El pasado martes 15 de septiembre tuvo lugar un importante evento en la sede de la Fundación Cajasol: el I Foro del Eje Sevilla Global, una de las reuniones del proyecto Sevilla 2029 en el que los principales actores de la vida económica, política y cultural de la ciudad expusieron sus propuestas para liderar la transformación de la capital hispalense, de cara a un año en el que se conmemora el centenario de la Exposición Iberoamericana de 1929.
Las sesiones estaban abiertas al público en general, previa inscripción; las ponencias de los distintos conferenciantes (alcalde de Sevilla, director del diario ABC, representantes de grupos empresariales de distintos sectores económicos) prometían ser interesantes, y entre el numeroso público se encontraban personas muy vinculadas al Turismo de la ciudad como mi amigo José Ángel Pérez, decano de la Facultad de Turismo y Finanzas.
Sevilla 2029 es un proyecto de ciudad, pero que no solo depende de los políticos. Se partía de la importancia del turismo como principal motor económico (vivimos en la tercera urbe más visitada de España y una de las 25 más visitadas del mundo), pero se anunciaron otros foros, como la Sevilla Pujante, la Sevilla Activa, la Sevilla Medioambiental, la Sevilla Accesible y la Sevilla Digital.
El encuentro al que me refiero trataba de la Sevilla Global, y las exposiciones iban encaminadas a impulsar la marca Sevilla en todas sus acepciones, algo para lo que la colaboración de todos los actores (Administración Pública, Empresas, Universidades y ciudadanos en general) es vital. El recelo de los sevillanos por la masificación del turismo, la conectividad por tierra, mar y aire con otros destinos del mundo, qué genera el turismo en la ciudad y qué legado deja, fueron asuntos tratados en profundidad.
Me llamó la atención el uso de los algoritmos en todas las exposiciones: ese conjunto de instrucciones ordenadas, claras y finitas que sirven para resolver un problema, hacer un cálculo o realizar una tarea. Abrumaban los datos manejados: número de turistas, grado de utilización del aeropuerto, plazas hoteleras segmentadas por tipo de alojamiento, gasto por visitante… realmente apabullante. A veces tenía la sensación de que todas las decisiones dependían de cómo se introducían los datos en un ordenador y este respondiera con la solución, pero se nos dejó claro que no solo bastaba con realizar el diagnóstico: luego había que buscar las fuentes de financiación (aquí entraba la prosa económica) y después llevarlo a cabo (lo más difícil).
Fue ahí donde me acordé de un lastre histórico en la idiosincrasia de la mayoría de nuestros paisanos: la llamada «indolencia sevillana», que no es apatía ni simple pereza, sino una filosofía vital estructurada, a menudo incomprendida desde fuera y mitificada desde dentro, un escepticismo elegante ante la prisa, una forma de entender el tiempo que le da prioridad al presente y que desconfía de la planificación.
Durante casi cinco meses al año, las temperaturas en el valle del Guadalquivir superan los 40 °C. Adaptarse a ese clima exige economía gestual y reducción del ritmo; moverse despacio no es desgana, es supervivencia biológica. La vida activa se traslada a la noche, alterando los horarios convencionales del resto de la península.
Sevilla conoció el apogeo económico y cultural en el Siglo de Oro, cuando era puerto y puerta de Indias, y vivió después un prolongado repliegue. De esa memoria colectiva emana cierta resignación epicúrea: si el esplendor pasa y las desgracias también, ¿para qué precipitarse?
En la escala de valores del sevillano tradicional, la esfera pública y relacional (el encuentro fortuito, la charla de velador, el saludo demorado) tiene mayor rango que la puntualidad rigurosa o la productividad laboral. El tiempo no se percibe como una mercancía monetizable (time is money), sino como un espacio de convivencia. Hacer un hueco improvisado para un café o una caña de cerveza se considera una señal de educación y calidez, no un tiempo improductivo.
El sevillano medio no carece de energía; administra el esfuerzo con estricta selectividad emocional. Pone un empeño desmedido en lo que considera hermoso, trascendente o gozoso, y ahorra energía en todo lo demás. De ahí las multitudinarias manifestaciones ante una salida procesional o el posible descenso del equipo de fútbol de sus amores, que no encuentran eco en convocatorias sobre la necesidad de nuevas líneas de metro, de una conexión ferroviaria entre Santa Justa y el aeropuerto, o de reclamar mayores inversiones en infraestructuras (Sevilla es la provincia en la que menos ha invertido el gobierno central en cifras de euros por habitantes desde 1985, según la Autoridad Independiente de Responsabilidad Fiscal).
La «indolencia», en última instancia, funciona como una máscara protectora: una estetización de la calma frente al estrés, un modo de no dejarse arrollar por las prisas del mundo sin renunciar a una intensa pasión por sus propios códigos. ¿Podrán incluir los algoritmos este parámetro intangible a la hora de programar esa nueva Sevilla de 1929? Difícil cuestión.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





