Si hay que ser el cascarrabias, eso será muy triste, y además una verdadera paradoja para quien se ha pasado la vida defendiendo las ceremonias tradicionales en medio de un panorama hostil y despectivo.
Es peculiar verse, cual héroe involuntario, representando ese papel, del que acaba teniendo que defender siempre la idea que menos está de moda. Pero, ¿qué hacer, si se defiende siempre lo mismo frente a las modas cambiantes?
Lo que hasta hace poquísimo era objeto de comentarios cínicos y, en el mejor de los casos, de benévolo desprecio, como quien tolera algo popular si bien absurdo y supersticioso… de repente es llevado a la cúspide la moda, de lo guay. Se retransmite, se multiplican los periodistas enteramente dedicados a ello; todos los medios, los tradicionales y los nuevos (desde las televisiones y periódicos de siempre hasta todo tipo de foros y de canales de Youtube y otros medios), todos se vuelcan con ello, lo describen, lo desmenuzan, lo diseccionan a la vez que lo alaban, lo ensalzan, lo aplauden… de manera totalmente unánime.
Como en el caso de la Magna de diciembre, como en el desorbitado “Jubileo de las Cofradías”… Cuando las cosas eran auténticas, todo eran críticas y desprecios hacia el “rancio, anticuado, supersticioso” mundo cofrade, que sobrevivía por sí mismo, por su propia fuerza, en medio de los ataques. Y ahora que las cosas se han deformado tanto, ahora no es que haya desaparecido el cinismo y el desprecio (que eso sería buena, muy buena noticia), es que se ha metamorfoseado en una alabanza tan unánime, tan abrumadoramente elogiosa, tan aplaudidora de todo que realmente… es como para sentirse desconcertados.
El Corpus Christi era una fiesta especialmente entrañable en Sevilla, que se vivía, no se retransmitía ni se comentaba. Lo especialísimo era la naturalidad con la que se vivía ese esplendor. La gente se arreglaba para ver la procesión. Todos se arreglaban. Era un modo auténtico de participar. La multitud era enorme, en la plaza de Salvador, a la entrada en la catedral, y en todo el recorrido; bueno, en la Plaza de San Francisco ya era impensable el poder acceder.
Puede verse en la fotografía el ambiente del público veinte años atrás (ambiente que se mantuvo aún mucho tiempo, hasta hace pocos años). En la Avenida, que era el lugar más despejado y tranquilo para ver la procesión, había tres o cuatro filas de sillas, siempre completamente llenas. Luego, la valla (esta sí que justificada) para mantener el espacio sereno de las sillas; y detrás, numeroso público de pie. La actitud tanto del público como de los desfilantes era tan distinta a la actual que cuesta trabajo recrearla. Se iba a vivir algo intenso, hermoso; también con su parte de cansancio (todas las cosas que merecen la pena tienen ese componente. Hasta una corrida de toros tiene mucho de incomodidad y a menudo de aburrimiento. Todo lo que vale requiere un esfuerzo, aunque sea para disfrutar). No se iba con la actitud distante del reportero. Se iba como el que participa de algo propio. Se va a vivirlo.
El momento de irse sentando, de pisar, con cierto reparo de estropearlo previamente, el romero del suelo. Ver llegar a los carráncanos. Ir observando los estandartes de las distintas hermandades. Sí, esta parte podía cansar (¡todo lo bueno requiere un esfuerzo!). Se saboreaba con fruición la llegada de nuestros santos de plata, ¡gracias a verlos, así tan hermosos cada año, se hacían más nuestros! San Isidoro, el gran sabio, es por supuesto el que lleva el libro, ¡qué simpático el verlo alejarse, reluciendo la plata al sol! Luego ya la apoteosis, la serie de pasos importantes; cómo iba subiendo poco a poco el nivel de solemnidad en los atuendos y actitudes… Eso había que contemplarlo bien. Para saborearlo, había que cansarse. Es parte indispensable.
Todo el público iba vestido como el que asiste a una Primera Comunión, y con más motivo. No se iba a ver, saludar y fotografiar, repetimos. Se iba a vivirlo.
Si se reconocía a uno de los desfilantes, podía darse una sonrisa discreta, un leve alzamiento de cejas. No más. No se perdía la compostura.
Y al terminar –sobre las once de la mañana, si se había estado en la Avenida- una búsqueda del café, con una sensación plena, de enorme felicidad.
¿Tiene eso algo que ver con lo que vemos hoy? Esto no es opinión subjetiva, no hay más que abrir los ojos. En ese tramo de la Avenida no queda sino una fila intermitente de sillas, que además se queda vacía en su mayor parte. Han quitado las vallas (que aquí SÍ cumplían una gran función, de respeto y solemnidad – sin interrumpir del todo la posibilidad de cruzar en algunos puntos, pero desanimando de ello). Público de verdad no hay apenas. Y el que hay es o de “guiris” o, lo que es peor, de sevillanos disfrazados de guiris: con el short, la cámara en ristre, y la mirada de leve curiosidad como ante cualquier diversión callejera que se preste a la foto.
Los que desfilan ya no han olvidado todo resto de solemnidad. Muchos van manteniendo la charla casual, cirio en mano, durante todo el recorrido. Y hasta los más cercanos a la Custodia caminan de otra manera. No es que se dé la discreta sonrisa al responder al saludo de alguien. Es que van ansiosamente mirando a unas cámaras y otras, mirando sedientos a izquierda a derecha, para que nadie deje de verlos y de saludarlos y de fotografiarlos. Las caras lo dicen todo. Cuando la actitud se distancia tan por completo de atuendo, es cuando este último da la impresión de disfraz.
Y sobre todo, ya no se da ese pathos de todo un pueblo contemplando la belleza de la Inmaculada, del Niño Jesús…Cuando todo alrededor es foto, foto, foto, ya esa solemnidad, ese deleite en la pura contemplación se ha desvanecido. Se han multiplicado los reporteros y cronistas de lo que ya no existe.
Alguien, viendo la Custodia de Arfe de lejos, en la catedral ya casi preparada para salir, dijo: “¿Pero esa es la chica o la grande?”. El mismo preguntador se quedó como avergonzado de su duda, ¡vaya error, después de verla todos los años y de conocerla tan bien! Pero era lógico. Ha perdido su verticalidad, esa que maravillaba e imponía. Al adaptarla para mayor gloria y lucimiento de esa nueva aristocracia, los costaleros, pues se ha achaparrado.
Nadie lo dirá. Como en el cuento del rey desnudo.
Al unísono, todos los medios tradicionales y modernos elogian, alaban, aplauden esta transformación descabellada de lo único importante, a lo que le han quitado verticalidad, de modo que ahora el punto de mira es abajo. En vez de animar a mirar al cielo, se fotografían los tobillos de los hombres. “¡Decisión acertada, acertada!”. Todos lo repetirán. Y la Custodia con el Santísimo pasa, achaparrada, unificada a todo el resto, y atiborrada de fotos y de selfies, como un pasito más.
Una novela de Bruce Marshall, titulada en español “A cada uno un denario” (en otros tiempos a veces las traducciones hasta superaban al original; esto es mucho más bello que “To every man a penny”) describe, con ternura y humor, la dura vida de un sacerdote de París en la primera mitad del siglo XX, con sus mil paradojas. Sufrió por ayudar a un herido inglés, cuando la corriente de opinión era favorable a los alemanes. Pero luego recibió hasta palizas, acusado de traición por acoger a una joven alemana, cuando las tornas habían cambiado. Y si en los años veinte el protagonista, el Abate Gaston, había sido el único que respondía al saludo de ciertas jóvenes “de dudosa vida”, cosa que le reprochaba su párroco, pues veinte años más tarde, ya con la ola de jovialidad, era el nuevo párroco joven el que, recién llegado y sin molestarse en conocerle, le soltaba este discurso: “Habrá visto que yo saludo hasta a las chicas de la esquina; sé que usted no lo comprenderá y hasta se sentirá escandalizado, pero que sepa que hay que emplear nuevos métodos”. Esta y otras mil cosas ocurrían en la vida del Abate Gaston, que por supuesto nunca llegó ni a párroco. Pero al final de sus días, comprendió la belleza de la parábola de los trabajadores de la viña, que siempre le había intrigado; y aun medio ciego y paupérrimo, se dio por felicísimo y harto recompensado, de haber sido uno de los llamados a primera hora, y de haber soportado, sin perder jamás la fe, todo el peso y el calor de la jornada.
En fin, no va una a compararse con este entrañable héroe de novela. Pero un amago de tentación claro que entra. Sobre todo al recibir mensajes con opulentas y pomposas fotos, cirio en ristre, de las mismas personas que decían hace veinte años:
-Ah, ¿pero tú vas a eso?- (todo el desprecio del mundo condensado en el “eso”).





