Pasados unos minutos de las veinte horas de la tarde se levantaba el telón del Maestranza para recibir un espectáculo que concentraba toda la atención en la aportación importantísima de la comunidad gitana al arte flamenco. Olor a siglos de un pueblo- el gitano- que encierra una cultura de seis siglos de llegada a España. Público variopinto en una tarde muy calurosa en Sevilla.
Protagonista era la frase recogida por el célebre Demófilo en su Colección de Cantes Flamencos de 1881: A clavo y canela, güele mi jazmín, er que no güela a canela y clabo, no sabe estinguí. Y en versiones posteriores nos encontramos: A clavito y canela, me hueles tú a mí; el que no huele a clavo y canela, no sabe distinguir. Cante por seguiriyas de corte jerezano atribuido al Señor Manuel Molina, cantaor del siglo XIX, y modalidad más impresionada en la historia de los registros sonoros. Dicho sea todo esto de paso. Que también cuenta.
El espectáculo comienza con Gelem Gelem, himno oficial del pueblo gitano cantado en Romaní por Esperanza Fernández con poderío y fuerza. Y talento. Lo ha grabado en 2024 en su trabajo Sevilla 40.0.
José Valencia con la guitarra de Juan Requena nos deja una tanda de soleares de distintas fuentes y de grato sabor. Recorrido clásico. Masca el cante con sabor y lo remata con perfección, engarzando de pie con el Anhelo, creación que rezuma dolor y muerte: “aquí donde están los míos está mi padre, mi madre, mi casa ya derruida”. Ahí dejará su vida. Ovación.
El sombrero de Duquende nos conduce a un terreno diferente. Y al recuerdo permanente de José Monge Cruz. El Camarón de la Isla. Los cantes de Levante camaroneros preceden a la interpretación de Canastera, una de las no pocas creaciones del mito de San Fernando. La mecha está ya encendida.
Joni Jiménez busca a Esperanza Fernández en la petenera. Y la encuentra. ¿Mal fario? Descalza y con mantón, Esperanza se gusta en este cante y lo eleva a cotas mayores. Remata de forma espectacular con el recuerdo a Pastora renegando de este mundo. Y engancha una tanda de cantes por bulerías de toda la vida: Manolito Reyes y Curro mío suenan en la voz de la trianeralebrijana.
La caravana ha llegado ya. 50 años de persecución y relato de Félix Grande. Libres como el aire. Juan Peña Lebrijano y José Valencia se dan un abrazo enorme. Valencia se postula como futuro patriarca. Los Mellis, Pedro Peña y Sergio Aguilera también reclaman libertad con su proclama cantada.
Duquende vuelve con la saeta machadiana tras los sones del contrabajo, del violín y de la flauta de Gal Maestro, Leslie Ann Jordan y Juan Parrilla, respectivamente. ¡Oh. La saeta, el cantar! Los vellos ya están de punta.
Entran en el escenario Pepe Torres y Nazaret Reyes secundados por la voz de David el Galli. Romance de la caracola. El nieto de Joselero atesora una solera gitana difícil de calcular. Y de igualar. Clasicismo y evolución no están reñidos. Y Nazaret Reyes irrumpe en el escenario con la fuerza y el temperamento de quien evocó –de chiquitita- ya una vez en la Bienal: Carmen Amaya. La Capitana.
Antes del final del espectáculo, los tres –Duquende, Esperanza y José Valencia- se cogen de la mano y se cantan por seguiriyas. Valencia hace llorar a Esperanza; Duquende responde con el cante de Camarón por bandera y Esperanza recurre al reniego de Tomás. La tanda de seguiriyas continúa y la cantaora remata con una seguiriya de los Puertos que inmortalizara Antonio Mairena: “Yo sentí el crujío, del cristalito, mare, que se rompe, del calor y frío”. Pero los tres vuelven a cantar de nuevo al unísono: A clavito y canela, me hueles tú a mí; el que no huele a clavo y canela, no sabe distinguir. Cantad gitanos. Cantad. Es Pedro María Peña, director de este espectáculo quien los reclama de nuevo. Es el final. Ya se van los gitanos por los caminos. Ese es su sino. Lo repiten hasta salir del escenario. Ovación y público puesto en pie. Telón abajo.
Fotos: Laura León
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