Que no es un rock and roll por las calles de la Sevilla de los setenta; ni un cante por soleá a las horas en las que las puertas de La Cuadra se cerraban a los no asiduos; ni un bolero de Chavela, de los que te hunden el cuchillo hasta los gavilanes en el mismo cuore, que “Los dioses han muerto”; ni una habanera que va y viene, bamboleándose. Las formas y las maneras de Félix Machuca —premio Ateneo de novela en 2022 con “Cuaresma de sangre”—, que nos dejó huérfanos de sus artículos en ABC, son todo lo contrario a lo anterior y, a un tiempo, lo mismo. Que nada es lo que parece. Y, a la vez, todo son espejos en los que se miran quien no quiere verse, que la difícil sencillez es su manera.
Que su Swing María no es un grito por saetas, “alaridos del alma”, desde el balcón aquel donde quedaron enredadas las ilusiones de dos novios que paseaban por Conde de Barajas buscando los versos del poeta de la calle Santa Clara. Que este no es un libro de Semana Santa de los que llevan plastificado un incensario de regalo para inspirarse mientras lo lees. Tampoco es un poemario de rimas rimbombantes y ripiosas, ni prosas ilegibles de la de cosas que quieren decir en tan poco espacio y tiempo. Que es contar la Semana Santa a través de la luz de la ciudad. Y que no, háganme caso. Que no lo es. Que las cosas de Félix son otra cosa.
Que éste no es un escritor-periodista-guionista de radio y televisión-columnista de los que te dan lecciones de vida ni de nada. Que no es de los que te dicen cómo y cuándo hay que hacer tal o cual cosa, que también escribe novelas como El sueño del búho. Que no, que él escribe negro sobre blanco y luego que cada cual se busque las habichuelas como pueda para echarlas al perol y comparta plato con quien menos le disguste. Que el escribano es José Félix Machuca Lama —sevillano, sevillista, callejero, rockanrolero, andaluz de los de primera hora, bohemio sin saberlo, conversador, vividor de la vida y contradictor de lo que se ponga por delante— y su escritura es punzante, radiante, de los que hay que acompañar con una caña de cerveza en un velador de la plaza del Pumarejo.
Que junta las palabras con un movimiento molón, con una gracia innata, con un poquito de desvergüenza y desvarío… ese balanceo vacilón. Un paseo por la ciudad con gafas de sol sobre la cabeza, de vaqueros despintados, de melenas que van caneando, de bigotes y sonrisas, de “los domingos cosa fina” y de piernas cruzadas leyendo el periódico mientras mueves el café solo, sin edulcorantes ni colorantes.
Esto es otra cosa, caballero. La forma de escribir de Félix Machuca —que acaba de estrenar su última novela, La isla de los manatíes— tiene… vibraciones, que dijo aquel viendo a la Hiniesta bajo su palio azul San Julián y plata.





