Somos enemigos de prohibir, y con espanto observamos la realidad, aunque nos resistamos a admitirla, de estar viviendo en una época opresiva.
Al comprar unas postales y estampas en un santuario famosísimo, vemos que ya no dan el sobre, el simple sobre de fino papel como el de los estancos, con el nombre del santuario -que era lo que más ilusión hacía de la compra, aparte de por colaborar, pues, ¿quién utiliza hoy postales? Y dice el fraile vendedor: “No, ya no damos sobre. Es por el medio ambiente”.
En fecha señalada, recibimos un regalito así entregado en mano en toda su vulgaridad (como si hubiéramos dicho “Acércame un tenedor” y alguien nos lo trae – así de prosaico). Se ha suprimido el sencillo y encantador papel de envolver, que constituía, ahora lo vemos, todo el encanto de un regalo. Pues un objeto más o menos, ¿qué más nos da? Pero la ilusión de recibir un paquetito misterioso y la intriga de abrirlo… La parte más ingenua y bella de la psicología humana hace que ese hecho simplísimo proporcione un inocente placer.
¿Qué oscuras fuerzas trabajan para arrebatarnos la alegría?
Es evidente que no se trata de evitar el exceso de residuos. Si esa fuera la razón, hay miles de frentes en donde luchar, muchísimo más importantes. Por ejemplo:
– Continuamente nos vemos obligados a renovar los electrodomésticos, televisiones, ordenadores, impresoras, aparatos de escáner. Con asombro oímos que vienen con “obsolescencia programada”, es decir, no se espera que duren.
– Incluso cuando el aparato funciona bien, un caprichoso cambio de tipo de cable o adaptador “oficial” convierte en inservibles a millones de impresoras y aparatos de escáner (por citar este ejemplo oficinesco, aplicable a muchos más campos).
– Las cocinas, instalaciones de cuartos de baño, etc, están pensadas igualmente para ser renovadas cada pocos años (es curioso que los que tanto sufren por tirar comida- un bien perecedero por definición – nunca se planteen qué sucede con los millones de bañeras, lavadoras, ordenadores, teléfonos móviles etc, desechados. “Es que van al Punto Limpio”. Bueno, pero ¿y a partir de ahí?)
– En torno al año 2000, podemos aventurar que en España podía haber unos… cuarenta millones tal vez de cámaras fotográficas digitales compactas. Nadie las utiliza hoy. ¿Dónde están? ¿Cuánto tardarán en desintegrarse?
– Bajo el epígrafe de “material escolar” (que, como súbdito de lo que llaman “Educación”, ya parece que todo lo justifica), se venden anualmente millones de gruesas, complicadas mochilas de pesado plástico, con las imágenes de moda del momento, lo que impele a su continua sustitución; así como estuches variadísimos, todos de un plástico agresivo, grueso, llamativo… ¿Le llaman “Educación”? Es moda y postureo, justo lo más antieducativo, instilar la ostentación y el servilismo a las grandes marcas desde pequeños. Una simple mochila de tela monocolor podría durar años, y produciría además una estética más apacible en los colegios.
– Hace unos años, todos empleábamos calzado tradicional, que se limpia con cremas y cepillo. En la actualidad, prácticamente el conjunto de la población utiliza zapatillas deportivas, que se lavan en la lavadora (especialmente desde que la moda ha decidido suprimir el uso de calcetines). Esto puede suponer pongamos, un exceso de cuarenta millones de “lavadoras” semanales que antes no eran necesarias. No cabe más desperdicio arbitrario de agua y energía.
(“No cabe”, en fin siempre cabe. Pero es que de momento nos estamos refiriendo sólo al ámbito doméstico. Obviemos lo que hacen las Administraciones).
Repitamos: somos enemigos de prohibir. Instintivamente nos desagradan las restricciones y las limitaciones a la libertad; no deseamos perjudicar a ninguna empresa honrada que fabrique mochilas o estuches, ni zapatillas deportivas, ni que instale efímeras mamparas de ducha, ni que mantenga puestos de trabajo precisamente gracias a la obsolescencia programada. Consideramos que el ser humano es más importante que el planeta. No nos gustan las prohibiciones.
Pero ya que se multiplican las prohibiciones; ya que la libertad ha desaparecido, que el control invade nuestra vida más íntima, que la regulación ha matado infinidad de negocios… la cuestión es: puestos a prohibir, prohibir, ¿por qué no se hace con algo de criterio?
No hay verdadera preocupación por evitar un exceso de residuos, cuando el estilo de vida que se nos impone (los ejemplos citados y mil más) conduce a una multiplicación descomunal de muy sólidas basuras, sin que nadie lo cuestione. Las cantinelas de “concienciación” tienen otro objetivo.
Las prohibiciones que sí se llevan a cabo (suprimir el papelito de envolver, la tarjeta de felicitación, el sobre del santuario al que se ha peregrinado) parecen dirigirse sólo y exclusivamente a despersonalizar al ser humano, a arrebatarle lo que en su vida pueda haber de intrigante, simbólico, misterioso… a quitarle las más inocentes de sus alegrías.
También a quitarle el sentido del decoro, la elegancia y la privacidad (no hay bolsas – ya circulamos por la calle como animales con su presa en la boca, llevando en la mano a la vista de todos lo que acabamos de comprar…)
“Tu cable ya no se fabrica. Tendrás que comprarte otro móvil. Y tu impresora ya no es compatible: necesitas otra. Pero, oye, ‘por el planeta’, pues… ya no tendrás, al salir a la calle, el ingenuo gozo de las luces de Navidad”.





