Hace unos días me quedé sorprendido cuando un amigo, también economista, me comentó que su hija, becada en Barcelona para un máster en Fisioterapia deportiva durante el presente curso, le había pedido que, al regresar a Sevilla, le diera unas nociones sobre la buena llevanza de una economía doméstica, ya que durante el periplo de los nueve meses que había pasado lejos de casa, en la ciudad condal, había podido apreciar la importancia de una buena administración y las dificultades que entraña organizar los gastos. Al preguntarle que por donde iba a comenzar, me comentó que había dos cuestiones básicas: saber separar lo necesario de lo superfluo, y mentalizarse en la importancia de elaborar periódicamente un presupuesto.
En ese momento no pude evitar una sonrisa de nostalgia al recordar cómo mi padre, desde que tengo memoria, anotaba en una vieja agenda Myrga que le servía de dietario, los gastos previstos para cada mes; cómo mi madre intentaba ajustarse a lo que allí se reflejaba en lo que a gastos cotidianos se refería, y cómo no tuvimos necesidad alguna de solicitar un préstamo bancario para algunos de los motivos que ahora aparecen como finalidad de un endeudamiento: vacaciones, obras en casa, renovación de electrodomésticos, boda, renovación del carnet de socio del equipo de fútbol…
La primera cifra que se anotaba era una cantidad, no muy grande, la verdad, para el ahorro, por “lo que pudiera pasar”: una avería del coche, una visita al dentista,…. No se destinaba lo que sobraba al final del mes (que casi nunca ocurría), sino una partida fija y prioritaria al comienzo del período. Las siguientes partidas eran para los gastos fijos: luz, teléfono, comunidad de vecinos, porque en su ética personal no entraba el impago, ni mucho menos la morosidad. Si se puede, se puede; si no se puede, no se puede, pero lo primero es apartar para los gastos comprometidos, nos repetía.
Sin haber estudiado Economía, pero como buen lector de clásicos, en cierta ocasión me citó la famosa frase de Wilkins Micawber, personaje de la novela David Copperfield de Charles Dickens, “Ingresos anuales de 20 libras, gastos anuales de 19 libras y 6 chelines, resultado: felicidad. Ingresos anuales de 20 libras, gastos anuales de 20 libras y 6 chelines, resultado: infelicidad”. El saber que nos teníamos que ajustar a un presupuesto, del que como hijo desconocía las cifras pero que sí sabía de su existencia, alineaba a toda la familia bajo los mismos objetivos (disfrutar de unas vacaciones al llegar el verano, pagar la universidad, atender un imprevisto,…) y reducía drásticamente las discusiones por dinero.
¡Lo que hubiera disfrutado hoy día con las distintas posibilidades que ofrece una hoja excel! Es suficiente con teclear “presupuesto familiar” en internet para que nos aparezca una variedad de herramientas fáciles de usar que nos ayudan a controlar los gastos y, sobre todo, a averiguar las desviaciones entre lo previsto y lo real.
Pasando al plano profesional, no fue hasta finales de los años ochenta del pasado siglo cuando fui testigo de la creación del departamento de Gestión Presupuestaria, primero en las Entidades Financieras (Bancos, Cajas de Ahorros, Cajas Rurales, Financieras,…), y luego en la mayoría de las medianas y grandes empresas.
En la esfera política siempre se ha considerado la Ley de Presupuestos la norma básica anual para la Economía de un país, algo que nos dejó muy claro Don Alfonso Pérez Moreno, profesor de Derecho Administrativo Económico en la Universidad de Sevilla, a toda nuestra promoción, tanto en el nivel estatal, como en el autonómico y en el municipal. Sin embargo, hoy vemos como, a pesar de ser un mandato constitucional, llevamos ya tres años de legislatura y todavía no se han presentado ni una sola vez, ni hay visos de que se aprueben tampoco para el próximo 2027.
Estamos ante algo inédito en la Historia de la democracia española, y la excusa de que la Economía sigue creciendo y creando empleo, no parece suficiente para justificar que las cuentas públicas son necesarias para ajustarse a lo aprobado, y no, como hemos sabido, para que, por ejemplo, fondos europeos aprobados en Bruselas para otros fines, se hayan utilizado para el pago de pensiones, hecho que, por cierto, ha impulsado ya una demanda en los Tribunales por esta desviación de recursos.
Si cambian las prioridades, como destinar más gastos a Defensa, o rebajar la presión fiscal para que el Consumo y la Inversión aumenten, es conveniente hacerlo en tiempo y forma, no cuadrando las cuentas a martillazos, ni prorrogando una norma elaborada para un tiempo posterior al COVID.
Los presupuestos son necesarios, y gestionar cualquier Economía sin ellos no solo es difícil y poco transparente, sino que además comporta el riesgo de encontrarnos con desagradables sorpresas.
Alberto Amador Tobaja: aapic1956@gmail.com





