Hace años comenzó, al otro lado del charco, una costumbre que al principio, a ojos europeos, resultaba un poco chocante. Ciertamente hacía juego con el sentido práctico de los americanos, con la libertad de prejuicios que da el carecer de connotaciones y asociaciones de ideas acumuladas por los siglos. Y fue la de alquilar los museos a millonarios, fuera del horario de visita del público, para que celebraran allí diversos actos. El concepto tenía algo de “feo” ciertamente. En ciudades rebosantes de grandes hoteles, de palacios de congresos, de múltiples edificios ad hoc, el único sentido que tiene empeñarse en tomar una copa en medio de grandes obras de arte es simplemente la chulería. Es un acto de dominio. Regocijarse en algo puramente frívolo y placentero precisamente justo encima de obras de arte que tienen un profundo sentido histórico, que transmiten emociones, en muchísimos casos ecos de la fe… Es el conquistador poniendo el templo a su dios encima del templo del pueblo vencido. Sólo que en este caso ni siquiera es para adorar a un Dios en el que cree firmemente y considere verdadero y bueno para todos. Sino que pisotea el templo del vencido… para tomarse una copa. Subrayando su conquista, su desprecio a lo grande. NO hay nada más grande que el millonario. Las grandes obras de la humanidad pasan a ser decorados de su fiesta de cumpleaños.
Digo que estas consideraciones (no expresadas con palabras, sino sentidas instintivamente) eran más o menos las que podía sentir un español al tener noticia de esas costumbres americanas. En realidad, el fenómeno, en el contexto en el que nació, no era necesariamente “tan malo”. Es otra cultura, son otras costumbres – una de ellas, la de comer y beber a todas horas y en todos los lugares sin que eso se considerara ordinario. Los españoles que estudiaban o enseñaban en universidades americanas en el siglo pasado se quedaban atónitos de ver entrar en clase a un alumno con su plato de pizza tan ufano, siendo aquello normalísimo. (Ahora lo es aquí también).
Y por ende, se trataba de conseguir fondos, que beneficiarían al museo. Por supuesto los alquileres eran millonarios, y fuera de horario de visita. Todos salían ganando.
Esto llegó luego a Europa. Se entiende que el millonario paga por el enorme lujo de hacer su festín en un lugar rebosante de historia, tradición, patrimonio, riqueza. Un hotel puede ser, incluso suele ser, más lujoso y confortable que la sala de un museo. Pero aquí hablamos de un refinamiento de chulería: a un hotel puede ir cualquiera; incluso una persona humilde siempre podrá permitirse alguna vez una copa en un hotel de lujo. Pero aquí se trata de comer y beber donde el resto del pueblo llano no puede, no se le permite (y está bien que así sea), el pueblo llano va a mirar y admirar y quedarse boquiabierto. El Rico-Famoso sí come y bebe y se sienta donde los demás están de pie y admiran. El cebo es el sentido de superioridad.
Es algo muy desagradable psicológicamente. Pero en fin, podríamos decirnos: dejémonos de sentimentalismos y seamos prácticos como los americanos. Si se alquilan salas del museo, fuera de horas de visita, a precios millonarios, pues eso que revierte en beneficio del museo o monumento en cuestión; “saldremos ganado todos”. Bueno.
Pero, ¡horror!… ¡se nos ha invertido el valor de las cosas! Al trasplantarse a Europa, o a España al menos… se nos ha caído el último grano de dignidad, de mínimo aprecio a lo nuestro. La idea de alquilar monumentos públicos a millonarios privados (idea en sí fea y humillante. Podríamos llamarla un mal necesario) es que el millonario gana en prestigio y gustazo ocupando un lugar emblemático. A muchos el concepto nos repele en cualquier caso; pero así funciona.
Y de repente, ¡el museo o monumento en cuestión es el que se considera honrado por la presencia del Rico-Famoso y se lo ofrece gratis! El Museo del Prado “tuvo la iniciativa de proponerle una cantante famosa el presentar allí su disco”. No es que la Rica-Famosa tuviera la chulería de alquilarse un trozo de patrimonio de todos los españoles. Es que los responsables del Museo del Prado consideraron (por una disparatada incomprensión del mecanismo de estas cosas) que son ellos, es decir, que es España (Velázquez, Goya, Murillo, más Tiziano, Rubens… la mejor pinacoteca del mundo) la que se siente honrada con la presencia del Rico-Famoso. Ahora es el patrimonio español el que se siente honrado de dejarse pisotear por el famosillo de turno.
Pero la conversión de este espacio de Sevilla en un comedero, … esto era algo que nadie imaginaba que podría suceder. La repugnancia, la sensación de humillación de muchísimos sevillanos y no sevillanos, ha sido genuina y relacionada con lo más íntimo y familiar de nuestros sentimientos… nada que ver con “la política” que cada vez menos personas seguimos.
Obviamente, todo el mundo ha dado por sentado que los que así se han dado el festín (que ni una fotografía he querido ver de quiénes son. No quiero conocer sus caras. Me desagradaría reconocerlos al pasar por la calle), pues que los comilones habrán pagado un dineral al Ayuntamiento por el alquiler de este espacio (da náuseas la misma frase “alquiler de este espacio”, ¡aquí!). “Poderoso caballero es Don Dinero”, se decían unos a otros, moviendo la cabeza.
Justo cuando daba por hecho eso, que los comilones habrían pagado mínimo un millón de euros o algo así, escribía lo siguiente: “Es que ni aun cuando los organizadores hubieran pagado su precio en oro para las arcas de la ciudad (“la ciudad”… bueno, es un modo de hablar), ni aun así estaría justificado (la prostitución lo es, sea cual sea la tarifa). No busquen “irregularidades”, ¡qué más da! Ni hay que analizar tanto las ordenanzas: hay cosas que no se prohíben porque son demasiado obvias…”
Y he aquí que sale ya el esperpento de lo grotesco. Que el alquiler fue gratis. Que nuestros gobernantes se lo dieron y hasta pusieron dinero público para ello (“¡Pero si no llega a 30.000 lo que hemos puesto!”, dicen, como asombrados de que alguien se queje. ¡Dios mío! Pero si nos parecía ya abyecto aunque hubieran cobrado millones de euros -¡esto no se vende!- y ahora dicen con aire ofendido que “no hemos puesto ni 30.000”). No nos dolía ahora el dinero, estamos en otra cosa; pero esta frase, dicha como “excusa” muestra los niveles en los que se mueven. Sensibilidad, cero, pero nivel económico, ¡qué nivel! Ellos mismos están diciendo que con la de millonadas de dinero nuestro que tiran cada día y cada minuto, ¡qué son treinta mil, vaya minucia!
¡Y excusarse con “proyectar la imagen de Sevilla”! Han proyectado ciertamente una imagen degradada. Amigos americanos, amigas holandesas que se habían emocionado recorriendo la ciudad se resistían a creerlo. “Pero ¿ahí? ¿de donde salen los pasos?”. Sí, ahí. “Oh”. Han proyectado la imagen de una ciudad que se vende al mejor postor. Una desilusión para todos los que alguna vez la visitaron con arrobo.
Sólo puede gustarle esto a los millonarios que estén buscando “local” de postín para su próxima celebración. El que estuviera pensando en hacer un fiestón como el de Jeff Bezos (el dueño de Amazon) en Venecia el año pasado, ya puede contar con otro entorno histórico emblemático para humillarlo a gusto (el alcalde de dicha bella y prostituída ciudad cifraba en mil millones de euros los “beneficios” recibidos).
O eso pensaba ayer. Desde que sabemos que no “se alquila al mejor postor”, sino que se regala, y pagando encima… bueno.
A lo mejor esto tiene una ventaja. Porque los millonarios chulescos suelen preferir a las rameras caras. Cuando se enteren de que esta, de nombre Sevilla, no sólo no cobra tarifa sino que hasta paga, puede que les deje de interesar. Eso ya ni interés tiene.





