No me he confundido. Lo escrito está más que correcto, incluso hiperbolizado; pues aunque parezca más una antítesis, es un pensamiento que en no pocos ciudadanos se va asentado como una necesidad o, como poco, como una opción nada descabellada.
Si cuando acudimos a un médico, a un abogado, a un arquitecto o a cualquier profesional, de estos esperamos y deseamos que su formación haya sido contrastada y su capacitación, por tanto, notable para solventar las difíciles situaciones a las que sus status les conllevan, visto que para ser político hoy día vale cualquier cabalgaburros y falsificador de notas; que los supuestos notables del actual Gobierno dicen ser doctores en Derecho Constitucional, en Ciencias Políticas, en Economía…, y aun así, siendo estos los eminentes, tenemos, con toda seguridad, el peor, el más descabezado, más ideologizado, más nocivo, más mentiroso, más sectario, más manipulador, más inútilmente derrochador, más deficiente e incapaz Gobierno desde la instauración democrática, ¿quién mejor que Felipe VI para llevar las riendas de España, que lleva toda su vida, sin exageraciones, preparándose para ser rey?
Los continuos achaques a nuestra jefatura de Estado, más que minarla han afianzado este, digamos, deseo no extrapolado aún a estadística de una parte de la población que se siente estafada por una «élite política» prosaica y, por prosaica, entienda vulgar. España, que pudiera denominarse el reino republicano en su más estricto sentido del oxímoron –un reino, por tener rey, pero con una configuración estatal más próxima al federalismo que a cualquier otra cosa relacionada con la monarquía–, no cuenta hoy con profesionales de este deber, no ya cualificados, ni siquiera aptos para ejercer de manera conveniente para el bien del país en su conjunto, en justicia y en toda su amplitud de pareceres, sus funciones. Cada cual abona, siembra y ara para su terruño sin importar cómo quede el resto.
Decía el ínclito vicepresidente segundo, el señor Iglesias que, tras el discurso del rey en la pasada velada de Nochebuena, en las mesas se hablaría sobre república o monarquía. Pues, señor suyo –que para mí no lo quiero–, si tenemos que convenir qué es lo que más le hace falta a España en ese sentido permítame, como español con pensamiento libre, independiente, sin necesidad de manipulaciones al rebaño y aún con derechos, preferiría mil o un millón o mil millones de veces tener a Felipe VI como rey de esta república de autonomías que a cualquiera de los políticos actuales como presidente del reino.
Don Felipe, con un mensaje vigilado ex profeso por el Gobierno –¡ay, si Felipe pudiese decir todo lo que piensa!–, dejó caer con los mensajes cifrados de las imágenes y alguna que otra frase hilada con tanta finura que, para no pocos, estoy convencido, fue demasiado sutil, las directrices que lo llevan a ser la mejor baza para, permítanme, capitanear esta nación que entre hispanófobos, prensa de régimen, déspotas disfrazados de demócratas, atizadores ideológicos moralistas, despreciadores de la libertad de opinión (contraria a la suya, claro), antifascistas fascistas, derrocadores constitucionalistas que prometieron cumplir la Constitución, y pónganle a esta lista lo que se les ocurra, no es otra que conservar el legado del 78. Un legado con fallas, sin dudas. Un legado que, en pos de la comunión, dio demasiada permisividad a ciertas diferencias regionales. Un legado que se envenenó cuando, en su nombre, se cometieron atropellos a los derechos que ya recogía la Carta Magna y quisieron hacernos creer, y hasta lo lograron, que vivíamos en un continuo estado de desigualdades sociales a todos los niveles. Un legado que ha dejado diecisiete autonomías y un abismo entre ellas de protocolos indignantes para acceder a servicios básicos públicos, mayores que si tuviésemos que utilizar los de cualquier país miembro de la Comunidad Europea. Un legado a revisar, por supuesto, pero para reforzarlo y quitar esa mala postilla de las exclusividades.
A la Casa Real se la reclama por las indiscreciones descubiertas a don Juan Carlos I. Al PSOE ni un rechiste por la vergüenza del desfalco durante cuarenta años de gobierno en Andalucía, por su asalto a mano armada contra los poderes independientes, por su gestión nefasta de la pandemia, por la utilización de la fiscalía y abogacía del Estado para sus réditos y no digamos ya su más que trilera fórmula de aprobar leyes por la vía rápida, sin contar con la opinión de expertos (eutanasia, aborto…) y relativizando hasta lo despreciable el derecho a vivir. Aquellos que hoy defienden a capa y espada estas dos últimas leyes citadas y aprobadas, en especial la de la eutanasia, que no les toque tener que enfrentarse a ellas. A Podemos ni un reproche por sus estrechos y nunca excusados vínculos con el narchochavismo, por las condenas en firme de algunos de sus personajes más relevantes, por sus demagogias y chiringuitos ideológicos, por su dinaminatizadora política contra la unidad del país, por sus más que flirteos con la hez filoterrorista, por su machismo de partido (toma del frasco) y la colocación por emparejamientos carnales… En fin.
Si se diese lugar al famoso referendo que tanto se reclama, no solo desde la izquierda, también desde otros grupos, sobre monarquía o república. Si dicho referendo se diese con la certeza de toda legalidad real vigente. Si dicho referendo no fuese denominador necesario para un nuevo enfrentamiento civil, sin duda estaría de acuerdo, como acepto la idea del republicanismo tanto como la del monarquismo, en su celebración. Pero, ¿qué república es la que se busca hoy? ¿La III república que tanto propugnan y se basa en la fallida, indecorosa y nada democrática que hubo desde 1936? ¿Confiarían ustedes en los impulsores actuales de este referendo? Conociendo el pensamiento de rebaño, ese que citaba antes, tan dado hoy en ese afán manipulador, de confrontamiento y polarización partidista, estoy seguro que a la tercera pregunta no faltarían síes. Pero si son de los que van ajenos a la grey, sopesen.
Yo me reafirmo. ¡Qué buen rey para una república sería Felipe VI!





