Sí, ¿qué es el prestigio? Durante años y años, esto hubiera parecido una pregunta tonta, ¿cómo no saber eso? Es un concepto muy concreto, nada esotérico. Un profesional tiene prestigio cuando es ampliamente reconocido su buen hacer. ¿Cómo lo define el diccionario? “Pública estima de alguien o de algo, fruto de su mérito”. No puede estar más claro. Es casi tan fácil de entender como el significado de las palabras “mesa” o “silla”.
Pero en los últimos años suceden cosas muy extrañas. O acaso es que con los años se caen las vendas de los ojos.
¿Qué significa en Sevilla, y acaso en cualquier parte, “tener prestigio”? Pues no es lo que pensábamos.
A veces se da el caso de un profesional “con prestigio”, en el sentido de que su nombre es muy conocido en relación con su profesión… y resulta que la mayoría de los que lo han tratado en su capacidad profesional (clientes, pacientes, alumnos…) pues testimonian el haber tenido una experiencia mala. No una minoría: la mayoría. Pero se sigue diciendo que “tiene prestigio”.
¿Esto tiene lógica? “Pública estima de alguien, fruto de su mérito?”. Un dentista, un profesor, un restaurador de cuadros… Son profesiones sin mucho que ver con lo emocional, que se supone pueden calificarse de manera bastante objetiva.
Es decir, no se trata del caso de un cantante ídolo de masas que a lo mejor “no tiene voz”, o del pintor absurdo pero que vende por millones de euros. Estos son fenómenos diferentes. Aquí hablamos de profesionales del mundo más “normal”, que se supone más razonable y coherente. Un profesional que, a poco que se indague, tiene mala fama, ¿cómo puede a la vez decirse de él que “tiene prestigio”? ¿Y cómo puede seguir atrayendo a clientes, pacientes, alumnos, etc, ya advertidos de su escasa eficacia?
Omitamos el sacar a flote los (malos) recuerdos asociados a quien parece ser ahora un árbol caído; no es el momento. Pero es que hay muchos otros ejemplos.
Recuerdo un breve diálogo mantenido en los pasillos de la Facultad de Geografía e Historia en los años noventa con una compañera de otro curso. Hablábamos de solicitar becas para los cursos de verano que estaban entonces en su esplendor, y sobre los requisitos que se pedían; y la oí comentar:
– Yo le he pedido una carta de presentación al catedrático X
Me sorprendió, porque era un profesor que nos había defraudado bastante. No iba a decir nada, pero se me escapó tímidamente:
– ¡Ah! Pues a mí es uno que no me gusta mucho…
– ¡Anda, ni a mí! ¡Si es malísimo! Pero como tiene tanto… prestigio…
A décadas vista, aún perdura el asombro sentido ante semejante modo de razonar; y al mismo tiempo, se empiezan a comprender ciertos procesos del funcionamiento de esta sociedad que parecían incomprensibles.
¿Cómo pedirle una carta de presentación a un profesor que te parece “malísimo”? “Es que tiene prestigio”. Pero, ¿tan poco se aprecia la gente a sí misma? Si el recipiendario de la carta conoce de verdad al profesor y su escasa valía, ¿no temes salir perdiendo si de entrada te asocias a él?
Lo más sorprendente era la desproporción entre la enorme claudicación del propio criterio, y la nula necesidad de semejante concesión. Es decir: si una carta del profesor “malo” te va a solucionar la vida, bueno, todavía es comprensible el pasar por ese aro, como hay que pasar por tantos. Pero la pequeñez de “dos cartas de presentación de dos profesores distintos”, como requisito habitual para pedir una beca para un curso de verano… ¡vaya! No dejaba de ser algo nimio y bastante convencional, a lo que nadie daría demasiada importancia (ni nadie se creería tampoco a pies juntillas los elogios, a veces un poco excesivos, que el profesor solía hacer del alumno en tales casos). Habiendo tantos profesores con los cuales se había tenido una experiencia grata, ¿qué necesidad hay de acudir al que en privado todos consideraban malísimo – aun sin alzar mucho la voz por aquello de que “tenía prestigio”? ¿No es mejor una carta escrita con más sinceridad por alguien con quien a lo largo de un curso se ha creado una cierta estima mutua?
A décadas vista, aquel breve diálogo en un pasillo ayuda a comprender muchas cosas, sí. Infinidad de personas se fían más de esa vacua nube (“es que tiene prestigio”) que de su propia experiencia real. Y así, van creciendo a la par los dos fenómenos paralelos que se dirían contradictorios: el (mal) profesional sigue actuando mal (en privado todos hablan con asombro de lo mal que el Gran Catedrático X ha efectuado este trabajo, o impartido tal curso, o de la baja calidad de una publicación); pero esa cosa de que “tiene prestigio” (y por tanto nadie osa protestar) prevalece. Le siguen encargando trabajos, concediendo premios… y pidiéndole, los alumnos que tienen mala experiencia de él, cartas de presentación.
Y esto sucede también incluso en ámbitos más concretos, palpables… Hasta en el caso de lo más personal y pragmático (podólogos, oftalmólogos…), muchísimas personas siguen acudiendo al mismo profesional después de malas experiencias en carne propia, siempre que el susodicho tenga “prestigio”. La fe ciega en una palabra vana importa hasta más que la hoy idolatrada “salud”.
¿Quién inventó esa palabra, “prestigio”…?
A estas alturas de la vida, y con este tipo de sociedad, casi sería mejor que no existiera.





