Occidente y su «cultura de la cancelación» ha perdido los estribos. Mientras que a nivel macro dejamos hacer libremente a todos los tiranos pues dependemos de ellos en muchos ejes estratégicos (energía, materias primas), a nivel micro nos damos pataditas en nuestras propias espinillas creyendo que con eso ya hemos cumplido «éticamente» ante una ciudadanía cada vez mas alcoholizada por la corrección política que ha bebido sin mesura desde hace décadas.
Desde las prohibiciones de ‘Matar a un ruiseñor’, los comics de Tintín o «Lo que el viento se llevó» pasando por el derribo de estatuas de Colón, fray Junípero Serra o Ponce de León, la adaptación cinematográfica de figuras históricas blancas (Ana Bolena, Felipe II) encarnadas por actores negros y toda la locura expansiva de las políticas de identidad Occidente desciende en un Maelströn de buenismo paralizante en donde todo ofende y todo lo potencialmente ofensivo debe prohibirse. La Ginebra de Calvino en versión metaverso.
Tras el crimen de agresión de Putin, ahora Occidente se lanza entusiasmado a la prohibición de todo lo que huela a ruso, por el simple hecho de serlo y por no querer o no poder avergonzarse públicamente su autor de ser ruso, como mandan los cánones de una buena Purga. Ojo que de lo que debe avergonzarse un ruso, por lo que se ve, es del hecho de ser ruso. Basta tener el pasaporte ruso para llevar ya el estigma de Caín marcado en la frente. Por eso Occidente se siente muy aguerrido y muy justo, prohibiendo exposiciones de arte ruso, cancelando conciertos de filarmónicas rusas o censurando obras maestras de la ciencia ficción como ‘Solaris’.
Ni siquiera en plena Guerra Fría se planteó Occidente prohibir las grandes películas propagandísticas soviéticas de S.M. Eisenstein (Octubre, El acorazado Potemkin, Iván el Terrible, …), ni dejamos de admirar a los grandes ajedrecistas, músicos o deportistas del bloque soviético desde Alekhine, Karpov, Kasparov, Prokopief o Nadia Comaneci por nombrar unos pocos.
Y es que creo que una cosa es la necesidad de actuar políticamente y con dureza – mejor sin guerras nucleares – ante la agresión de Putin y otra, bien distinta, hacer extensivo a la totalidad del pueblo ruso – en gran parte su primera víctima – una censura y un ostracismo que ni ellos ni nosotros merecemos. ¿He escrito ‘nosotros’? ¡Por supuesto! pues impedirnos acceder a lo mucho bueno que ha creado la cultura rusa es privarnos de un patrimonio universal que debería estar muy por encima del tirano de turno.





