Una vez más, el propósito de detenerse en temas más gratos y enriquecedores se frustra al topar, ¡sin querer!, con unos mensajes que chocan, que hieren, ante los cuales se impone el decir algo.
Ya no basta el decidir “no enciendo la televisión”, ya los mensajes se cuelan por todas partes, en los dispositivos que el sistema nos obliga a llevar continuamente… En fin, la puñalada última es algo que en principio podía tener buenas connotaciones: un anuncio de la ONCE.
¡Cómo ha cambiado la visión del mundo, desde aquellos anuncios inspirados en algo más noble, más alto! Se los veía, años ha, en los paneles de un tren: “¿A quién contratarías: a un hombre que va en silla de ruedas (fotografía de un carrito de minusválido) o a un hombre que va en silla de ruedas (fotografía de las ruedas de una elegante silla de oficina)…? Conclusión: Abramos los ojos”. Impresionante y certero. Y sin sentimentalismo ñoño: decía la pura verdad… pero desde un ángulo que a lo mejor no se nos hubiera ocurrido. Otro anuncio de los de entonces mostraba la hermosa fotografía de dos hombres corriendo campo traviesa, unidos de la mano por una cinta (se entendía que uno de los dos era ciego). “Hay cosas que para verlas hay que creerlas”. Y tanto. Primero, creer que algo es posible. Después, sólo después, se podrá llevar a cabo.
Se apelaba entonces a lo más noble, a lo más constructivo.
Un anuncio, como una arenga de guerra, puede apelar a lo más alto o a lo más bajo. (Un militar alemán del siglo XIX, cuyo nombre se me escapa, de la época del efímero reinado de Federico III de Prusia, se lamentaba en un carta: “Nosotros apelamos al patriotismo, al sacrificio por las generaciones venideras, a la generosidad, al heroísmo… Ellos apelan a las motivaciones bajas, al saqueo, a llevarse un buen botín…” ).
Alguien podrá decir que el resultado final es el mismo: que en toda guerra habrá saqueos, y que en los anuncios lo único que se persigue finalmente es vender. Puede ser. Pero en el camino, el espíritu que anime a los soldados o a los ciudadanos será de un estilo o de otro; finalmente, las personas vivirán de un modo o de otro. Y con dolor vemos que hasta la ONCE, después de aquellas campañas impresionantes… ahora se ha deslizado por otras pendientes. Desde luego no apela a lo mismo que antes. Habrá hecho lo que se suele llamar “adaptarse a los tiempos”, ¡horror!
En fin, ¿qué es esto que nos ha dolido tanto?
Pues el anuncio exaltando a los ociosos, a los que tienen todo el tiempo del mundo para dedicarlo a una afición u otra. “¿Qué hace esta persona horas y horas esperando a que pique un pez, horas y horas mirando a su bonsai… o realizando cualquier actividad placentera en días laborables? Pues VIVIR”.
El anunció gustará, claro, y mucho. Minoría seremos los que osemos criticarlo. Es que “está muy bien hecho”, eso es lo malo: en calidad de marketing, sus encargados siguen siendo igual de buenos. Pero, ¡cómo ha cambiado el punto de vista, a lo que apelan para que compremos el cupón!
De manera que ahora adquiere un rango superior todo cuanto sea ocio y placer, especialmente en horas de trabajo (aunque hoy día el concepto de días laborales y festivos se halle muy diluido. Pero el anuncio se complace en hacer como si siguieran existiendo con la misma rigidez, y justo para subrayar que el privilegiado que no trabaja en horas de trabajo es el que “vive”. Los demás por lo visto no).
“Vivir”. Trabajar por lo visto no es vivir.
El odio al trabajo, fomentado continuamente desde todas partes, es uno de los elementos más disolventes del humano modo de vida. Coincide con la desaparición de los oficios, la falta de técnicos en todos los ámbitos, la desaparición de las tiendas. Se debe a miles de factores económicos y tecnológicos, claro. Pero el colmo es ya el estigma. De manera que el carpintero que antaño se pasara las horas y horas perfeccionando un mueble, la dueña de la tienda volcada en su negocio, el fontanero que con esmero profesional dedicara las horas a averiguar de dónde viene una avería… estas personas son como entes inferiores, ¡pobrecitos!, no viven.
“Vivir”. Para algunos casos se oye el adagio: “Mientras peor, mejor”. En este caso, lo terrible, lo dañino, es lo “bien” que está hecho el anuncio. Pues aquí hay que decir: “Mientras mejor, peor”. Mientras mejores expertos empleen para transmitir tan demoledores mensajes, más efecto harán.
(Esto no tiene nada que ver con denunciar los mil y un abusos que se dan en tantos ámbitos, y además siempre queda el eco de aquel infame letrero terrible del más célebre de los campos de concentración, aquel espantoso “Arbeit macht frei”, que puede desanimar de cuanto sea inculcar amor al trabajo, por miedo a que nos “asocien” con semejante horror… Pero alguna vez habrá que liberarse de miedos absurdos y expresar la verdad).
Un miedo a parecer rancios, trasnochados, a obedecer a consignas antiguas… nos impide a veces constatar la realidad de las cosas. Si hoy día “trabajar” se ve tan a menudo convertido en un suplicio es por la maraña de complicaciones burocráticas y reguladoras que todo lo invaden, que asfixian… Pero cuando nos dejan “trabajar” de verdad, lo habitual es experimentar una curiosa satisfacción, una liberación incluso. La profesora que termina la clase, el abogado que cierra su carpeta después de acabar un escrito, el escayolista que comprueba lo bien que por fin ha dejado los techos… ¿cómo se sienten? Pues con enorme frecuencia, seguramente mejor de lo que ellos mismos ni adviertan (aunque según el anuncio de la ONCE, ellos ese rato “no hayan vivido”).
Un cuento de José María Pemán (de los recopilados bajo el título, tan característico en él, de “Cuentos sin importancia”) narra las dificultades de un joven oficinista de otros tiempos, cargado de problemas económicos y sentimentales aparentemente irresolubles… En un momento dado, de pasada y sin afectar en absoluto al hilo de la narración, tal como si hubiera dicho “hacía un sol radiante” sin que en la historia eso influya, pues sale la frase: “Luego volvió a la oficina, donde el sano ejercicio del trabajo honrado volvía a llenarle de optimismo”.
A otro le daría tal vez pudor el citar estas palabras, que pueden sonar a mensaje moralista de otros tiempos. Pero lo cierto es que el cuento no era moralista. La frase en cuestión venía a ambientar, a dar verosimilitud a la historia, como si hubiera dicho “le reconfortó ese café tan calentito”. El caso es que al topar con ella (“el sano ejercicio del trabajo honrado volvía a llenarle de optimismo”), se experimentaba sin querer esa nota de identificación en la que un lector se reconoce de repente, sin esperarlo. ¡Cuántas veces un corazón agobiado, una mente atascada con mil entuertos y disgustos, al tener que dar una clase y tratar de que resultara interesante… pues esa “carga” al final, al término de la hora, resultaba haber sido la mejor medicina, un paliativo mucho más eficaz que cualquier atracón de lo que el mundo llama “placeres”!
Por miedo a parecer ñoños, o acaso por temor a que se nos llame “amigos de los explotadores” o hasta de los nazis… pues hemos dejado de afirmar verdades enormes (las bondades del trabajo), con lo cual nos hacemos un daño gigantesco a nosotros mismos.
Y por ende, el nuevo mensaje de la ONCE se contradice con todos su ideales. Si le hacemos caso… entonces el que fabrica con esmero una silla de ruedas, no está viviendo, ¿no?; y el que enseña a los niños ciegos a leer, pues tampoco está viviendo. Ni el que vende los cupones ni, si vamos a eso, el que diseñó este anuncio insidioso.
Por lo visto, el ser parásitos, el no hacer nunca jamás nada que no nos apetezca expresamente y que no sea oficialmente “placentero”, el carecer de obligaciones, el carecer de límites para el propio capricho…¡oh!, no es ya sólo que eso sea el ideal (que en fin, humanamente hablando es normal el exclamar “¡Yo quiero eso!”, así sin pensarlo mucho); no, es que lo erige como en bien moral, como en patrimonio de seres superiores, los que “viven”.
¡No absorbamos estos mensajes, que nos pueden arrebatar más de lo que creemos! Quien se los crea puede acabar sin tener ni idea de lo que es la vida; quien se los crea… acabará siendo realmente el que menos “viva”.





