Confieso que cuando me enteré de la noticia de la apertura del Puy Du Fou, el parque temático en Toledo sobre la historia de España, me puse a temblar. El proyecto no sólo abordaba una materia fácilmente trivializable (espadachines y acrobacias hollywoodenses, anacronismos, etc.) sino que era un perfecto caldo de cultivo para seguir alimentando la Leyenda Negra con inquisiciones, Armadas ‘invencibles’, fanatismo o ‘genocidios’ en América.
Es preciso recordar que aunque la Leyenda Negra es un invento anglosajón (inglés, holandés y, en menor medida, francés) hemos sido nosotros, los españoles, quiénes con mayor fervor la hemos difundido, por la doble vía de, por una parte, ignorar las incontables gestas de nuestra historia (el imperio Hispánico, las avanzadísimas leyes de Indias, la invención del moderno derecho de gentes o internacional, la creación de universidades y hospitales en Iberoamérica, las expediciones científicas y filantrópicas, nuestro rol fundamental en la Independencia de los Estados Unidos, la primera circunnavegación del mundo y con ello la primera globalización, etc.) y, por la otra, el tragarnos sumisa y acríticamente las innumerables mentiras o exageraciones de la Leyenda Negra (número de víctimas de la Inquisición, la falsa denominación de Armada ‘Invencible’, la inexistente decadencia de los siglos XVII y XVIII, la carencia de ciencia y cultura como si esto hubiera sido un erial, etc). Esta doble e increíble actitud patria ante la Leyenda Negra – por acción y omisión – podría explicar, por ejemplo, que tras siglo y medio de la invención del cine no exista más que un puñado de películas españolas que merezcan la pena sobre nuestra historia. Y cuando algún director se anima a tal empresa, el guión suele seguir al pie de la letra la partitura negrolegendaria: frailes y obispos fanáticos, soldadesca embrutecida, reyes degenerados y militares ambiciosos. ¿Por qué no se ha rodado todavía alguna película meritoria y comercial sobre la vuelta al mundo de Elcano, las Navas de Tolosa, Numancia, Sagunto y las guerras púnicas, la guerra de la independencia, la guerra de África y el desastre de Annual, las guerras civiles de Castilla, la Reconquista (anda que no hay carnaza para guiones), la Contra Armada, el Gran Capitán, los Tercios en Flandes, la expedición de Balmis-Zendal, etc? Nunca he entendido este desinterés, habida cuenta de que tenemos a mano los escenarios naturales y las fuentes históricas. En cualquier caso, quede constancia que, de un tiempo a esta parte, hay algunos historiadores y divulgadores en lengua española que están contrarrestando con sus obras las tergiversaciones de la Leyenda Negra: María Elvira Roca, Carmen Iglesias, Marcelo Gullo, Luis Antequera, Álvaro Frigdiano Durante, Pedro Insua o el director de cine José Luis López-Linares, entre otros.

Por todo esto cuando supe de este parque temático – de origen francés, para mayor inquietud – me puse a temblar. Ayer, sin embargo, y por presión familiar nos animamos a pasar el día en Puy Du Fou y me apresuro a confirmar que es un parque temático sensacional.
Para empezar el tinglado está situado en un terreno toledano bastante seco y árido – al norte del yacimiento arqueológico visigodo de Guarrazar -, tal y como debieron ser aquellas llanuras castellanas que iban siendo repobladas a golpe de ‘polvo, sudor y hierro’, como nos recuerda el poema de Manuel Machado. Al acceder al parque desde el inmenso aparcamiento lo primero que se divisa son las altas almenas de un castillo medieval, con sus flamantes estandartes rojos mecidos suavemente por el viento seco y ambientadas por una excelente banda sonora muy envolvente de Natham Stornetta (búsquenla en Spotify). Aunque es evidente que el castillo y resto de edificaciones son construcciones modernas que no pueden competir con los cientos de castillos en Castilla, las reproducciones consiguen el mínimo rigor exigible a un parque de atracciones de carácter divulgativo. Los puristas encontraran muchas pequeñas inexactitudes, pero el conjunto paisajístico es realista y hace que te sumerjas sin demasiado esfuerzo en la Castilla del siglo XI, XIII o XV según las zonas que estés visitando del enorme parque. Al pasear por los caminos polvorientos – salpicados de carretas, cántaros, corrales y toneles – se recorren arrabales, villas, mercados, escribanías (fascinante el maestro calígrafo), herrerías y hasta tabernas tardomedievales (hay una gran oferta de bares, heladerías y restaurantes, si bien la comida no es lo más relevante de Puy Du Fou).

Las diferentes atracciones que se ofrecen son realmente impresionantes en su fondo y forma, con unos decorados y dirección artística dignas del mejor musical de Broadway o del más llamativo espectáculo en los estudios de la Warner o la MGM. Y la banda sonora de cada espectaculo, como decía, es de un altísimo nivel, perfectamente equiparable en calidad al James Horner más épico o al Hans Zimmer más lírico.
Tanto ‘El misterio de Sorbaces’ (sobre el Grial y el tesoro de Guarrazar de Suintila y Recesvinto), como ‘El último Cantar’ (sobre el Cid) o ‘A pluma y espada’ (sobre Lope de Vega) te dejan con la boca abierta, al tiempo que te sumergen respectivamente en la España visigoda, las gestas del Cid en el siglo XI o la azarosa vida de Lope de Vega en el siglo XVII. Todas ellas están magníficamente guionizadas, con unos textos que merecerían ser publicados y con unos actores que recitan con la pasión, solemnidad o desgarro que los hechos merecen. Y en todos los casos se ofrece una visión histórica muy alejada de los tópicos habituales (la manida convivencia pacífica entre cristianos y musulmanes) y en dónde el hecho religioso y la fe cristiana prácticamente están presentes en todas las historias de Puy Dy Fou pues, efectivamente, nuestra historia no se puede entiender si la ‘descristianizamos’, tal y como pretendieron hacer los nazis, por cierto, con la historia de Alemania y por extensión de Europa.

Sin ser un hombre religioso esta parte me gustó casi tanto como sorprendió, porque hoy en día lo habitual es juzgar nuestro pasado profundamente creyente con nuestros ojos contemporáneos, más bien escépticos o descreídos. No hay bromas ni chistes fáciles sobre obispos, santos, vírgenes y hasta el Grial que también anduvo por España y cuando se aborda el sentimiento religioso de aquel pasado se hace con el respeto y la devoción – inevitablemente simplificada en espectáculos habitualmente de 20 minutos – que habrían tenido aquellos hombres, rudos pero creyentes. Esto es especialmente visible en ‘El misterio de Sorbaces’ y el absolutamente maravilloso ‘El sueño de Toledo’ que cierra la jornada; un verdadero prodigio de escenografía, síntesis histórica, leyendas, música y coreografía. Y, además, creo que tiene el enorme mérito ético-cívico de abordar nuestra historia despojada de odios ideológicos, poniendo el acento en todo aquello que nos une como españoles y lamentando esos luctuosos momentos – como la Guerra Civil – en que decidimos matarnos entre hermanos. Fue realmente una noche muy hermosa, en donde bajo las estrellas de Toledo se mantuvo viva la llama siempre frágil de la cooperación frente al hielo eterno del enfrentamiento. Hay que ver ‘El sueño de Toledo’ para entender lo que digo.
Además, el parque ofrece la posibilidad de recorrer las bodegas de un galeón español en su travesía a las Indias occidentales («Allende la Mar Océana»), con un realismo que hace que te tambalees y mojes en plena tormenta oceánica y en dónde podremos también ser testigos del encuentro de nuestra reina Isabel la Católica con Cristóbal Colon. En el breve diálogo que escenifican se vuelve, una vez más, a contrarrestar la Leyenda Negra pues imagina el momento en que la reina pide a Colón que los indios, sus súbditos ‘nunca sean tratados como esclavos’ (algo que efectivamente Isabel plasmó en su testamento y posteriormente se fue recogiendo en sucesivas leyes de Indias). Un aplauso para el guionista.

El espectáculo ‘Cetrería de reyes’ es muy llamativo por el vuelo a ras del público de numerosas aves de presa (águila real, halcón, etc) debidamente amaestradas. Es increíble lo que un buen cetrero puede conseguir de estas aves tan regias…
Un aviso: lleven ropa, gafas de sol, sombrero y calzado cómodo y adecuado a la temperatura prevista para ese día (que puede variar en varios grados desde el mediodía a la medianoche). Los paseos son constantes, pues los ocho espectáculos principales están calculados para que al terminar uno se pueda visitar el siguiente, haciendo la inevitable cola (entre 20-30 minutos, tiempo de antelación que se recomienda para cada espectáculo). Y las distancias entre cada espectáculo son notables. Al finalizar el día habíamos caminado unos 11 kilómetros.
Dicho todo lo anterior, conviene insistir en la idea de que Puy Du Fou es un parque temático y no una cátedra de historia o un parque arqueológico como el muy cercano de Guarrazar. El hecho histórico se trata divulgativamente y, por tanto, con numerosas lagunas e imprecisiones (por ejemplo, llama mucho la atención la ausencia total de los judíos en los espectáculos que pudimos ver, más allá de alguna alusión musical). No se busca una lección magistral sin fisuras, sino enseñar a amar poco a poco nuestra historia y hacerlo desde los numerosos y maravillosos flancos que existen para quien quiera verlos.





