Un año más, y con intensidad cada vez mayor… pues asistimos a la “intensidad” cada vez menor de ciertas costumbres, que antaño eran entrañables, íntimas, y ahora, ¿se puede decir tal vez que “han muerto de éxito” (los besamanos de imágenes religiosas en Cuaresma)?
No es exactamente así. La gran afluencia de devotos no tiene por qué quitarle autenticidad al evento; al contrario, muchas de las vivencias más auténticas, en estos lares, son siempre multitudinarias. Pero aquí, ¿se trata de devotos? ¿O al menos, de personas que, por curiosidad o respeto, actúan durante unos minutos como tales?
En fin, vayamos al grano. Una vez más –y no será porque falten otros temas, sino porque éste se hace sentir de nuevo con renovada fuerza- hablamos del tremendo fenómeno del teléfono móvil y de las continuas fotos en estos ritos. Es increíble cómo eso anula toda emoción, trivializa, destruye ese algo intangible que lo hacía tan entrañable.
Primer viernes de marzo. Besapiés, entre otros, de Jesús Nazareno en la iglesia de San Antonio Abad. No hay nadie que mire al Nazareno sin blandir la cámara de un móvil en la mano. Hasta hay pocos que se animen a rodearlo para el rito del beso en el talón del pie (van sólo para la foto frontal y lateral. No hay que perder más tiempo): pero los que lo hacen, no dejan de apuntar con el móvil en alto, o bien procuran que su acompañante los fotografíe en el momento del beso.
Los más jóvenes acaso ni sepan que se puede cumplir ese rito sin hacer fotos. No lo han conocido de otra manera. Eso del besapiés y besamanos es una costumbre según la cual se guarda la cola, al llegar junto a la imagen se dispara la foto, y luego pues se da la vuelta. Pero incluso los mayores parecen haber olvidado que fue posible, en teoría lo es aún, es acudir sin hacer fotos.
En fin, lo de la foto ritual está tan arraigado que parece difícil luchar contra ello. Pero, no por primera vez, lanzamos una sugerencia: ¿Por qué las Hermandades correspondientes, al anunciar el día del besapiés, no reservan una hora sin móviles ni fotos? Podría ser de tres a cuatro de la tarde (humildemente, proponemos la hora que parece más tranquila). La experiencia de acercarse a una imagen a la que se tiene devoción, y darle el beso de manera íntima, sin estar rodeado de cámaras ni teléfonos, puede resultar… en fin, muy distinta a lo ya conocido.
Aunque sólo sea como experimento, ¿por qué no se prueba?
Hoy día oímos hablar mucho del “ayuno intermitente” como mero ejercicio físico “para encontrarse bien”. Suprimidos y ridiculizados los antiguos ayunos cuaresmales, la humanidad descubre, años más tarde, que aquello tenía su “punto”. Lo mismo sucede con la palabra “duelo”, primero ridiculizada hasta provocar su extinción, y luego (cómo no) recuperada, pero sin citar la procedencia, por el mundo de los psicólogos. Pero no nos desviemos: hay muchos que prueban “el ayuno intermitente” por pura curiosidad, y parece sentarles maravillosamente.
Ya cediendo al espíritu de los tiempos, y sin fuerzas para dar otros argumentos más serios en pro de la no-foto (que los habría. Ojalá los expongan otros más sabios), pues, lo de acudir a un rito cuaresmal (un besapiés, un Víacrucis) SIN HACER FOTOS, como mero ejercicio a ver qué pasa, ¿por qué no probar?
Miles de personas no lo saben, pero se puede acudir a estas cosas sin hacer fotos. Pueden mirar con sus propios ojos, y sentir de verdad. Puede que sea la primera vez que vivan auténticamente algo.
Claro que esto sería extensible a todas las actividades. Visitar un monumento, ir un día al campo… sin hacer fotos puede resultar una experiencia inaudita para muchas personas y puede abrirles un horizonte de riqueza vital enorme. Tanto que se habla de “vivir el momento”, el estar un día sin hacer fotos puede ser el primer paso. Se aprendería a mirar, a sentir… Tal vez habría momentos de aburrimiento también (que incluso eso es necesario). Desde luego saldrían de esa vivencia conociéndose mejor a ellos mismos.
Pero ahora hablamos de los ritos cuaresmales. No vale que alguien replique: “Pues el que no quiera hacer fotos, que no las haga”. Eso ya lo sabemos. Pero la continua foto flotando anula toda idea de pertenencia al momento, del aquí y del ahora. Es la antítesis de un acto devocional.





