En una novelita totalmente intrascendente, de la época en que las novelas eran la principal fuente de entretenimiento casero, aparece curiosamente esta frase, en boca de un jefe que elogiaba a una empleada contratada hacía poco:
“-No sólo domina usted el inglés y el francés, sino que además redacta correctamente en castellano, lo cual es mucho menos frecuente”.
¡Lo cual es mucho menos frecuente! Una se apresura a mirar la fecha de publicación de esta novela: 1974. Y ambientada en el Madrid de los años sesenta. ¡Curioso!
En la actualidad, el destrozo del castellano nos ocasiona varias puñaladas diarias a los que lo sentimos como propio. No nos acostumbramos a esos titulares de prensa sin artículo “Alcalde dice que tal” “Obispo anuncia esto”. Chirría, hiere el oído. Pero un listillo lo impuso, y ahora todos lo imitan. Como en el inglés periodístico se hace así, pues ya creen que esa es la forma obligada en todas las lenguas. Esto es un ataque mucho más grave que el decir “coffee shop” o “classroom” (siendo esto último también absurdo). Porque los artículos gramaticales, las preposiciones, esas cosas son el corazón de cada lengua, lo que indica unos matices, una riqueza humana, una singularidad que no tienen los nombres. Ponerse a imitar los de otra lengua cuando se emplea la propia es realmente destrozarla. Y el español pide, exige el artículo, determinado o indeterminado, aun en un titular breve. “Una niña de Santander descubre una pintura rupestre”. Quitarle el “una” es quitarle el alma y el sentido.
Hay indicios de tal cosa, no hay pruebas de lo otro, se dice en castellano. La “evidencia” es otra cosa. Fatalmente esto se ha ido introduciendo, y en este caso los grandes culpables son los “intelectuales”, sí, los “sabios”, los que participan en congresos internacionales, los más familiarizados con el inglés, en muchos casos historiadores muy defensores de la Historia de España y demás… sí, ellos, los “sabios” y los que manejaban el inglés antes que nadie, pues ellos demostraron un servilismo que no tenían los humildes y desconocidos traductores de novelas populares de los años setenta.
“El testimonio de la señora Luxmore”, reza un capítulo de “Cartas sobre la mesa” de Agatha Christie. El estudiante que luego lee el original en inglés observa que esto se corresponde con “The evidence of Mrs. Luxmore”, y percibe con fruición lo curioso, lo singularísimo de los matices de los idiomas, la distinta evolución de un vocablo latino en cada pueblo. ¡Quién iba a decir que veinte años más tarde los sabihondos olvidarían las palabras “testimonio, indicio, prueba” – todo eso puede querer decir “evidence” según el caso; y que le quitarían a “evidencia” su puro significado castellano, el de “algo obvio que no se discute”! “No hay indicios de que este alimento sea dañino”, debe decirse, o “No hay pruebas de que éste sea el ladrón”, o “Aquí está la declaración o el testimonio de Fulanito”. La evidencia es otra cosa.
Un parco consuelo a los barbarismos es la resistencia popular a algunos de ellos, por más que lleven décadas queriéndonoslos imponer. Por ejemplo, anuncio tras anuncio, una y otra vez, referido a cosas de cosmética y salud, tan opresivamente omnipresentes, no cesan de repetir. “Un gesto diario… tal y cual beneficio en un solo gesto…” Nos acribillan con eso (¡con la de millones de euros que habrá detrás!), pero no parece que el público haya adoptado tan absurda palabra. Se sigue diciendo “en dos pasos” o “de una sola vez”, o lo que sea, pero al menos la hermosa palabra castellana “gesto”, de momento sigue siendo lo que siempre fue (como en el soneto de Garcilaso: “En tanto que de rosa y azucena/se muestra la color en vuestro gesto…” Pasando por Miguel Hernández: “Para cuando me ves tengo compuesto/un poco antes de esta venturanza/ un gesto favorable de bonanza/que no es, amor, mi verdadero gesto…”).
También se obcecan, en programas de radio, y también en congresos, y en los programas de los copetudos congresos (¡A veces los que defienden la Historia de España! Pues defendámosla en buen castellano), se obcecan en imponernos lo de “Pausa” en vez de “Descanso”. Un listillo debió acudir a algún congreso en Alemania y se quedó deslumbrado con su “Pause”, y en vez de saborear lo curioso de los distintos matices del mismo vocablo según los idiomas, pues decidió que de matices nada, que a imitar la acepción extranjera aun a costa de destrozar un concepto propio. Esto tampoco parece haber cuajado, afortunadamente. Seguimos diciendo “Están en el intermedio” o “Ahora llega el descanso”. Respetamos que en español “hacer una pausa” es algo completamente distinto, mucho más fino, más sutil; se refiere a cuando una persona que está hablando se calla unos segundos y continúa luego, lo que puede indicar mil cosas en la gama de los sentimientos, de la diplomacia… en fin, hablamos de una esfera totalmente distinta al mecánico “descanso” necesario en todo horario.
Y, ¡oh, también en el mundo intelectual, el congresístico, el que escribe biografías y libros de Historia, ahí es donde el destrozo a las preposiciones, alma de cada idioma, perpetra un nuevo ataque! A saber: ahora, en servil imitación del inglés, no dicen, por ejemplo: “Debate sobre las guerras carlistas”, no, sino que anuncian: “Las guerras carlistas. Una conversación”. ¿Pero cómo una? ¿Qué es eso de una? ¿Así que omitían el artículo en los titulares de prensa, cuando el español lo pide (“Una niña descubre una cueva” hay que decir, y no el chirriante “Niña descubre cueva”), y ahora, cuando nuestro idioma de manera natural omite el artículo (“Debate sobre tal cosa” “Historia de España” “Biografía de Pérez Galdós”), ahora es cuando innecesariamente lo colocan?
“Una conversación” “Una biografía”. Ya comprendemos que es una de tantas, que se pueden escribir muchas biografías y muchas interpretaciones de la Historia. Pero lo primero es saber hablar. En español esas cosas van sin preposición. Un libro que se titulara “Churchill: A biography” hay que traducirlo como “Biografía de Churchill”. Malo es traducir mal, pero mucho peor es, no ya traduciendo, sino empleando directamente el español adoptar el estilo preposicional de otros idiomas. Debe decirse “Historia de España”. Y si quieren un título más original, pues discurran algo (como “Historia de España para escépticos… para jóvenes…” lo que sea). Pero una, no.
La enfermedad del Papa ha vuelto a poner de relieve otro barbarismo que por desgracia se va extendiendo bastante (pero como siempre, ¡desde arriba! ¡desde las altas esferas, desde los “sabios” de este mundo, queriendo obligar al pueblo llano que habla bien a que hablen mal! Pero es que hay que imitar al inglés, en eso consiste la “sabiduría”). Es el mal uso de la palabra “condición”. Un enfermo puede tener una patología en los pulmones, o una afección si lo quieren más fino. Una afección, una lesión, una patología… vale. “Condición” en español es otra cosa. Decimos: “Vale, te acompaño pero con una condición” (y la condición es ir en coche, o volver temprano, o cualquier cosa. ¿Qué tiene que ver eso con enfermedad alguna?). Y lo decimos muy bien dicho. ¡Ah, pero es que ellos –los congresistas, los doctores- oyeron hablar en inglés, de que “Mr. Harris has a medical condition”, y de repente creyeron que el pobre Cervantes no sabía hablar, son ellos los que ahora saben cómo deben decirse las cosas…!
Todavía se podría hablar de “estar en malas condiciones” (aunque eso como parte médico es poco elegante. Esa expresión es más adecuada para referirse a una nevera vieja). Pero dicho en singular, “condición”… es una condición. “Te doy lo que quieras a condición de que te calles”. Condición no es patología.
Ahora sale una entrevista con el ex Presidente Aznar, al que se le podía suponer, acertado o erróneo, persona con amor a España. Pues sin querer leemos “Y en cuanto a política doméstica…” (¡qué difícil es leer dos frases en cualquier lado sin sufrir!). Los asuntos domésticos, en español, son los referidos a la escoba y la fregona. La política interior es eso, política interior. Ministerio del Interior. Vuelos nacionales. (¡Oh, pero cómo se les subió a la cabeza lo de moverse en esfera angloparlante –“qué listo soy, sé inglés, qué bien lo entiendo todo”- ver que allí sí dicen “domestic flights”, y en vez de paladear la riqueza, las finuras de cada idioma, pues ahora quieren destrozar el nuestro, y de paso, casi diría que el inglés también. Ambos idiomas pierden peculiaridad).
Y la pérdida del impersonal “Se puede recorrer esta provincia en un día”, imponiendo el “Tú puedes recorrer…”, otra servil imitación del inglés absurda, empobrecedora. Cierto que muchas veces hablamos así en segunda persona, pero no tanto, ni menos en ocasiones más formales y por escrito.
No acabaríamos nunca. Por poner un punto final: el uso de la palabra “coraje” para dar a entender valor o ánimo o valentía. “Me da coraje” en nuestra tierra tiene un significado muy distinto. No copien ni mal traduzcan el “courage” cuando hablamos en castellano. No quieran hablar mejor que Don Quijote de la Mancha, que a más de valiente, sabía expresarse:
“Bien podrán los encantadores quitarme la ventura, que el esfuerzo y el ánimo será imposible”.
¡Qué coraje da que le enmienden la plana a Cervantes, y por ende a todo el pueblo llano español!






1 Comment
Una broma escuchada en la época de los años 1970 decía: «¡Qué inteligentes son los ingleses, desde la tierna infancia hablan y entienden Inglés!».
Felicito y saludo a la escritora e historiadora Gloria Cruz.