que aparentemente se dirían su polo opuesto. “Ya era hora” (“About time”) dijeron en las redes muchos destacados activistas LGTBI en Holanda (y seguramente también en cualquier otro lugar) comentando la noticia de que se permitiría a las mujeres musulmanas acudir a las piscinas con “burkini”. Alguien dirá, “¡Cuán contradictorio!”. Racionalmente sí, pero estas cosas no funcionan con argumentos racionales, sino emotivos. Por una parte, lo expresen así o no, “el enemigo de mi enemigo es mi amigo” (el enemigo común es la civilización occidental). Y por otra, aún menos racional si cabe, y aún más emotiva, pero con una enorme fuerza de inercia sobre las masas, pues… funciona un ideal como en los aristócratas del siglo XVIII en Francia, como en las burguesas de los años veinte en España… “¡Que viene la revolución! ¡Que viene el comunismo!”. La reacción de los privilegiados, la de los frívolos aburridos, es siempre la misma: “¡Oh, qué divertido!”.
Luego será menos divertido.
Pero, ¿quién piensa en eso? Hay que vivir el presente, hay que apuntarse a lo nuevo, viva lo que está de moda; “no hay que quedarse atrás”.





