Ya lo sé. Te lo he visto en la cara nada más nos hemos cruzado las miradas. Sabía que te dolía algo, que de tu corona había surgido una nueva espina que, más punzante que aquella que te cruza la ceja, te punza el corazón mismo.
En la serenidad que siempre me regalas en esas visitas intempestivas de la recién amanecida, he adivinado que algo te pasaba. Que algo te crujía por dentro más que los huesos de llevar eterno el madero. ¿Qué te duele, Gran Poder?
Ya sé que no son los besos que te faltarán este enero, porque aunque no salgan de los labios los besos, esos se dan igual con el suspiro callado de un te quiero. Ya sé que no tiene nada que ver con otra Madrugá de vacíos y silencios, tan lejos estos de aquellos tuyos de ruan negro. Ya sé que no es porque, con triste seguridad, tampoco visitarás aquellos barrios que son para ti como el tuyo de San Lorenzo, como tampoco en dos mil veinte pudiste hacerlo. ¿¡Gran Poder, qué te duele!?
Callas y, sin embargo, es tu voz tan potente como el eco del mayor estruendo. De tu boca semiabierta sale un hálito de tormento. Tus manos, tan firmes, parecen temblar como el clavel que asoma por tu paso en sus costeros. Tus pies, los de la zancada infinita, ¡cómo se aferran al suelo! La sierpes de tus espinas he creído que se movía y enredarse más en tu pelo. ¿Qué te pasa, Divino Médico? ¿Por qué me parece que eres tú quien hoy necesitas palabras de consuelo? Que hasta la calma de tu casa, ese bálsamo de techo al que recurrimos cuando necesitamos tu remedio, ese refugio que lleva tu nombre impreso, se agita con esta sensación tuya de desasosiego.
Lo sé. Sé que alto te duele. Lo sé porque en nuestro particular momento, yo te hablo y tú me hablas. Y habrá hasta quien me llame loco, pero no entendería acudir a ti sin escuchar las palabras que reservas para nuestros encuentros. Sé que algo te pesa más que la propia cruz, que te sangra más que los latigazos de tu cuerpo, que te hace sufrir más que la soledad de tu destino, que te duele más que las negaciones de Pedro.
¿Qué te duele, Gran Poder?
¿Te duele Sevilla y quien dice Sevilla dice, como Sevillano universal, el mundo entero? ¿Te duele la libertad que anda enjaulada como un jilguero? ¿Te duele la ausencia de los que no tenían que haber muerto? ¿Te duele la pobreza de espíritu, como siempre, del sanedrín de turno? ¿Te duele la alegría envasada como el vino para tomarla en un momento más oportuno? ¿Te duele la indolencia de los que se toman a broma la vida, de los que juegan con ella; con la suya y con la ajena? ¿Te duelen las distancias? ¿Te duelen los despojados, los desahuciados, los empobrecidos, los pedigüeños que hacen cola por hambre? ¿Te duele la hipocresía del que da pan duro haciendo creer que es lo mejor que puede darnos? ¿Te duele una sociedad que actúa como Herodes misma? ¿Te duelen, sí, puede ser, por qué no, aquellos besos?
Te escuché mientras creías que, con los ojos cerrados, en la ausencia de mi propia necesidad, estaba absorto en mis pensamientos. Te escuché. Escuché tu lamento.
¿Qué te duele, Gran Poder, Vacuna de los enfermos?





