Parece dársele hoy este nombre, “un intelectual”, al escritor que más premios acumula, al que a más actos acude, principalmente en homenaje a su persona, el que más viaja y se deja ver en todas partes, el mejor relacionado. Es decir, uno que pertenece al club de los ricos y triunfadores, sólo que en vez de golpear una pelota, escribe libros.
Es curioso. Un intelectual siempre ha significado otra cosa. No es sinónimo de poseer talento para escribir libros que se vendan bien o que ganen premios. Un intelectual se caracteriza por… ¿cómo definirlo? Explicarlo es difícil, pero reconocerlo facilísimo. Es alguien que se preocupa, que sufre o goza por cosas que les resbalan al común de los mortales; cuyo amor por las letras, o por la Historia, o por el arte o la Filosofía, ocupa un espacio en su alma que le resta sitio a los anhelos más habituales (los placeres obvios de la carne, el dinero, la fama). No es que no tengan estos últimos- pero los sienten como obstáculo a su vocación principal.
Painter, el gran biógrafo de Marcel Proust, describió perfectamente lo que éste sintió al saber que se le había concedido el premio Goncourt: “Experimentó una oleada de placer, completamente mundano, que él sabía que no tenía nada que ver con el amor a su obra” (cito torpemente de memoria). Se satisfizo su vanidad, su deseo de fama – vale, tenía esa flaqueza. Pero por otro camino completamente distinto iba su vocación literaria, que era lo crucial. Se puede ser un intelectual a pesar de recibir premios; no por esa razón.
Según cuenta Julián Marías, conversando sobre la vida eterna con el historiador Menéndez Pidal (ambos eran hombres de fe), le hizo gracia que a éste le “inquietaba” una cuestión: “En la otra vida, ¿veré a los juglares?”. Marías le “tranquilizó”: Dios se las arreglaría para que los viera.
Nuestra era cínica se burlaría de tan ingenuo diálogo. Pues en ningún sitio veo mejor reflejado que Menéndez Pidal era un intelectual; mucho más que por la cantidad de libros producidos. Ciertas cosas –en su caso, el amor a la Edad Media- le importaban de verdad, le llegaban al corazón. El intelectual es aquel a quien le importan cosas que no inciden en su cuenta corriente ni en su número de seguidores, ni en su aparato digestivo ni nada corpóreo; es un placer puro (o un dolor puro- como el que se siente al ver una falta de ortografía).
Hoy día, si se encumbra a un artista o escritor, se les coloca en un pedestal de perfección que no admite matices. Recuerdo a una descendiente de Picasso, a cuento de una exposición de ciertas obras especialmente no aptas para menores, que declaraba con aire dogmático: “Picasso nunca puede ser obsceno”. Pero, ¿cómo que no? Todavía podía haber dicho: “A Picasso se le perdona el ser obsceno” (si es que a alguien eso no se le perdona, pero bueno).
En la misma línea (respondiendo al comentario, que algunos osamos hacer, de que las novelas de Vargas Llosa, al menos las de los últimos treinta años, parecen pura pornografía), los beatos de los Premios Nobel se indignan: “¡No son pornografía!¡Es un Premio Nobel! Se llama literatura”. Pues bueno.
Algo falla, algo chirría cuando a una persona “tradicional”, que no desprecia la estética barroca, que mira con simpatía entornos calificados de “rancios” como por ejemplo el salón de actos de la Academia de Buenas Letras de Sevilla, con sus rojos terciopelos… es decir, una persona a quien “debía” gustarle el uniforme de los premiados por la Academia Francesa… pues más bien le hiere la vista, lo considera grotesco (“Inmortales” ¡Vaya con la egalité!).
En fin, esto último puede sobrar; es cuestión de gustos.
Pero lo que sí es cierto es que cierta manera de vivir… pues no es la manera de vivir y de ser de un intelectual.
Y como guinda, su sometimiento al eslogan de moda, ultra políticamente correcto, de “No me arrepiento de nada”… pues viene a sellar la ausencia de todo cuanto le haga diferente a lo que Ortega llamaba el hombre-masa.
“No me arrepiento de nada”. Desconfíen de quien eso afirme. Arrepentirse de cosas que uno hace está en la naturaleza humana; es el pilar que nos lleva a rectificar, a mejorar. Una persona sana seguro que se arrepiente de algo incluso todos los días. Pero en esta era nos imponen esa frase soberbia, “no me arrepiento de nada”, y, hala, a repetirla lo más alto posible.
“Dichoso el humilde estado/ del sabio que se retira…”. Ese era el intelectual.





