Los primeros días de este encierro, algunos nos sorprendíamos de no sorprendernos ante las imágenes, supuestamente impactantes, que llenaban y llenan los periódicos, televisiones y redes: las imágenes de señeras calles y plazas totalmente vacías, así como de playas y parques.
¿Seré insensible?, se podía pensar. Pero no, porque el hecho de la prohibición de salir es de las emociones que más intensa y dolorosamente he podido experimentar. Más bien, me sumo a aquellos a quienes este hecho les afecta hasta lo hondo de las vísceras.
El hecho pues, sí, conmueve, y cómo. Pero la imagen, no. ¿Cómo es eso? Pues… en realidad, la estampa de una gran ciudad vacía, tanto más impresionante cuanto mayor y más activa sea la urbe, no le es extraña a nadie que haya tenido que recorrerla, por ejemplo, un domingo a las siete de la mañana. Y ni hay que madrugar tanto: a las nueve, un domingo, salvo eventos especiales como un maratón o algo así, la ciudad está desierta, tan desierta que a veces es imposible dar con un café abierto para el desmayado peregrino. Madrid, Roma, Florencia, Sevilla… los grandes monumentos simbólicos ahí solitarios sin un alma le suenan a cualquiera que, por trabajo o por turismo, haya madrugado más de lo habitual, especialmente en un festivo. Así pues, la mera fotografía de la Avenida vacía, del Coliseo solitario, no es representativa de la tremenda situación de este 2020.
Pero aún hay más razones para no impresionarse. Si con respecto a las ciudades que conocemos, la estampa del vacío no puede impactarnos mucho si ya hemos visto en alguna ocasión la misma soledad sin necesidad de crisis alguna, podía pensarse que a lo mejor nos sorprendíamos ante las fotos y vídeos de entornos célebres, pero que no conocemos de primera mano. “¡Nueva York vacío! ¡El Taj Mahal sin turistas! Abrid este vídeo, os quedaréis estupefactos”. Bueno… pues el asombro no llega. Que la situación es espeluznante, seguro; pero las fotos NO lo reflejan.
Y pensando un poco, la explicación es tan obvia que lo que asombra es el no haber caído en la cuenta antes. Veamos, pensemos en monumentos célebres, antiguos y modernos, en playas famosas también, en todos los lugares señeros que conocemos sólo “por foto”. ¿Qué imagen tenemos de ellos? Desde los entrañables folletos turísticos de antaño hasta el infinito océano de fotos de TripAdvisor y páginas similares, los monumentos aparecen SIN PERSONAS. Catedrales y playas han sido cuidadosamente despojadas de humanos, que al parecer quedan muy feos en la foto. Hasta las fotos más personales de “amigos”, casi todos procuran que no se vea a nadie, que no salga en la foto ningún humano que no sean ellos. Y si alguno se cuela, el fotoshop puede eliminarlos fácilmente. Ninguna playa, ningún entorno idílico de montaña se anunciará con la presencia de seres humanos, pues éstos al parecer espantan a los… humanos.
A algunos no nos molesta, al hacer la foto turística, que salgan otras personas al fondo, pues así se ve el ambiente. Pero incluso a los que no nos molesta, tal vez también, sin darnos cuenta, procuremos evitar a humanos ignotos al fondo… no sea que alguien nos denuncie por sacarlo sin permiso (en esto de las prohibiciones, estábamos entrenados, ¿eh?). En resumidas cuentas: la imagen que nos suele llegar de los grandes monumentos en épocas normales es casi igual que la que nos muestran en plena pandemia: sin personas. Paisaje sin figuras. La diferencia la advierte sólo el autor de la foto: ahora le resulta mucho más fácil hacerla y no necesita retoques. Pero para el que la contempla, es lo mismo.
Es trágicamente grotesco que, cuando se haga una estadística de los fallecidos en 2020, pues habrá que incluir a los que, en enero y febrero, se murieron por querer hacerse un selfie en los que no se viera gente al fondo.
Y a todo esto queda pendiente el digerir lo de “se respira mejor (¿quién?) con las calles vacías”… A algunos (ojalá sean muchísimos) nos entristece profundamente este desdén de los humanos hacia la Humanidad.






1 Comment
También me identifico con tu artículo Gloria, porque la imagen de una Sevilla alegre y siempre acogedora, como dirían otros acerca de su ciudad natal, y haberla visto carentes de vida, hoy Domingo la alegría de la Pascua y los niños con sus padres o en su defecto con sus cuidadores han devuelto la alegría a sus calles… No digo que haya sentido desde mi barrio de Los Remedios el regusto de otros siglos donde llegaban los sonidos de las veinticuatro campanas de la Giralda, pero sentir en las calles las risas humanas, el correteo de los niños acompañado y acompasado del canto alegre de los vencejos, nos ayuda a todos a recobrar la esperanza de la importancia de la vida. Gracias una vez más Gloria