En unos tiempos como los actuales en los que hablar de la moral nos despierta una sonrisa, recuerdo un artículo del que fuera obispo auxiliar de Sevilla, Don Antonio Montero, en el que comparaba la situación de finales del siglo pasado con una carretera donde hubieran desaparecido las indicaciones y las señales de tráfico: las curvas cerradas seguían siendo peligrosas y Salamanca seguía estando en el mismo sitio, pero qué difícil se nos hacía conducir y llegar a nuestro destino con esas carencias.
Viene al caso este comentario cuando veo como se ha desterrado de cualquier conversación el término pecado, y mucho más la expresión “pecados capitales”: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza, y cómo sobre este último siempre ha habido un halo de condescendencia y hasta de simpatía: “¡Qué bien se está en la cama!” (pereza física), “Tranquilo, hombre, que parece que vas a heredar la empresa” (pereza laboral), “Conozco a uno que está enterado, que me ha dicho …” (pereza intelectual) o “Mamá, reza por mí que mañana tengo un examen” (pereza espiritual).
El saber popular recogido en los refranes nos advierte del peligro de caer en la tentación de la pereza: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, “Si quieres buena fama no te quedes en la cama”, “Pereza no es pobreza, pero por ahí empieza”, “A más dormir, menos vivir” … y el propio catecismo de la Iglesia católica nos da el antídoto para este mal: contra pereza, diligencia, entendida como el cuidado y el modo de ejecutar algo con prontitud y agilidad.
¿Por qué postergamos tareas que sabemos que hemos de realizar y las solemos dejar para cuando se acaba el plazo? Se suele decir que los españoles, en general, solemos llegar al final del plazo y corriendo: entregar la declaración de la renta (si sale a pagar, las fechas ya están establecidas, y si es a devolver, ¿por qué retrasarse?), las matriculaciones en centros académicos, las reservas de las vacaciones, …
Últimamente se ha puesto de moda un término que no se venía empleando comúnmente: procrastinar, es decir, posponer deliberadamente tareas importantes pendientes, a pesar de tener la oportunidad de llevarlas a cabo (se tiene el tiempo y la ocasión): dejar de fumar, ponerse a dieta, hacer ejercicio y, en general, tomar una decisión que puede cambiar nuestra vida.
Los procrastinadores crónicos son conscientes de las consecuencias que comporta su tendencia a posponer: proyectos personales y profesionales estancados, recargos económicos, problemas de salud, oportunidades perdidas, excusas por inventar, disculpas por pedir… También tiene un elevado coste interno, que suele consistir en sentimientos de inadecuación, frustración, reacciones de ansiedad y baja autoestima. A pesar de conocer el precio a pagar, no logran ponerse “en marcha”.
Ahora los psicólogos creen que también puede ser un indicio de un desorden de conducta que conviene ser detectado a tiempo, porque puede cronificarse y afectar al trabajo, los estudios y las relaciones personales. Así, eludir por ejemplo las tareas del hogar puede ser una señal de que algo no va bien aunque lo achaquemos a que son tediosas y repetitivas, pero la frontera entre la remolonería y la procrastinación es difusa.
Aunque no está contemplado como un trastorno mental, puede empeorar la salud, bajar la autoestima y convertirse en una fuente de angustia y sentimiento de culpa por dejarlo todo para última hora. Evidentemente, barrer, fregar o planchar son tareas poco gratificantes, saber que tendremos que volver a hacerlo muy pronto puede desmotivar, y al final nos invade la desgana y, en consecuencia, una mala gestión del tiempo.
¿Cómo evitar procrastinar? La Facultad de Psicología de la Universidad de Harvard ha elaborado una serie de recomendaciones que les expongo a continuación por si fueran de su interés: en primer lugar, contar a los demás lo que vamos a hacer, lo cual genera un compromiso que nos vemos obligados a cumplir porque el cerebro valora mucho la reputación.
En segundo lugar, evaluar las consecuencias de no hacer lo que tenemos pendiente, y, en sentido contrario visualizar la satisfacción (y el alivio) que sentiremos al terminar. Tercero: identificar el primer paso y dividir la tarea en metas pequeñas.
En cuarto lugar, comenzar el día con algo sencillo y terminarlo pronto. Esto aporta una satisfacción inmediata para comenzar el día con el pie derecho.
Finalmente, iniciar las tareas como si fuéramos a dedicarle solo unos minutos: los motores realizan el mayor esfuerzo al arrancar; una vez iniciada la tarea, la inercia por acabarla nos ayuda a concluirla.
Tras un curso académico agitado, los meses de julio y agosto son ideales para llevar a cabo una buena limpieza en la casa y regalar o tirar al punto limpio o a Madre Coraje, ropa, libros o tantos y tantos enseres que hace años que tenemos y cuya limpiezas siempre hemos pospuesto. ¡Que les cunda!
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





